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La Desesperada Persecución del CEO

La Desesperada Persecución del CEO

Celine · Completado · 250.0k Palabras

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Introducción

—Soy Layla.

Pensé que Seth era mi mundo, pero sus traiciones destrozaron tres años de devoción.

Ya estaba harta. Divorcio, sin mirar atrás. Entonces él se asustó. Comenzó a perseguirme, negándose a dejarme ir.

—¿Qué soy para ti, Seth? No me querías cuando te amaba. Ahora que ya te superé, ¿no me dejas en paz?

Demasiado tarde.

Capítulo 1

Layla estaba sentada en silencio dentro de su auto, la mirada clavada a través de la lluvia mientras observaba la escena que se desarrollaba frente a ella.

El aguacero vespertino de Haven City tamborileaba contra el parabrisas de su sedán, empañando su visión pero sin llegar a ocultar el espectáculo que le atravesaba el corazón.

Sus manos apretaban el volante sin darse cuenta, los nudillos palideciendo por la fuerza.

Afuera, frente al restaurante de lujo, su esposo, Seth Stanton, estaba besando apasionadamente a una joven, ambos perdidos el uno en el otro.

Hubo un momento en que la chica pareció quedarse sin aliento y trató de apartarse un poco, solo para que Seth le pusiera la mano en la nuca, profundizando el beso.

Era una muchacha joven, con una blusa de gasa blanca y unos jeans celestes, tan inocente que podría haber sido una recién graduada de la universidad.

Cuando Seth llamó, Layla ya estaba dormida. Al enterarse de que él había bebido de más después de una cena de negocios y no podía conducir, se puso una gabardina por encima, sin cambiarse de ropa, y salió a toda prisa.

Lo que debía haber sido un trayecto de quince minutos le tomó menos de diez, solo para llegar y presenciar esa escena en la entrada del restaurante.

No se bajó del auto. Se limitó a mirar en silencio hasta que la pena le inundó el pecho, dificultándole la respiración. Solo entonces alargó lentamente la mano para tomar su teléfono y llamar a Seth.

A través de la ventanilla, vio que Seth fruncía el ceño, molesto por el tono de llamada que lo interrumpía. Por fin soltó a la chica y sacó el teléfono del bolsillo.

—¿Sí? —su voz destilaba evidente irritación.

—Sube al auto —dijo Layla, seca.

Seth se quedó inmóvil un instante, el teléfono en la mano, y miró hacia la acera. Sus miradas se cruzaron a través del cristal. Layla apartó la vista de inmediato, como si un segundo más bastara para hacerla derrumbarse.

Un minuto después, se abrió la puerta del copiloto y Seth subió, llenando el coche con un fuerte olor a alcohol.

Layla levantó la vista y vio que la chica había desaparecido. Ni siquiera la había visto irse.

—¿Cuánto tiempo más piensas quedarte mirando? —Seth alzó un poco los párpados para echarle una ojeada.

Pese a haber sido sorprendido siendo infiel, Seth no mostró el menor rastro de pánico ni de miedo.

Más bien, simplemente no consideraba que Layla valiera la pena como para preocuparse.

Esa actitud se fundamentaba en una sola cosa: era rico, inmensamente rico.

Mientras Layla no hiciera escándalos ni lloriqueos y se limitara a obedecer, él se encargaría de cubrirle todas sus necesidades materiales. Todo, excepto el afecto.

—Sabía que veías a alguien, pero no esperaba este tipo de mujer. ¿Llamaste a propósito para que viniera y lo viera con mis propios ojos? —En los de Layla se reflejaba una pena infinita, que no dejaba más que desolación.

La mirada de Seth era fría y cortante, cargada de desprecio y repugnancia.

—¿Y a ti qué? No tienes derecho a cuestionar nada de lo que hago. ¿Qué pasa? ¿Quieres que me acueste contigo ahora?

Las palabras vulgares se deslizaron de sus labios sin contención. Layla sintió cómo le abrían el corazón en canal, un dolor sordo extendiéndose por su pecho.

Él nunca la había tratado como esposa; llamarla siquiera “compañera de cama” sería ser generoso.

Layla respiró hondo, reprimiendo la amargura que le subía al pecho. No respondió; simplemente puso el auto en marcha.

El hombre en el asiento del copiloto hundió aún más el cuchillo en el corazón de Layla con las palabras que dijo a continuación.

—No voy a casa. Llévame a North Shore Heights.

North Shore Heights era uno de los barrios más exclusivos de Haven City, con precios de viviendas que rondaban los quince millones de dólares.

Layla sabía que Seth tenía varias propiedades allí, pero nunca había vivido en ellas; solo las compraba para mantenerlas vacías.

Que esa noche pidiera ir a North Shore Heights significaba que ese era su “hogar” con la chica que Layla acababa de ver.

