
Hermanastros: La historia de una mentira.
joel maciel huicochea · Completado · 154.8k Palabras
Introducción
Capítulo 1
Toda la vida había visto a Emma como una persona ajena a él, es decir, no como lo que sus padres decían que eran. Jamás estuvo de acuerdo con que ella fuera su hermana, que compartieran cosas lindas juntos como una familia feliz y que él fuera el típico «hermano mayor». A medida que iba creciendo, su atracción por Emma iba desarrollándose junto a él, aunque le hubiera molestado sentir eso toda la vida. Y no, no hablaba de que siempre tuvo intereses insanos por ella. Emma era simplemente Emma, no era su hermana. No lo era. O era, quizás, eso que se prometieron de niños: mejores amigos.
Y ¡cómo no sentir esa atracción por ella ¡, si esa mujer se había convertido en un pecado andante. No se refería a que fuera ridículamente voluptuosa o de una belleza despampanante que deslumbrara a cualquiera, no: su belleza era singular, ingenua ya la vez tan ardiente. Era simplemente perfecta. Emma lo era.
Debido a que todo el tiempo les había quedado claro que no eran hermanos, ambos crecieron con esa idea en la cabeza, cómplices y sin calcular consecuencias. A través de su adolescencia, Enzo protegió a Emma como su más grande tesoro y la primera vez que sintió unos celos horribles al verla aceptar las cartas de un mequetrefe de su escuela, supo que las cosas se le habían salido de las manos. Y entonces empezó a desearla. Su cuerpo bellísimo de quinceañera parecía querer a gritos ser rozado apenas con la yema de sus dedos, aportando delicadeza a la piel nívea. Emma lo miraba como si el infierno estuviese ardiendo en sus ojos, pero ninguno de los se atrevía a ir más allá.
Hasta que él decidió atreverse. Su técnica de seducción comenzó con cosas pequeñas como los brazos y las piernas, luego de eso, la excitación había ido incrementándose con el tiempo y ya no era suficiente tocarla de esa manera. Necesitaban más. Ambos lo querían, era algo que podía sentirse a kilómetros, pero la transición fue lenta y padecían el terrible pecado de desearse siendo hermanos. Tenía miedo de que ella se asustara cuando la lujuria lo consumiera y fuera más allá, ¿y si Emma no quería eso realmente? ¿Y si aceptó sus caricias como un juego o un simple experimento? ¿Y si ella estaba confundida? Tenía que estar seguro de ambos y dejar atrás el pánico, romper la barrera de lo abominable, por eso quería ser sutil.
Aunque estaba jodidamente mal.
Incestuosamente mal.
Cuando por fin pudo besarla en los labios, se aventuró a tocarle los senos, palpando con delicadeza la extensión de piel firme. Lo que desató sus deseos animales, fue que su hermana guio la mano hasta su glúteo derecho, pidiéndole en un susurro que hiciera con ella lo que deseara. Entonces él supo que realmente le correspondía y su cuerpo estalló.
Él era un hombre, un hombre con deseos, con fantasías, hambriento y sediento de ella. Si desperdiciaba esa oportunidad de oro que había estado deseando con tal vehemencia esos meses recientes, es que estaba loco. Y así fue como empezó todo.
—¿No podías esperar hasta que mamá y papá salieran? —Ahogó el gemido de placer, moviendo las caderas al compás que marcaba su hermano. Sentía los cabellos negros masculinos enredados en sus dedos y los sonidos de su fricción volverla loca.
—Fuiste tú quien me provocó, Emma. Lo sabes —le recordó, asiéndola de la cintura en zigzag para que aumentara el ritmo. Se ponía como un animal cuando ella hacía eso y desafiaba al mismo diablo por estar con él—. Mira que sentarte en mis piernas para «estudiar Geografía».
La chica rio, echando la cabeza hacia atrás, olvidando completamente que estaban a una planta de sus padres y cualquier sonido fuera de lugar los alarmaría de inmediato. Que todo se fuera a la mierda: follar con su hermano Enzo era lo más placentero que había experimentado en la vida —aunque tampoco podía comparar con alguien más— y aunque sonara enfermo y asqueroso, estaba enamorada de él.
Le valía un rábano lo que dijeran los demás, lo que pensaran sus propios padres… Enzo mismo se había encargado de enamorarla, desde pequeños hacerla sentir que eran todo menos hermanos y la poca cordura que podría tener, se había ido al caño cuando la besó por primera vez.
