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La torpe secretaria del CEO

La torpe secretaria del CEO

Melissa Sevilla · Completado · 101.1k Palabras

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Introducción

Valeria Cross no es la mejor asistente del mundo, y ella lo sabe. Su vida es un caos constante, su trabajo pende de un hilo y su jefe, Leandro Voss, parece tener el don de gritar su nombre justo cuando mete la pata… otra vez. Pero nada, NADA, la prepara para el día en que le envía, por error, una foto íntima. A él. A su jefe. Al tipo más inaccesible y peligroso de su vida profesional.
¿Despedida? No. Peor: Leandro la necesita.
Su madre ha decidido que es hora de verlo casado, y en un intento desesperado por evitar el drama familiar, Leandro le propone a Valeria lo impensable: que finjan una relación. Una novia falsa, un trato temporal... y ni una pizca de sentimientos. Fácil, ¿no?
Pero cuando los límites se empiezan a borrar, las mentiras se vuelven creíbles, y las chispas saltan donde no deberían, Valeria tendrá que enfrentarse a algo más aterrador que perder su trabajo: enamorarse de alguien que, se supone, solo era su jefe.

Capítulo 1

VALERIA

—¡Valeria!

El golpe seco que soltó Leandro sobre la mesa me sacó de mi burbuja y me hizo brincar. Alcé la cabeza, fastidiada, y me levanté del asiento con esa flojera que te da cuando sabes que metiste la pata.

Todo el mundo hablaba de jefes explosivos con mal genio, pero este tipo… este tipo tenía razones de sobra para querer estrellar la cabeza contra la pared cada vez que me veía. Y, siendo sincera, no lo culpo.

Era ese tipo de persona que parece tener un imán para el desastre. No lo hacía a propósito, lo digo de verdad, pero igual siempre terminaba embarrándola.

A diferencia de otros que trataban a sus asistentes como si fueran muebles, Leandro siempre usaba mi nombre. Valeria. Con esa voz tensa que ya te prepara para el regaño. Una vez me dijo que si volvía a hacer otra cagada, mi puesto estaría pendiendo de un hilo... y ese hilo ya se veía delgadito.

—¿Señor Voss? —dije al entrar en su oficina, tratando de sonar lo más formal posible. Me escaneó de pies a cabeza y yo solo quería que soltara el sermón de una buena vez.

—¿Dónde está Simón Beltrán?

Lo dijo despacio, sin levantar la voz, pero su tono... uff, ya sabia lo que venia. Cuando hablaba así, era porque la cosa iba en serio.

Mierda.

Simón era su compinche, trabajaba en otra empresa cerca, y yo tenía que haberle agendado una reunión con él para después de hora. ¿Y qué hice? Claro, se me olvidó por completo.

Leandro tamborileaba con los dedos sobre el escritorio, mirándome fijo. Su ceño pedía respuestas, ya.

—Señor, puedo explicarlo...

Esa era mi frase comodín. Mi carta de sí, la cagué, pero déjeme defenderme.

—Usted me dijo que cancelara la cita con Claudia Neri…

—La misma que te pedí cancelar para poder ver a Simón —me cortó sin piedad. Su voz era una amenaza.

—Y... estaba tan concentrada en eso que... olvidé llamar a Simón —admití, bajando la voz.

—¡Ya basta! —gritó, levantándose de golpe. El estruendo me sacudió las entrañas. Sentí la furia vibrar en el aire. Pensé: ya está, se acabó, me despide.

No podía ser. No después de haber aguantado un año entero aquí. No ahora.

—Tú... —empezó a decir.

—¡Señor, no! —grité sin pensar. Ni siquiera sabía qué iba a decir, pero necesitaba frenarlo. —¡Espere, déjeme arreglarlo! Todavía quedan diez minutos para la reunión. Si logro que Simón venga, ¿me deja quedarme?

Rogué como nunca lo habia hecho. Me frotaba las manos, y le puse mi mejor cara de perrita mojada.

Él suspiró, cerró los puños como si se estuviera conteniendo para no lanzarme la silla encima.

—Valeria Cross. Una más, una sola, y desapareces de mi vista. Te lo aseguro.

