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LOS GEMELOS SECRETOS DEL CEO

LOS GEMELOS SECRETOS DEL CEO

Cintia Vanesa Barros Freile · En curso · 224.8k Palabras

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Introducción

Alma Sarmiento, una pasante de medicina sin familia, le salvó la vida a Sergio de la Vega con un par de agujas en el suelo de un edificio de oficinas. Tres meses después estaban enamorados. Tres años después, embarazada, Sergio entró en coma esperando un trasplante y la madre de él, Constanza, le arrancó a Alma una firma a cambio del corazón de su hijo.
Alma intentó huir. Constanza la atrapó. La obligó a parir en una clínica clandestina y mandó matarla.
Lo que Constanza no supo es que Alma llevaba dos bebés.
Una enfermera se conmovió y la salvó junto al segundo niño. Alma despertó en un hospital lejano con amnesia total y un recién nacido en los brazos. Sergio, al despertar de su coma, recibió a un solo bebé y la mentira de que la madre lo había vendido. Le juró venganza encima de la cuna.
Seis años después, una doctora prodigio llamada Emma López y un heredero llamado Sergio de la Vega coinciden en un torneo internacional de ajedrez infantil. Sus hijos llevan máscaras. Sus hijos son idénticos. Sus hijos lo saben antes que ellos.
Cuando los gemelos deciden intercambiarse, una verdad enterrada durante seis años empieza a cavarse desde abajo.

Capítulo 1

El llanto que no escuchó

En una clínica clandestina de la ciudad S, Alma se retorcía de dolor en una camilla mientras Carmen, una enfermera vieja de manos curtidas, le limpiaba la frente con un trapo húmedo y le susurraba al oído:

—Tranquila, mi niña. Solo tienes que pujar y tu hijo estará vivo.

Pero Alma no estaba en pánico por los dolores del parto. Estaba en pánico porque en cualquier momento iban a venir por ella. Le había costado muchísimo escapar, y aun así la habían atrapado en el aeropuerto.

Se maldijo a sí misma. Pudo haber tomado un autobús, un tren, alquilar un auto, cualquier cosa menos un vuelo. Pero con la rapidez, y temiendo poner en peligro al bebé, escogió lo más fácil. El aeropuerto. Y aunque usó papeles falsificados, la encontraron de todas formas. La familia de la Vega tenía ojos en todas partes.

Mientras Alma se debatía con las contracciones y Carmen trataba de consolarla, la puerta se abrió de una patada.

Constanza de la Vega entró con una mirada de odio. Detrás venía el doctor, un tipo flaco de bata sucia que hacía años había perdido la licencia y ahora se ganaba la vida haciendo abortos y partos clandestinos en esa misma clínica.

—¡Maldita! —gritó Constanza—. ¿Pensaste que te escaparías con mi nieto en el vientre? ¿Acaso creíste que podrías escapar de la familia de la Vega?

Alma apretó los dientes y, entre jadeos, le contestó:

—Es mi hijo. Mi cuerpo. Y usted no le va a poner sus sucias manos encima, bruja.

Constanza soltó una carcajada seca.

—Yo soy la dueña de este país, ilusa. Aquí se hace lo que yo quiero. ¿Pensaste que tomar un avión te iba a salvar de mí? Llevas a mi nieto en el vientre. Yo te pagué por él. Y ahora te haces la digna. Ni lo sueñes.

—Yo no firmé para esto.

—Firmaste, y los papeles están en mi caja fuerte.

Constanza miró al doctor, que esperaba de pie junto a la camilla.

—Rápido. Quiero tener a mi nieto en los brazos y salir de esta pocilga cuanto antes.

Alma recibió otra contracción y se mordió la lengua con fuerza para no gritar. Sintió el sabor de la sangre llenarle la boca. Pujó con todas sus fuerzas, no por obedecer a Constanza, sino porque el cuerpo ya no le pertenecía.

Y el llanto del niño llenó la habitación.

El doctor lo alzó en los brazos, manchado todavía, y sonrió como si hubiera ganado la lotería.

—Es un varón, doña Constanza. Es un varón. El legado de su hijo sobrevivió y parece estar muy sano.

Lo envolvió en una manta y se lo puso en los brazos a Constanza, que sonrió de medio lado. El bebé seguía llorando. Ella trató de arrullarlo con torpeza, como quien nunca ha cargado a un recién nacido.

—Me lo llevaré a una clínica privada —dijo, sin dignarse a mirar a Alma—. Tome su pago.

Sacó un sobre grueso de la cartera y se lo tendió al doctor.

—Y ya sabe qué hacer. No quiero tener más problemas con esta mujer.

Se dio media vuelta y se fue.

Alma intentó levantarse. Las piernas no le respondían. Lloró, gritó, rogó que le devolvieran a su hijo. Pero Constanza ya se había ido. Solo escuchó los tacones alejándose por el pasillo y después el motor de un auto arrancando en la calle.

El doctor revisó el contenido del sobre. No había visto tanto dinero junto desde que perdió la licencia.

Sacó una paca de billetes y se la extendió a Carmen.

—Encárgate de ella. Ya sabes qué hacer. Tú estás lista.

