
La oscura obsesión del CEO
natuchyz.escritora · En curso · 66.7k Palabras
Introducción
Nunca imaginó que el hombre detrás del escritorio sería William.
Siete años atrás él era el chico tímido y brillante que se enamoró de ella a primera vista. Ella lo usó, lo destrozó y lo dejó atrás sin mirar atrás. Ahora William Blackwell es frío, poderoso e implacable… y la tiene exactamente donde siempre quiso: firmando un contrato que no leyó, en el que se compromete a obedecer cada una de sus órdenes.
Lo que empieza como un trabajo se convierte en una jaula dorada. Humillaciones públicas, miradas que queman, recuerdos que no deberían doler tanto. Y mientras una ejecutiva celosa acecha desde las sombras, Christine descubre que la venganza de William no se limita a destruirla…
Quiere poseerla.
Quiere romperla.
Y, lo más peligroso de todo: quiere que ella también sienta la misma oscura obsesión que lo consume a él desde hace siete años.
Porque algunas deudas no se pagan con dinero.
Se pagan con el alma.
Capítulo 1
La entrevista
Christine no había dormido en tres noches, las deudas y la preocupación no se lo permitían.
El olor a humedad del sótano donde vivía se le había metido en la ropa y en el pelo. La dueña del edificio le había dado plazo hasta el viernes. Si no pagaba los dos meses de renta que debía, la sacaban a la calle con sus cosas en una bolsa de basura negra y un “suerte, nena”. No tenía a dónde ir. No tenía a nadie que pudiera apoyarla en un momento tan crítico como este.
Se miró en el espejo del baño del metro. Tenía los ojos hundidos, el maquillaje barato intentando disimular las ojeras que le llegaban hasta los pómulos, el vestido negro que había comprado en una tienda de segunda mano le quedaba un poco grande en la cintura, haciéndola ver desordenada. Se había cortado el pelo hasta los hombros la semana anterior, un corte torpe hecho por ella misma. Ya no era la misma chica de hace siete años atrás, la cual creía que podía comerse al mundo. O al menos eso quería creer.
El edificio de cristal de Blackwell Industries se elevaba frente a ella como una esperanza brillante. El puesto era de asistente ejecutiva del CEO. Sueldo alto. Beneficios extraordinarios. Exactamente lo que necesitaba para no terminar durmiendo en un banco. Había mentido en el currículum, por supuesto. Experiencia inventada, referencias falsas. Si la descubrían, al menos habría intentado hacer algo para salir del agujero en el que se encontraba.
Al entrar, la recepcionista la miró de arriba abajo con esa expresión que ya conocía demasiado bien: otra más.
—Señorita ¿Vale, cierto? El señor Blackwell la recibirá en cinco minutos. Piso cuarenta y dos.
Christine asintió para luego subir en el ascensor con las manos temblando. El corazón le latía tan fuerte que creyó que se le iba a salir por la boca. Respiró hondo tratando de calmarse. "Solo sonríe. Sé profesional. No dejes que vean lo desesperada que estás."
La puerta de la oficina se abrió.
Y el mundo para ella se detuvo.
William Blackwell estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a ella, mirando la ciudad. Traje negro impecable, espalda ancha, hombros que ya no eran los de un chico delgado y encorvado. Cuando se giró, Christine sintió que el aire le abandonaba los pulmones. La expresión de su rostro fue épica.
William seguía teniendo los mismos ojos grises. Más fríos ahora. Más duros. La mandíbula más marcada. El cabello oscuro peinado hacia atrás con una precisión casi cruel.
Él la miró.
Y por un segundo —solo un segundo— algo se quebró en su expresión. Una fisura mínima. Luego la máscara volvió a colocarse.
—Christine Vale —dijo. Su voz era más grave de lo que recordaba. Más controlada.
Ella no pudo hablar. Solo asintió, idiota, con la garganta cerrada.
William caminó hacia el escritorio con pasos lentos, deliberados. Se sentó. Señaló la silla frente a él.
—Siéntate.
Christine obedeció. Las piernas le temblaban.
Él abrió una carpeta. Su carpeta. El currículum mentiroso que había enviado días atrás.
—Interesante historial laboral —murmuró, pasando una página con el dedo. No la miraba a la cara—. Especialmente considerando… cómo te conocí.
El silencio se estiró. Christine sintió el calor subirle por el cuello, sintió sus orejas arder.
—No sé de qué hablas —susurró haciéndose la desentendida.
William levantó la vista. Y sonrió. Una sonrisa pequeña, peligrosa, que no llegó a reflejarse en sus ojos.
—Claro que sí. Lo recuerdas perfectamente.
Dejó la carpeta sobre el escritorio. Entrelazó los dedos.
—El puesto es tuyo. Empiezas mañana a las ocho.
Christine parpadeó confundida.
—¿Qué?
—Has oído bien. Tendrás un contrato de tres meses. Estarás a prueba. Si me convences… lo renovamos. Si no… —hizo un gesto vago con la mano—. Bueno. Ya sabes cómo funciona esto.
Ella abrió la boca. La cerró. La desesperación era más fuerte que el orgullo.
—Gracias —dijo, casi sin voz.
William se levantó. Caminó alrededor del escritorio hasta quedar a su lado. Se inclinó ligeramente. El olor a su colonia —cara, limpia, helada— la envolvió por completo.
