
La Stripper del jefe
Yanri Cascanueces · Completado · 102.6k Palabras
Introducción
La estabilidad de su vida da un giro inesperado con la llegada de Oto Russell, un hombre tan encantador como impredecible, cuya presencia es capaz de encender todas las emociones en Ariadna. Lo que comienza como un juego de provocaciones y miradas desafiantes se transforma en una conexión irrefrenable que desafía las máscaras que ambos han aprendido a usar.
Capítulo 1
Las lágrimas saladas mojan mis mejillas mientras mantengo la mirada fija en la nada. Es increíble cómo puedes perder tu mundo entero de un momento a otro. Cómo alguien que estuvo a tu lado toda la vida puede desaparecer para siempre, dejando solo dolor en tu alma.
Ahora estoy esperando a la única persona que sé que me ayudará con el enorme problema que tengo. La única persona que me apoyará es este hombre, el hombre al que amo. Sé que a su lado podré encontrar una solución a todo, que despejará mi mente y juntos podremos decidir cómo actuar.
Hace un día murieron mi madre y mi abuelo. Las únicas dos personas que me quedaban. Murieron en un accidente automovilístico, culpa de un imbécil que iba borracho y los atropelló sin piedad. Ahora estoy sola en el mundo, con mi pequeño hermano de tan solo cuatro años. Y yo, apenas una chica que acaba de terminar la escuela y estaba buscando a qué universidad ingresar. Solo soy una joven de dieciocho años que ahora deberá cuidar de un niño, sola en el mundo, sin ayuda, sin trabajo.
Sin nada.
El sol, anunciando que pronto se ocultará, me hace suspirar y mirar de forma extraña el parque donde estoy esperando a mi novio, quien aún no ha llegado, lo que es raro, ya que suele ser bastante puntual.
—¿Tú eres Ariadna? —miro hacia abajo y una pequeña niña que no conozco me sonríe y me observa con curiosidad. Es una niña que nunca antes había visto.
—Sí, soy yo —respondo con voz ahogada. Estoy agotada tras el día de ayer, mis ojos están irritados y siento un vacío en el pecho, como si en cualquier momento pudiera derrumbarme.
—Me enviaron a darte esto —dice mientras me entrega un sobre—. Adiós —se marcha antes de que pueda preguntar quién lo envió. Llenándome de curiosidad, abro el sobre y descubro un papel doblado. Rápidamente lo desdoblo y leo su contenido.
"Ariadna, si estás leyendo esto, quiere decir que estoy muy lejos de ti. ¿Sabes que cuando te conocí me enamoré de ti? Pero, al parecer, ese amor no era lo suficientemente fuerte como para no engañarte. Te engañé varias veces, no solo una. Cada vez que evitaba que nos viéramos era porque te estaba engañando. Lo siento, pero siento por ella algo más fuerte que yo mismo. Estoy siendo sincero contigo, espero que seas feliz y que algún día me perdones.
Para: Ariadna
De: Marcos"
En ese preciso momento, mi mundo se termina de desmoronar. Lágrimas y más lágrimas son las únicas compañeras en mi dolor.
Despierto de manera abrupta, siento el corazón latiendo acelerado, el sudor recorriendo mi cuello y la ira aún burbujeando bajo mi piel. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que soñé con lo que ocurrió el día que mi vida cambió por completo.
Niego despacio, suelto un enorme suspiro y salgo de la cama.
La mañana fresca me hace estremecer, pero sé que mi horario ya está en curso y no es como si tuviera mucho tiempo que perder. Por eso, tomo una ducha tranquila, cepillo mis dientes y trato de que mi humor no sea amargo porque hay responsabilidades que cumplir, cuentas que pagar y un niño de ocho años que educar y atender.
Salgo del baño con una toalla envolviendo mi cuerpo, busco en mi clóset una camisa blanca y la falda de tubo negra que utilizo para mi trabajo, junto con los zapatos cerrados. Ato mi cabello negro en una coleta alta y utilizo un maquillaje suave.
Salgo de mi habitación bajando las escaleras. La verdad es que, con el tiempo y el trabajo que tengo, he podido darle una buena vida a mi hermano, algo que al principio no fue así. Fue complicado encontrar un empleo de la noche a la mañana cuando no tenía experiencia en absolutamente nada y era un desastre andante.