Carmen recibió el fajo con las manos temblándole.

—Doctor, yo…

—Carmen, no me haga repetirlo. Y acuérdate que yo sé dónde vive tu familia.

Y también se fue.

Alma se quedó sola con la enfermera. Intentó incorporarse sobre los codos. Le rogó con la voz rota:

—Por favor, no me haga daño. No me mate. No tengo a nadie, igual voy a desaparecer, se lo juro.

—Niña…

—Por favor, señora. Tenga compasión de mí.

—No puedo dejarte viva, mi niña. Si lo hago, matan a toda mi familia. Tengo hijos, niña. Tengo hijos.

—Por favor…

Pero las palabras se le atoraron en la garganta a Alma. Una contracción fuerte la atravesó de pies a cabeza y la dobló sobre la camilla.

—Maldita sea. ¿Qué es esto?

Carmen, al ver el cambio en su cara, pensó que iba a expulsar la placenta. Pero cuando se acercó, entre las piernas de Alma se asomó otra cabeza.

—Por Dios —susurró, llevándose las manos a la frente—. ¡Otro bebé!

Corrió a auxiliarla.

—Puje, niña. Puje, que no hay tiempo.

Alma pujó con el poco aliento que le quedaba. Sintió el desgarro, sintió el calor entre las piernas, sintió que se le iba la vida por la sangre.

Y el segundo bebé nació.

Este no lloró. Pero tenía los ojos muy abiertos, y miraba a todo su alrededor como si ya supiera dónde estaba y quién lo esperaba.

Carmen buscó con qué envolverlo. Encontró una vieja manta sobre la mesa de instrumentos. Envolvió al bebé con las manos temblándole y se lo puso a Alma en los brazos.

—Ten, niña. Creo que Dios nos ha dado una señal. No puedo matarte a ti y matar a esta criatura. Pero debes irte. Porque si esa mujer y su familia los encuentran, los matan a los dos.

Alma sonrió con la poca fuerza que le quedaba. Intentó decir algo. Quiso darle las gracias.

Pero todo se le puso negro y se desmayó.

Carmen se quedó con la mujer inconsciente y el bebé respirando contra su pecho. Se rascó la cabeza.

—¿Y ahora qué voy a hacer yo con este par? Dios mío, ilumíname.

Miró el fajo de billetes que el doctor le había dado. Pensó que al menos iba a usarlo para algo bueno por primera vez en su vida.

Sacó el celular y marcó un número que se sabía de memoria. El número de su comadre, una partera vieja que le ayudaba a veces cuando las cosas se complicaban en la clínica. Pues el doctor no medía consecuencias a la hora de operar, y más de una mujer había salido de esa camilla a medio cerrar.

—Comadre, la necesito. Véngase para la clínica y traiga lo de partera. Tenemos un problema grande.

—Voy para allá.

Carmen guardó el teléfono. Cogió al bebé y lo acomodó en una caja que había en un rincón, con trapos limpios debajo. Después agarró a Alma, que sangraba a mares y estaba inconsciente, y la arrastró por el pasillo hasta la parte de atrás de la clínica, donde tenía estacionado su viejo auto.

Metió a la madre en el asiento de atrás. Metió al bebé envuelto en la manta junto a ella. Y esperó.

Cuando llegó la comadre, una mujer mayor que ella, de manos gruesas y mirada firme, no hubo ni un "hola". Se subió al auto, miró a Alma desangrándose y al bebé respirando apenas, y preguntó:

—¿Para dónde?

—Lejos. A la ciudad vecina. Al hospital público. Los dejamos ahí y no sabemos nada.

—Carmen…

—Comadre, si nos quedamos con ellos, nos matan a las dos. Esta mujer es de los de la Vega.

La comadre no volvió a hablar.

Manejaron dos horas por una carretera oscura. La comadre le puso a Alma compresas entre las piernas, le presionó la herida para contener la sangre, le rezó un padrenuestro completo. El bebé se quedó dormido envuelto en la manta. No lloró ni una sola vez en todo el camino.

Para cuando amaneció, ya habían llegado. El sol empezaba a salir sobre la ciudad vecina. El hospital público estaba casi vacío a esa hora.

Carmen y la comadre bajaron a Alma entre las dos. La acostaron en una banca del pasillo de urgencias y le pusieron al bebé en los brazos. Alma seguía inconsciente, pero respiraba. El bebé también.

—Dios sabrá qué hacer con ellos —murmuró Carmen santiguándose.

Salieron caminando rápido, sin mirar atrás. Se subieron al auto y desaparecieron antes de que alguien preguntara nada.

Adentro del hospital, una enfermera joven que terminaba su turno vio a la mujer tirada en la banca con el bebé en brazos y corrió a pedir ayuda a gritos.

—¡Doctor! ¡Una mujer con un recién nacido! ¡Está sangrando mucho! ¡No tiene papeles!

Afuera, muy lejos, en otro auto que ya iba por una autopista distinta, Constanza de la Vega arrullaba a su nieto recién robado con una sonrisa de medio lado, sin saber que acababa de dejar en el mundo un segundo niño con los ojos muy abiertos, y una madre con la suficiente vida adentro como para volver a buscarla algún día.

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