
La amante secreta del paciente viudo
Ginya Les · Completado · 115.6k Palabras
Introducción
Él es todo lo que ella evita: roto, complicado, incapaz de soltar el pasado. Ella es todo lo que él no pidió: provocadora, autosuficiente, con una coraza que parece imposible de romper. Sin embargo, cuando sus mundos colisionan, lo que comienza como una tensa coexistencia se convierte en algo mucho más difícil de ignorar.
Un acuerdo no dicho. Noches sin promesas. Cuerpos que se entienden cuando las palabras fallan.
Pero entre sábanas y silencios, algo más profundo se cuela sin pedir permiso. Y cuando el pasado de Milo regresa para cobrarse lo que le debe, ambos tendrán que decidir si lo que construyeron fue solo instinto... o si acaso fue amor todo el tiempo.
Capítulo 1
Epígrafe
Usted no encuentra el amor, el amor lo encuentra a usted.
Tiene un poco que ver con el destino, la suerte
y lo que está escrito en las estrellas.
Anaïs Nin.
Tres meses antes
Ariana se ha mantenido inmóvil recostada en la cama por lo que parece una eternidad, aunque en realidad, solo han pasado unos pocos minutos. La ansiedad me carcome y me desespera; sin embargo, trato de mantenerme lo más tranquilo que puedo. En el fondo de mi corazón, sé que la charla indeseable debe hacerse, y no se puede posponer más.
Me levanto del sillón reclinable que permanece junto a la cama, y me acerco acuclillándome junto a ella, para verla de frente; una pequeña lágrima rueda por su ojo, al mismo tiempo que trata de no romper en llanto. Quito el flequillo de su frente para luego depositar un tierno beso como cuando éramos niños.
Su piel es tersa al tacto con mis labios, siento cómo se estremece ante la ternura de un sencillo acto.
—Estoy aquí, princesa, estoy contigo. No estás sola. —Al oír mis palabras, ella toma mi mano acunándola en su pecho y rompe a llorar.
La abrazo.
Hace dos días el médico nos dijo que ya no había más estudios que realizar. Que lo único que debíamos hacer era esperar el momento definitivo. Nos aconsejó que fuéramos a casa, a poner todo en orden y a disfrutar nuestros últimos días juntos, eso hicimos.
—Tengo miedo, Milo —confiesa con tristeza en su voz. Luego se sorbe la nariz mientras se aparta y encuentra su mirada en la mía—. Aún no quiero morir.
—Lo sé, nena… —Trato de ser fuerte y no llorar, ser fuerte para ella. —No tengas miedo, yo estoy aquí contigo. No estás sola.
—Sé que no estoy sola, pero tampoco quiero dejarte. —Pone su mano amoratada por las agujas en mi mejilla y me ve como si las palabras se amontonaran en su lengua—. ¿Recuerdas todos los planes que teníamos? Ir a Irlanda, conocer las cataratas de Iguazú… —hace una pausa para respirar antes de que el llanto no la deje— tener hijos.
El llanto cae de sus hermosos ojos como agua en épocas de lluvias, sus perfectas cejas se tiñen de rojo al igual que su nariz y entonces la abrazo. La sostengo en este momento tan duro, tan cruel, tan despiadado. Quien dijo que «no hay medicina que cure lo que cura la felicidad», mintió. Ni la felicidad más grande, ni la ciencia más avanzada han podido estrechar ese puente entre el destino y la vida para la mujer que amo.
Ahora, lo único que me queda es amarla y darle la paz que necesita en estos momentos tan desesperados. No importa lo que yo sienta, no importa la impotencia, la frustración, el dolor, la tristeza, pues lo único que realmente tiene prioridad en mi vida, en esta vida, es ella, Ariana.
—No pienses en eso, amor. No te tortures suponiendo en lo que no pudo ser, reflexiona en el ahora —tomo sus manos y las beso con delicadeza—. En que estamos juntos, en que no importa lo que suceda, si de algo debes estar segura no es del mañana, sino de mi amor por ti. Por qué te amé aun cuando apenas te conocía, te amo a pesar de ver tus cicatrices y te amaré siempre, aunque no estés a mi lado. Pues, aunque todo se vuelva insoportable, debes de estar segura de que al final del camino, cuando mires hacia atrás, verás que todo lo que viviste, todo lo que hiciste, las personas que ayudaste, las sonrisas que tuviste, los llantos que derramaste y todo, todo el amor que me diste no fue en vano. Has marcado muchas vidas, has marcado mi vida, cariño, para siempre.
Ella sostiene mi mirada con la suya, se alimenta de mis palabras que de a poco van calando en ella y transmitiéndole la paz que necesita para sosegar sus temores. Ella necesitaba que le recordara que la amo, no el decirle que no va a morir, pues mentiría y es inevitable, sino que apaciguara esas olas que se levantan ante su calma. Ella necesitaba que le recordase que, por amor, nada es en vano.
Actualidad
La cerveza permanece fría sobre la mesa, junto a otras más, que me hacen compañía. He bebido por lo que parece una larga noche, pero en realidad no es así, comencé a las seis de la tarde; veo el reloj de pared y apenas son las ocho treinta. No es tan tarde como creí que era.
Hoy hubiera sido un día especial, ya que cumpliríamos cinco años de casados, pero, en vez de eso, se cumplen dos meses desde que Ariana falleció; el dolor de su pérdida no solo ha dejado un espacio vacío en mi cama, sino también en el primordial lugar de mi corazón. He llorado todo lo que un hombre en su sano y perdido juicio puede llorar, he sufrido en silencio lo inimaginable, tanto, que ya no lo soporto.
No puedo concebir un futuro donde sus ojos no sean las farolas que me guían en las presiones tormentosas, donde sus manos no sean las anclas que me sujetan a la realidad y me elevan a la paz. Un futuro sin ella no es futuro, así de simple. Su ausencia pesa más que la esperanza de un mañana, por eso he tomado una decisión sin retorno.
Al final de cuentas era ella el motivo del porqué el mundo existía. Era el amor que de sus labios salían los que me daban fuerza para seguir en este camino, pero sin ella, ahora nada tiene sentido. No habrá quien me llore, ni padres, ni tíos, ni hermanos, así que no siento algún pesar o remordimiento por lo que deseo hacer. Solo éramos un par de huérfanos que se conocieron desde niños y que encontraron el refugio en brazos del otro, ella era mi todo y yo era todo lo que ella necesitaba.
Ahora, es tiempo que me reúna con mi amada.
Tomo un trago más de la cerveza y camino con ella hasta la recámara, la dejo, por un lado, en la mesa de noche, a sabiendas de que de ella no volveré a beber.
—Es hora. Te veré muy pronto, mi princesa. Te veré pronto.
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Última actualización: 4/29/2026
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