—¡Enzo, Emma! —Les alarmó el grito de su madre y pararon al acto—. ¡Bajen a almorzar! ¡¿Qué están haciendo!? —Escucharon preguntar desde la planta baja.
—¡Estoy «estudiando Geografía», mamá! —Volviendo a moverse, Emma quiso que su voz pareciera lo más natural posible y que su madre no sospechara que estaba desfigurada por el placer.
Enzo sonrió. ¿Qué clase de «Geografía» podría estar estudiando su dulce hermana ahí, ¿cabalgándolo? Mientras la tuviera así toda la vida, le valía una mierda que estudiara o no aquella molesta cátedra.
—¡¿E Enzo? —Roló los ojos ante la pregunta. No se detuvieron, ya estaban acostumbrados a ese tipo de interrupciones, sus cuerpos lo pueden soportar.
«¡Teniendo el mejor sexo del mundo, mamá!» se contuvo en gritar.
—¡Estoy ayudándole a Emma! —Mintió descaradamente, cogiendo aire para que su voz sonara normal, igual que la de su hermana. La tomó de la cintura para que parara solo un segundo o lo volvería loco antes de poder responder una sola pregunta más.
—Ayudándome a terminar antes que tú —saltó por última vez, con el sudor mojándole la ropa y la cara, sintiendo un orgasmo latente dentro. Besó a su hermano con vehemencia una vez hubo terminado y él la correspondió, pasional.
—¡No demoren en bajar! —Fue lo último que dijo la mujer antes de que la escucharan alejarse del pie de las escaleras.
Ellos respiraron con alivio. Tomó a Emma de la nuca para volver a besarla, marcándole un paso más posesivo y apasionado, disfrutando del sabor tan dulce de su hermana. Pronto se iría a estudiar la universidad a New York y necesita con todo su corazón tener un recuerdo de ella, lo que fuera. Y recordar el sabor de sus labios luego de hacer el amor era lo que más lo marcaba, lo que más le gustaba.
No dejar a su pequeña, no quería perder sus ojos chocolates y su sonrisa hilarante que solía volverlo loco a plena luz del día. No era como si en el fondo no le martillara que fuera su hermana, pero la quería desde todo el tiempo y no estaba dispuesto a perderla por los miserables estudios.
—Ven conmigo a New York —propuso, sin aire, mirándola con intensidad. Quería un sí o un no, pero que fuera rotundo.
– ¿Que locura dices? —No había esperado que su hermano le propusiera tal cosa, dado que a ella aún le faltaba un mes para graduarse y Enzo estaba a dos de irse—. No podría…
—No importa, Emma —espetó, medio cabreado. En realidad, se sintió nervioso, ¿es que no deseaba estar cerca de él? No sabía si estaba haciendo bien en proponerle tal cosa—. ¿Quieres o no venir conmigo? —La pregunta era inequívoca e Enzo esperaba una respuesta del mismo calibre.
La muchacha lo miró intensamente por unos segundos, acostumbrada, de alguna manera, a las peticiones sinceras y repentinas de Enzo. No podía negarse a esos maravillosos ojos dorados.
—Si me llevas, yo voy contigo —aceptó, sin rastro de dudas.
La sonrisa que los invadió fue jovial, llena de un sentimiento casi inexplicable. ¿Podría salirles bien lo que esperaban?
La comida les había trascurrido con normalidad, sin ánimos desesperados —aunque Emma sintiera los nervios de punta a cada segundo—. ¿Cómo decirles a sus padres que deseaba irse a estudiar con su hermano a New York, así, sin razón aparente y tan repentino? Pasó delicadamente su mano derecha por la pierna izquierda de Enzo, dándole a entender que estaba lista para cualquier cosa: era hora de hablar.
—Padre, Emma y yo… —la verdad era que estaba nervioso. Era la primera vez que propondrían algo de convivir juntos y, si era sincero, sonaba muy extraño, considerando que jamás se vio como hermanos realmente unidos. Los padres miraron a sus hijos, expectantes—. Quiero que Emma se venga conmigo a New York.
La propuesta quedó como en el aire y por unos largos e interminables segundos nadie se atrevió a decir palabra, ¿cómo que vivir juntos? Emma todavía sintió el corazón a mil por segundo, ¡estaba tan nerviosa! Deseaba desde lo más hondo estudiar y vivir con Enzo; después de todo, era su hermano y siempre la protegía. El caso era que sus padres dijeran que no y todo se le fuera a la mierda.