Mi pequeño hermano Alex ha sido un niño comprensivo, porque me fue difícil explicarle por qué tuvo que perder un año escolar, ya que no había dinero en casa para costearle sus útiles y todos los gastos. Apenas nos alcanzaba para comer, pero ahora, ahora las cosas están muchísimo mejor.
Preparo el desayuno de ambos, tratando de evitar recordar el sueño que tuve, que más bien es un recuerdo muy claro de lo que ocurrió la última vez que dejé entrar a un hombre en mi vida.
Cuando termino el desayuno, me doy cuenta de que vamos muy retrasados.
—¡Alex! —el grito que suelto despertaría a una nación, pero sé que es necesario porque cuando no puedo supervisarlo, él se queda hasta tarde despierto jugando uno de sus videojuegos.
—¿Sí, hermana? —Alex baja limpiando la baba que tiene en la mejilla. Reprimo la risa que quiere brotar de mis labios y pongo cara de enojada. La verdad es que es muy difícil estar mucho tiempo enojada con él. Ese niño, desde la muerte de mi madre y abuelo, se volvió mi razón de vivir. Nada me importa más que su bienestar.
Dejar mis estudios fue un episodio muy doloroso para mí, pero no había comida en la mesa y debíamos sobrevivir. Por eso, al principio intenté buscar ayuda en la familia de mi madre, pero todos me dieron la espalda porque nadie quería cargar con dos personas que eran una enorme responsabilidad.
Mi padre murió cuando era pequeña y fue huérfano, así que tampoco tenía de dónde apoyarme. Todo lo que teníamos éramos nosotros dos. Así que sequé mis lágrimas y me convertí en una chica grande.
—Es tarde, vete a vestir, tengo que llevarte al colegio —él asiente temeroso de mi reacción.
—Claro hermana, en seguida bajo —sale corriendo escaleras arriba y me permito reír de su reacción. Alex corretea de un lado a otro, eso lo puedo escuchar desde el primer piso mientras se arregla. Cuando Alex está listo, nos vamos los dos en mi coche.
—Te quedaste jugando anoche cuando dije que te durmieras —miro de reojo cómo traga saliva y asiente—. ¿Qué te dije sobre no dormir tarde? —solo faltan tres cuadras para llegar al colegio de Alex. Elegí su colegio cerca de casa y en dirección al trabajo para no desviarme.
—Lo que pasa es que pierdo la noción del tiempo cuando juego, y no me fijé en la hora, discúlpame —lo miro seria y asiento—. Prometo escucharte hermana, solo que no me fijé en el tiempo que pasé jugando —trato de hacerme la dura, pero se me hace casi imposible.
—Aceptaré tus disculpas, pero el juego queda olvidado por esta semana, nada de videojuegos —él asiente triste y baja del coche—. Alex —llamo cuando lo veo alejarse.
—¿Sí?
—Toma —le paso su desayuno cuando entra de copiloto en el coche—. Sabes que te amo, ¿cierto? —veo cómo eleva la comisura del labio.
—Yo también hermana, que te vaya bien todo el día —beso su mejilla y cuando cierra la puerta al salir, pongo el auto en marcha hacia mi trabajo.
Trabajo como secretaria desde hace dos años en la empresa más grande de la ciudad, dirigida por mi jefe Eric Russell. Es buen jefe, aunque demasiado frío cuando se lo propone, sin embargo, puedo decir que tiene cariño por mí.
La verdad es que le debo la vida a ese hombre. Desde que conseguí el puesto como su secretaria, luego de que la señora que trabajó para él muchísimos años se retirara, la vida de mi hermano y la mía cambió.
No fue fácil al inicio, ni siquiera sé cómo conseguí el empleo, ya que no tenía experiencia en nada más que bailar en un tubo en un club famoso de la ciudad.
Espero que la luz del semáforo cambie de color para avanzar. Cuando lo hace, acelero y de pronto veo cómo un auto viene hacia mí. Trato de desviarme, pero es imposible. Siento el impacto que me hace cerrar los ojos y luego respiro de manera agitada. Cuando los abro, me reviso de inmediato y suspiro aliviada al saberme viva.