—No me agradezcas todavía, Christine —susurró cerca de su oído—. Vas a trabajar muy, muy duro por este puesto.
Cuando se enderezó, la expresión de su rostro era la de un hombre que acababa de cerrar un trato que llevaba años esperando.
—La recepcionista te dará los papeles. Nos vemos mañana.
Christine salió de la oficina con las rodillas flojas. En el ascensor se apoyó contra la pared de espejo y se miró. Pálida. Aterrada. Y, debajo de todo eso, algo peor: un hilo de calor que no quería reconocer.
Siete años.
Siete años y él todavía podía destrozarla con una sola mirada.
Flashback
Universidad de Ashford – siete años antes
Christine tenía dieciocho años y tres semanas cuando llegó al campus con una maleta rota y doscientos dólares robados del cajón de su padre.
No hablaba de lo que había dejado atrás. Nadie preguntaba demasiado. Las chicas del dormitorio la miraban de reojo cuando salía de noche y volvía al amanecer con el maquillaje corrido y el cuello marcado. Los chicos le susurraban cosas cuando pasaba. Algunos le ofrecían dinero. Otros, directamente, se la follaban contra la pared detrás de la biblioteca y luego se jactaban en los vestuarios.
Ella no se defendía. No podía permitírselo. El dinero de las propinas y de las “noches especiales” pagaba la matrícula, la comida, el techo. Era lo único que sabía hacer. Lo único que le habían enseñado desde niña.
William Hart —todavía no Blackwell— la vio por primera vez en la biblioteca, un martes de octubre. Ella estaba sentada en una mesa del fondo, rodeada de apuntes de economía que no entendía del todo, con el labio inferior agrietado y el jersey negro subido hasta la mitad del cuello. Él era el chico de las gafas grises, el suéter de cuello alto, el que nunca hablaba en clase y siempre sacaba las mejores notas.
Él se enamoró en ese preciso segundo.
No de la forma limpia y romántica que contaban las películas. Se enamoró de la forma en que un chico solitario y demasiado inteligente se enamora de algo que sabe que está destrozado: con una intensidad absurda, casi dolorosa. Empezó a dejarle café en la mesa cuando ella se iba al baño. Le pasaba los apuntes. La esperaba después de clase sin atreverse a hablar.
Christine lo notó. Por supuesto que lo notó.
Y lo usó.
No de forma cruel al principio. Solo… conveniente. Él le ayudaba con los exámenes. Le prestaba dinero cuando se atrasaba con el alquiler. La escuchaba cuando ella inventaba historias sobre una familia normal que nunca había tenido. Y una noche, después de demasiadas cervezas baratas en una fiesta que él odiaba, ella lo besó.
William temblaba.
Ella se rió contra su boca.
—Eres dulce —le susurró—. Demasiado dulce para alguien como yo.
Esa misma semana se lo folló en el asiento trasero de su coche viejo. Él se corrió en menos de dos minutos, rojo de vergüenza, susurrándole “te quiero” como un idiota. Christine le acarició el pelo y le dijo que sí, que ella también. Mentira.
Durante tres meses lo tuvo en la palma de la mano. Lo usó para que le hiciera los trabajos. Para que la llevara a casa cuando estaba demasiado borracha o drogada. Para que le diera dinero cuando un cliente no pagaba. Y él lo aceptó todo, porque estaba enamorado de una versión de ella que nunca había existido.
Hasta que una noche, en la fiesta de fin de semestre, Christine lo encontró en el jardín. Estaba borracha. Tenía el maquillaje corrido y la falda torcida. A su lado, el capitán del equipo de fútbol le tenía una mano metida debajo de la blusa.
William se quedó quieto.
Christine lo miró. Y sonrió. Esa sonrisa que él ya conocía: la que usaba cuando sabía que estaba a punto de hacer daño.
—¿Qué pasa, Will? —preguntó, voz pastosa—. ¿Celoso?
Él no respondió.
Ella se soltó del otro chico, se acercó a William y le puso una mano en el pecho.
—Eres un buen chico —le dijo, casi con ternura—. Pero yo no soy una buena chica. Nunca lo fui. Deja de intentar salvarme. No merece la pena. Eres especial y mereces a alguien mejor.
Y se fue con el otro.
William se quedó solo en el jardín, con el corazón hecho trizas y la certeza de que nunca volvería a ser el mismo.
Al día siguiente ella ni siquiera lo miró en clase.
Dos semanas después, William abandonó la universidad y Christine se quedó con lo que realmente sentía por él atravesado en la garganta. Ella estaba demasiado rota, era mejor así.
Últimos capítulos
#52 Capítulo 52 A nuestro tiempo
Última actualización: 9/21/2026#51 Capítulo 51 La pregunta que todavía no llega
Última actualización: 9/20/2026#50 Capítulo 50 Capitulo 50
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Última actualización: 9/17/2026#48 Capítulo 48 Cinco días
Última actualización: 9/16/2026#47 Capítulo 47 Observación
Última actualización: 9/15/2026#46 Capítulo 46 Lo que entra por la puerta
Última actualización: 9/14/2026#45 Capítulo 45 La inquietud
Última actualización: 9/13/2026#44 Capítulo 44 La que dice proteger
Última actualización: 9/13/2026#43 Capítulo 43 La tercera voz
Última actualización: 9/12/2026
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