Porque, claro, no sospecharían que ellos… eso.
—Enzo, la propuesta es extraña —Álvaro dispara a sus hijos con desconfianza, como si en verdad sospechara algo. El ambiente se hizo bastante incómodo. Julia se removió inquieta en el asiento al lado de su marido—. ¿Por qué llevarte a Emma? Sabes que tu hermana aún no se gradúa. —Les recordó.
—Sí, papá, pero…
—Quiero que Enzo me cuide, papá —prorrumpió Emma, dejando estáticos a todos—. Tengo apenas dieciocho años, ¿cómo vas a permitir que enfrente sola la universidad? —Excusó, con mucha estrategia, aprovechando el hecho de que su padre era tan sobreprotector con ella—. Además, en un mes salgo de la preparatoria —cerró los ojos, llevándose un bocado de comida a la boca.
—Emma tiene razón —apoyó Julia—. Álvaro, ella necesita que su hermano la cuide —Enzo se mantuvo en silencio, disfrutando internamente la decisión de sus padres—. Enzo no es muy cariñoso, pero sabemos que la protegida.
El señor Ortega meditó la cuestión. Aunque le parecía buena idea, ¿cuándo Emma aprendería a protegerse sola?
Pero no era solo eso, existía una cuestión que lo inquietaba: solía encontrarlos estudiando en la misma habitación a menudo y hasta altas horas de la noche. Eso era algo que no le agradaba mucho, porque si su hijo nunca había considerado a Emma como su hermana —o eso era lo que siempre había dicho desde pequeño—, ¿con qué clase de ojos la miraba, entonces? Notaba que las veces que solían pelear, en vez de parecer hermanos, lucían como una pareja. Y en ese momento, de la nada, aquella repentina necesidad de llevarla con él… Si conocía bien a su hijo, es que podía asegurar que algo andaba mal.
Sin embargo… no, no, estaba desviando las cosas y lo sabía.
—De acuerdo —concordó, con la mano en la barbilla. Su familia lo miró con una expresión de duda en el rostro— ¿Qué? —Alzó las cejas y soltó una risilla leve, mientras con sus manos hacía gestos de extrañeza—. Julia siempre logra convencerme, no sé qué les parece tan extraño.
La sonrisa de Emma se ensanchó.
—Muchas gracias, papá.
Enzo sintió que un gran peso le salía de encima. ¡Por fin! Había esperado que su padre se pronunciara en contra de eso y le impidiera llevarse a Emma, después de todo, él era un año mayor y —su padre pensaba que— tenía los pies bien puestos sobre la tierra, mientras que su hermana todavía estaba muy pequeña. De cualquier manera, en Nueva York —porque sus padres nunca mencionaron a Chiba y lo agradecía. Allá sí que los reconocerían por los negocios— debería tener la libertad de pasearse con ella, ya que no pensaba que a alguien le importara sus apellidos, si lo único que tenían en común era el cabello color ébano.
Del resto eran completamente distintos.
Y bien, si he podido pasar por sobre sus padres, ¡se comerían el mundo! Les valía una mierda si los juzgaban, ¡ellos nunca han sido hermanos! Se miraron cómplices, como toda la vida, estableciendo una conexión especial en ese momento: estarían juntos siempre, aunque sonara a demasiado tiempo.
Era una promesa.
Aunque los hermanos no se amaban, no de esa manera.
Últimos capítulos
#73 Capítulo 73 Felicidad (Epilogo)
Última actualización: 2/18/2026#72 Capítulo 72 Sin mas que decir
Última actualización: 2/18/2026#71 Capítulo 71 El tiempo
Última actualización: 2/18/2026#70 Capítulo 70 La mejor noche
Última actualización: 2/18/2026#69 Capítulo 69 Marcharse para siempre
Última actualización: 2/18/2026#68 Capítulo 68 Escuchar
Última actualización: 2/18/2026#67 Capítulo 67 Un cristal roto
Última actualización: 2/18/2026#66 Capítulo 66 Agonía
Última actualización: 2/18/2026#65 Capítulo 65 Amargos recuerdos
Última actualización: 2/18/2026#64 Capítulo 64 En la carcel
Última actualización: 2/18/2026
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