Seth siempre había sido generoso con las mujeres; probablemente ya le había regalado la casa.

En tres años de matrimonio, que Seth volviera a casa cinco veces al mes ya podía considerarse frecuente. Layla siempre había pensado que él se quedaba en la oficina porque no quería verla, o que se hospedaba en hoteles con otras mujeres. Ahora Layla comprendía por completo que había estado viviendo con esa chica en North Shore Heights todo ese tiempo.

Layla apretó con fuerza el volante; el ardor del dolor se extendía desde el pecho hasta cada terminación nerviosa, y aun así mantenía la compostura.

—Por cierto, mañana en la noche es el cumpleaños de tu abuela. No lo olvides.

Seth respondió con frialdad:

—No lo he olvidado. Si no puedo ir, ve tú sola. Sabes qué decir. Ya compré el regalo de la abuela, llévalo contigo.

—¿No vas a ir al cumpleaños de tu abuela? ¿No se va a sentir muy dolida? —Layla apretó los labios.

Los ojos del hombre mostraron una burla profunda.

—Tú haz lo que te digo. ¿Ahora quieres sermonearme? Ella es mi abuela, no la tuya. Si quiere regañarme, me va a llamar directamente. No necesito que te metas.

Layla se mordió con fuerza el labio inferior, incapaz de decir nada durante un buen rato.

Sí, se había pasado de la raya.

Quince minutos después, el auto llegó a North Shore Heights. Seth solo le indicó que se detuviera en la entrada y se bajó, entrando sin mirar atrás.

Layla no se quedó. Dio la vuelta con el auto y se fue.

De regreso en Oceanview Estate, Layla se dejó caer en la cama como un cadáver. Miró el techo con la vista perdida antes de cerrar los ojos, dejando que las lágrimas cayeran en silencio.

Al día siguiente, tal como Layla había previsto, Seth usó el trabajo como excusa para que ella asistiera sola al cumpleaños de su abuela.

Cuando Elizabeth Stanton se enteró, se enfureció; primero llamó para regañar a su nieto y luego llamó a Layla para desahogarse con ella.

—Después de tres años de casados, ¿todavía no lo puedes controlar? ¿Qué has estado haciendo todos estos años? ¿Acaso no te enseñé? A los hombres les gusta andar de picaflor, pero tú tienes que saber cómo retenerlo en la cama. ¿Ni siquiera puedes con eso?

El rostro de Layla fue palideciendo poco a poco. Apretó los labios y dijo:

—Lo siento, abuela. Su corazón no está conmigo.

El tono de Elizabeth fue severo.

—No me importa si su corazón está contigo o no. Ahora eres la nuera de la familia Stanton. No podemos permitir que la gente ande diciendo que los Stanton tratan mal a su nuera, ¿o sí? ¿Dónde quedaría la reputación de la familia Stanton? Es verdad que tú salvaste a Seth aquella vez, y si mi esposo no hubiera insistido en que te casaras con él, yo no habría aceptado. De lo contrario, ¿cómo habrían terminado así? Tres años, y ni siquiera he podido cargar a un bisnieto.

Layla no le respondió. Dejó que Elizabeth la humillara de todas las formas posibles hasta que, al final, la anciana colgó después de decirle que tampoco fuera al banquete de cumpleaños.

Tras estos golpes consecutivos, el espíritu de Layla se había ido quebrando poco a poco. Se sentó sin fuerzas en el sofá, como si le hubieran arrancado el alma.

Cinco años atrás, el padre de Layla, Thomas Montgomery, fue engañado: su empresa terminó siendo adquirida a un precio irrisorio y toda la familia Montgomery se declaró en bancarrota.

Incapaz de soportar el impacto, su padre sufrió una hemorragia cerebral y murió una semana después.

Su madre, Susan Montgomery, decidió volverse a casar con un nuevo rico llamado Robert Hawkins, abandonándola.

Pero la buena racha no duró. Robert lo perdió todo en el juego y acabó en prisión.

Tres años atrás, cuando Susan se enteró de que Layla se había casado con Seth Stanton, volvió arrastrándose.

Por lazos de sangre y por su corazón blando, Layla le daba dinero de vez en cuando, lo que permitió que Susan viviera bastante bien estos últimos años.

El único problema era que, cuando Robert fue a prisión, dejó un hijo de su matrimonio anterior: Brian Hawkins, un bueno para nada que ni siquiera había llegado a la universidad y se dedicaba a vagar por la vida.

Susan lo había estado manteniendo durante años, y Layla también había sido arrastrada a eso. Como era bonita y estaba descuidada por Seth, Brian la acosaba con frecuencia.

Después de prepararse rápido un plato de pasta, Layla estaba a punto de descansar cuando sonó el timbre.

Extrañada, bajó a la puerta y revisó el videoportero. Al ver quién era, se le encogió el corazón.

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