Cuando recuerdo el motivo por el cual me estaba revisando, salgo como una niña del exorcista, completamente furiosa.
—¡Está loco! —grito enojada y veo a un hombre salir del otro auto. Es rubio y eso me irrita de inmediato. Siento mi sangre hervir mientras unos ojos avellana me miran molestos. Alto, muy alto es este tipo. Tiene brazos fuertes.
Joder, este tipo está impresionante, pero mi molestia es palpable, por lo que mis hormonas se toman un descanso y mi lado diabólico y molesto sale a relucir en su máxima expresión.
—¿Cómo se atreve a dañar mi auto? —se queja el tipo y yo arqueo una ceja de forma incrédula.
Esto es el colmo.
—¡Le recuerdo que era usted el que estaba manejando como un loco! —le reprocho exaltada—. Es usted un irresponsable, casi me quita la vida y me pelea por su estúpido auto, ¡por su auto! El mío quedó peor y no estoy llorando como Magdalena —me desahogo—. Cruzó con el semáforo en rojo, idiota —señalo furiosa.
—Pagaré los gastos para la reparación de su —lo mira asqueado—. Su auto —yo lo miro enojada. El descaro de este hombre es demasiado.
Lo veo llamar para que vengan por el coche, pero la situación es tan surrealista que me quedo minutos mirándolo como idiota.
—No sé ni cómo tiene licencia, maneja como un retrasado mental. No se crea que estamos en "Rápido y Furioso" —le digo con burla. Él enarca una ceja que parece más hermosa que la mía. Tiene largas pestañas, ya por ese hecho lo odio. Las mías no se ven tan bien como las suyas. Suertudo de mierda.
—No es muy buena con los chistes, señorita —lo miro molesta. Él me observa divertido. Cómo detesto que un desconocido se burle de mis intentos de chistes. Es verdad que no soy buena contando chistes, pero este no es el caso.
—No era un chiste —digo sacándolo de su error. Lo veo hacer una mueca y enfocar sus lindos ojos en mí con mucha atención.
—Ya, como digas. ¿Cómo se llama, señorita chistes malos? —pregunta burlón.
—Eso a usted no le interesa y me largo, voy tarde al trabajo —digo cuando veo la grúa venir por mi coche.
—La llevo a donde sea que trabaje —propone él, y creo que la cara horrorizada que llevo es una respuesta clara.
—Yo con usted ni a la esquina —suelto y llamo a un taxi haciendo señas con las manos.
—Pero qué pesadita —le muestro el dedo del medio y entro al taxi. Le doy la dirección de mi trabajo y me lleva hasta la empresa. En el transcurso solo pienso en ese idiota y en que, por su culpa, tendré más deudas. ¡Agh! Maldito imbécil que parece ciego.
Cuando llego, entro a recepción caminando con paso decidido hasta donde está Clara, la recepcionista.
—Hola, Clara —saludo siendo amigable, aunque me cae muy mal porque siempre ha querido mi puesto de secretaria. Ella cree que nadie lo sabe, pero tiene un enamoramiento por el señor Russell, mi jefe.
Y aunque todas tenemos un enamoramiento por ese hombre, porque es precioso, todas sabemos que ama a su mujer y que su mujer es una señora muy amable. Pero Clara se le lanza descaradamente.
—Hola, Ariadna —saluda mirándome de arriba abajo—. ¿Qué se te ofrece? —sonrío muy hipócritamente.
—¿El jefe ha llegado? —pregunto nerviosa.
—Hace una hora y media —responde sonriendo con malicia. Alguna mentira le habrá inventado a mi jefe.
—Bien, gracias —camino nerviosa hasta el ascensor. Cuando abre, marco el último piso, rogando que mi jefe esté de buen humor como para soportar mi tardanza. Las puertas se abren y unos impresionantes ojos avellana me reciben.
—Tarde —su voz fría hace que trague en seco.
—Buenos días, señor Russell —saludo sonando de lo más cordial.
Quisiera decirle que es maleducado por no saludar primero, pero quiero mi empleo y además lo respeto demasiado. Tal vez es frío, pero en los dos años que llevo trabajando se ha preocupado por mí y me ha soportado todos los errores.