Y cuando Leandro Voss prometia, se cumplía. Así de simple.

Tragué en seco y asentí tragando saliva con dificultad. Salí volando de su oficina con una sola misión: encontrar a Simón, ese condenado Beltrán, y hacerlo aparecer como fuera.

Un paso más en falso... y hasta aquí llegaste, Valeria.

Llegué hecha polvo, como si me hubieran arrastrado por todo el bendito día. Cerré la puerta con un golpe, tiré el bolso a la cama y me arranqué la blusa de un solo tiron.

No había sido un día difícil. Había sido una mierda completa. Uno de esos que te exprimen el alma, el cuerpo y ni siquiera puedes decir que valió la pena. Nada de esto valía la pena.

Bufé mientras hurgaba en el clóset buscando una de las camisetas grandes de Iván. Esas que olían a él y me hacían sentir algo parecido a paz.

Necesitaba algo cómodo para pasar la noche, pero sobre todo necesitaba pensar. Si perdía el trabajo con Leandro, iba a terminar limpiando pisos otra vez, tragándome la rabia entre olor a grasa y clientes maleducados.

Preferiría morirme de hambre antes de volver ahí.

Sacudí la cabeza, intentando espantar la idea. No. Eso no era opción. Tenía que centrarme, enfocarme de verdad, dejar de distraerme con cada tonto pensamiento que se me cruzaba.

Saqué el celular para escribirle a Iván. No habíamos hablado en todo el día, y eso ya me estaba pesando. Llevábamos mes y medio juntos, y aún estábamos en esa etapa donde todo es lindo, dulce, fácil.

Tenía varios mensajes suyos. Me reí sola mientras los leía. Cosas cursis. Que si soy perfecta, que si soy lo mejor que le pasó. El tipo era un romántico.

Pero la risa se me congeló cuando llegué al último mensaje.

"Ojalá estuviera ahí contigo. Estoy que no me aguanto... y no quiero hacer algo de lo que me arrepienta."

Me quedé viendo la pantalla sin entender. ¿Qué carajos significaba eso?

Le mandé un signo de interrogación, sin saber cómo responder.

"Necesito que me hagas un favor, amor."

Ese mensaje me cayó como agua helada. No por las palabras, sino por el tono. Era como si estuviera hablando con un desconocido... uno de esos idiotas que solo quieren fotos desnudas por internet.

Le escribí:

"Lo que sea, pero si hay otra mujer en tu cama, terminamos aquí mismo."

Estaba nerviosa. La curiosidad y la ansiedad me tenían mordiéndome los labios mientras veía los tres puntos aparecer en la pantalla.

"¿Y bien?"

"Mándame fotos desnuda."

Sentí cómo se me salían los ojos. Me quedé tiesa. Nunca había hecho algo así. Nunca.

Y no respondí porque estuviera molesta. No. No respondí porque algo en mí... lo estaba considerando. Una parte de mí pensó: ¿y si sí? Era mi novio, ¿no? Y, siendo sinceros, la idea tenía su morbo.

Me mordí los labios. Dudé. Me lo pensé. Pero al final, me rendí a la locura del momento.

"Está bien. Pero solo esta vez."

No esperé respuesta. Me levanté, me miré en el espejo, me puse su camiseta y me quité el sostén. Quedé en panties, agarré el teléfono y me tomé la foto. Me vi bien. Mejor de lo que esperaba.

Respiré hondo. Y la envié.

Después, como si nada, me tiré a la cama. Necesitaba una siesta. Cerré los ojos con la cabeza llena de preguntas: ¿Qué estaría haciendo Iván? ¿Estaría viendo la foto? ¿Pensando en mí?

Me dormí sin responderlas.

Desperté con el estómago revuelto. Algo no estaba bien.

Miré el teléfono. Pasaba la medianoche. Iván no había dicho nada. Ni un "gracias", ni un "wow", ni un emoji. Nada.

Abrí la app y ahí lo vi.

Y grité.

Había hecho lo impensable.

La foto... se la había mandado a nada mas y nada menos que a Leandro Voss, mi jefe.

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