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El Guardián de mis Pecados

El Guardián de mis Pecados

Mia blair Escritora · En curso · 60.1k Palabras

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Introducción

Zoe Harrinson ha tocado fondo. Tras la muerte de sus padres, la heredera rebelde se refugia en el alcohol y una vida llena de excesos que la lleva a su autodestrucción que su abuelo ya no esta dispuesto a permitir, pero antes que el orden sea impuesto en la vida de Zoe una fiesta de mascara una fiesta de mascara lo cambia todo: un encuentro apasionado con un desconocido de mirada gelida y unas manos experta despierta en ella un deseo que creía muerto.

Aunque las sorpresas llegan con con la luz del día: aquel extraño es Ian Blair, su nuevo gurardaespalda. Un hombre de acero, secretos y una disciplina inquebrantable que tiene una sola misión: Protegerla de todos incluso de ella misma.

Mientras la pasión estalla entre el deber y el pecado, un secreto desbastador que guuarda en la sombra aparece, Ian guarda un compromiso que zoe desconoce y cuando la verdad salga a la luz descubrira que el hombre que juro ser su escudo podría ser quien le rompa el corazón.

un mundo de lujo y mentira ¿Quién te salva cuando tu unico refugio es una traición?

Capítulo 1

La lampara de araña, una cascada de cristal que se desprendía del techo abovedado, era tan obscena como como la cantidad de ginebra que Zoe Harrison había ingerido en la ultima hora y media. La copa se amontonaban en la bandeja del camarero como lapidas brillantes de sus buenas intenciones, que para ser justo habían muerto hace un año, tras la muerte de sus padres.

—¿Señorita Harrison? ¿Necesita algo? —La voz suave de una azafata intentó romper la burbuja de autocompasión y alcohol en la que Zoe se había envuelto.

Zoe levantó su copa vacía, una obra de arte de cristal tallado. —Sí, querida. Otro suicidio en vaso, por favor. Y asegúrate de que el gin-tonic sea tan fuerte que pueda olvidar mi apellido. O al menos, el de mi prometido

.

La azafata esbozó una sonrisa nerviosa, sus ojos escaneando la sala, probablemente buscando una salida de emergencia para casos de "heredera alcohólica desbocada".

Zoe no la culpaba. Hoy llevaba un vestido rojo escarlata que era más una declaración de guerra que de moda, con una abertura que subía hasta donde las piernas dejaban de ser socialmente aceptables y un escote que rivalizaba con el Gran Cañón. Su máscara de encaje negro, intrincada y elegante, ocultaba solo la mitad superior de su rostro, dejando sus labios, ahora teñidos de un rojo borroso por el gin-tonic, al descubierto. La ironía era que esa máscara era lo más recatado que había hecho en meses.

La fiesta de máscaras de los Cavendish era un circo de élite. Banqueros con trajes de Armani y máscaras venecianas, socialités con diamantes y antifaces de plumas exóticas, todos bailando al compás de un cuarteto de cuerdas que, a esas alturas, sonaba más a la banda sonora de un funeral de mafiosos. Zoe se sentía como un extraterrestre en su propio planeta. O más bien, como la última copa en una barra de bar a punto de cerrar.

Un tirón sutil en su hombro la sacó de su divagación etílica.

—¿Perdón? —murmuró Zoe, girándose.

Lo que vio fue una pared. Una pared muy bien vestida, de hecho. Traje negro impecable, hombros que harían sonrojar a un jugador de rugby y una altura que la obligó a levantar la cabeza más de lo que recordaba haberlo hecho en mucho tiempo.

Él llevaba una máscara sencilla, lisa, de un color oscuro que cubría sus ojos, pero que acentuaba una mandíbula cuadrada y unos labios que prometían problemas. O quizás, soluciones.

—Discúlpeme —dijo una voz grave, profunda, que vibró en el aire como un chelo. No era una disculpa realmente; era más una declaración. El hombre la miraba con una intensidad que traspasaba la máscara, y por un instante, el gin-tonic dejó de hacer efecto.

Zoe enarcó una ceja, la parte visible de su rostro expresando todo su escepticismo. —Y pensar que creía que los gigantones bien vestidos sabían dónde pisaban. ¿Necesita un mapa, señor...?

Él la interrumpió, su mirada descendiendo lentamente desde sus ojos a sus labios, y luego, con una pausa casi imperceptible, a la escandalosa abertura de su vestido. —Blair. Ian Blair. Y no, señorita. Sé perfectamente dónde piso. Y con quién.

El subtexto era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Zoe sintió un cosquilleo, una electricidad que no venía del alcohol. Era algo más... primario. Peligroso.

—Oh, ¿de verdad? —Zoe sonrió, una sonrisa cargada de desafío. —Porque parece que estaba a punto de colisionar con mi gin-tonic. Y créame, es la única relación estable que tengo ahora mismo.

Ian Blair no sonrió. Sus labios apenas se curvaron, pero sus ojos, a través de la máscara, brillaron con algo parecido a la diversión. —Un trago estable. Fascinante. Me pregunto si también es buen conversador.

—Me entiende mejor que la mayoría de los hombres —replicó Zoe, alzando la copa que milagrosamente había aparecido en su mano. —Pero me aburro de la conversación trivial. ¿Tiene algo más interesante que ofrecerme, señor Blair? O va a seguir pisoteando mis momentos de introspección alcohólica.

El hombre dio un paso más cerca, la proximidad era instantánea y abrumadora. El aroma a sándalo y algo metálico, como el peligro, la envolvió. —Podría ofrecerle algo que la haga olvidar ese gin-tonic. O al menos, que lo ponga en segundo plano.

Zoe rió, una risa baja y sensual que atrajo algunas miradas. —Qué osado. ¿Y qué sería eso, señor Blair? ¿Una charla sobre el estado de la economía mundial? Porque a estas alturas, creo que prefiero la muerte por deshidratación.

—No. Algo... más tangible. —Su voz bajó de tono, convirtiéndose en un susurro que solo ella podía escuchar. —Algo que la haga sentir... viva.

La temperatura en la sala pareció subir diez grados. Zoe sintió que su corazón, que había estado dormido durante un año, empezaba a latir con una fuerza inquietante. Era la mezcla perfecta de peligro y prohibición lo que siempre la había atraído. Y este hombre... este hombre era una mina de oro de ambos.

—¿Y qué le hace pensar que no me siento viva, señor Blair? —Zoe desafió, aunque su voz no era tan firme como quería. La verdad era que se sentía más muerta que viva, y él lo había percibido.

Él se inclinó, su aliento cálido rozando su mejilla. —Sus ojos, señorita Harrison. Demasiado... hambrientos. Demasiado tristes. Y la forma en que sujeta esa copa, como si fuera lo único que la mantiene de pie.

Zoe se encogió. Era inquietante la facilidad con la que este extraño la había leído. Pero también era... excitante.

—Vaya, vaya. ¿Un psiquiatra encubierto o simplemente un entrometido bien vestido?

—Zoe intentó sonar indiferente, pero ya era tarde. Había caído en su juego.

—Ni lo uno ni lo otro. Solo un hombre que sabe lo que ve. Y lo que veo es una mujer que necesita un buen distracción. Una de verdad.

La música del cuarteto se intensificó, un violín sollozando una melodía apasionada. Zoe miró a su alrededor. La gente bailaba, reía, bebía. Nadie parecía prestarles atención. Estaban en su propia burbuja, su propio universo de deseo y osadía.

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