—¿Razón por la cual llegó tarde? —suspiro de manera teatral.
—Tuve un pequeño accidente —me mira sorprendido y me inspecciona con la mirada.
—¿Está bien? —sonrío amable.
—Gracias a Dios, todo bien. Lástima que haya idiotas que conducen como locos —él me sonríe.
—Empiece con su trabajo —da unos pasos, pero se detiene—. Mis hijos llegarán en cualquier momento. Si entran como Juan por su casa, no se preocupe —asiento y me dispongo a hacer mi trabajo.
Unos minutos después veo caminar hacia mí a mi mejor amiga, la cual está loca, pero es la única que me soporta y puedo soportar.
—Hola, tonta —saluda y le sonrío, demasiado cariñosa.
—Hola, bruja —le saco la lengua y ella rueda los ojos.
—Olvida eso, debes superarlo —el año pasado Julia se vistió de bruja para una fiesta en el club donde trabajo como stripper. Su traje terminó hecho añicos en una pelea con otra chica, desde ese momento le apodé así—. Pero bueno —arregla un mechón de su cabello que le cae en la cara.
—Por cierto —me remuevo tratando de ponerme más cómoda en la silla—, ¿encontraste departamento? —su sonrisa se desvanece.
—Todavía nada —responde afligida—. Estoy muy asustada, Ariadna —confiesa—. Si no consigo nada este mes, Peter y yo estaremos en la calle —sus ojos se tornan vidriosos y una excelente idea surge en mi mente.
—¿Qué tal si se van a mi casa? —propongo emocionada—. Podremos estar más tranquilas —ella niega de inmediato.
—No puedo, Ariadna. Eso sería abusar de tu confianza —la fulmino con la mirada.
—Nada de eso. Mi casa es exageradamente espaciosa para solo dos personas. Sabes por qué no la vendo. Además, me podrías ayudar con los gastos y nada mejor que una mujer acompañándome —bromeo para que diga que sí.
—¿Tu hermano no se sentiría incómodo con todo esto? —pregunta preocupada.
—Nada de eso —respondo—. De hecho, creo que se sentiría genial teniendo en cuenta que Peter también vivirá allá —ella asiente analizando la situación.
—Está bien —salto de mi asiento y la abrazo—. ¿Cuándo crees que me pueda mudar? —pienso; hoy tengo el día libre en el bar, así que podemos acomodar todo.
—Hoy mismo, después de que termine tu turno y el mío —ella asiente sonriéndome de forma alegre.
—Me tengo que ir a trabajar antes de que me despidan y a ti también —bromea y yo río.
—Vete —ella me saca la lengua y yo hago lo mismo.
Me siento y comienzo a teclear concentrada, proyectando todas las citas y juntas de mi jefe, además de los informes que me ordenó revisar y organizar. Han pasado algunas horas porque siento mis dedos cansados. Dos figuras entran como un rayo a la oficina de mi jefe. Apuesto a que son sus hijos. Malditos maleducados, al menos deberían saludarme. No estoy pintada ni nada por el estilo. Suspiro, cansada y hambrienta. El teléfono suena y lo cojo rápidamente.
—Los informes que le pedí, tráigalos —no me deja contestar y cuelga. Me levanto arreglando mi vestimenta. Camino con paso decidido hasta la puerta, la cual toco. Hasta que escucho un "adelante", abro lentamente y respiro nerviosa. Entro y todo está en silencio.
—Aquí tiene lo que me pidió, señor Russell —camino hasta colocar el informe en su escritorio.
—Gracias —asiento y miro a sus acompañantes. El oxígeno se marcha de mis pulmones al ver a la figura sentada.
—Pero qué pequeño es el mundo —su sonrisa sarcástica provoca ganas de golpearlo—. ¿No lo cree, señorita malos chistes? —respiro varias veces. No pensé que el idiota que chocó mi auto esta mañana estaría justamente aquí y, para colmo, que sería hijo de mi jefe.
Este idiota al que insulté, aunque fue su culpa en primer lugar, pero igual lo insulté.
Mierda, creo que estoy despedida.
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