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MI HERMANASTRO ES MI PRIMER AMOR.

MI HERMANASTRO ES MI PRIMER AMOR.

GVSTELLARISS · En curso · 205.1k Palabras

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Introducción

A los 14 años, Bruce Miller fue mi primer beso, mi primer secreto y mi primera gran decepción. Once años después, el destino ha decidido jugarme la broma más pesada de mi vida.
Regresé de Australia con un título de abogada y la esperanza de una vida tranquila junto a mi madre, Katherine. Pero al cruzar el umbral de su nueva mansión, me encontré con una realidad que ninguna ley puede defender: mi madre se ha casado en secreto con un multimillonario, y yo ahora tengo "familia" nueva.
Bruce, aquel adolescente que me prometió el cielo antes de que nos separaran, es ahora un hombre de 28 años: frío, arrogante y heredero de un imperio. Y lo peor de todo: es mi hermanastro.
Vivir bajo el mismo techo es un campo de batalla. Entre cenas familiares incómodas y encuentros prohibidos en los pasillos a medianoche, la tensión es insoportable. Él me mira con odio por haber vuelto, pero sus ojos guardan el mismo fuego que me quemó hace una década.
¿Podré cumplir mi papel de "hija perfecta" mientras mi cuerpo traiciona cada regla moral? En esta casa, el amor no es una opción... es un pecado que estamos a punto de cometer.

Capítulo 1

POV MADELAINE

El aire acondicionado del aeropuerto JFK me golpeó la cara, pero no fue suficiente para quitarme el calor pegajoso de los nervios. Después de cinco años en Australia, Nueva York me recibía con su ruido ensordecedor y la promesa de un nuevo comienzo. Arrastré mi maleta de cuero hacia la salida, sintiendo el peso de mi título de abogada en la mochila. Ya no era la niña de catorce años que se fue llorando en un taxi. Ahora tenía veinticinco, un futuro brillante y, supuestamente, una madre que me esperaba con los brazos abiertos.

Lo que no esperaba era que mi madre no estuviera en la puerta de llegadas. En su lugar, había un chofer uniformado con un cartel que decía: Madelaine Miller.

—¿Miller? —pregunté al hombre mientras me acercaba—. Mi apellido es Vance.

—La señora Katherine dio estas instrucciones, señorita —respondió el hombre con una cortesía mecánica. Tomó mi maleta antes de que yo pudiera protestar.

El trayecto hacia Connecticut fue un borrón de árboles verdes y autopistas perfectas. Mi madre, Katherine, había enviudado hacía más de diez años. Mi padre fue un hombre sencillo, un profesor de instituto que nos dejó una casa pequeña y muchos recuerdos. Durante años, fuimos solo nosotras dos contra el mundo. O eso creía yo hasta que me mandó al otro lado del planeta "por mi propio bien".

Cuando el coche entró por una enorme puerta de hierro forjado y subió por un camino bordeado de robles, mi mandíbula casi toca el suelo. Esto no era una casa. Era una fortaleza de mármol y cristal.

—Llegamos, señorita —dijo el chofer.

Bajé del coche sintiéndome diminuta. La puerta principal se abrió antes de que pudiera tocar el timbre. Mi madre apareció radiante. Llevaba un vestido azul marino de seda y joyas que brillaban bajo la luz del atardecer. Parecía diez años más joven y mil veces más rica.

—¡Madelaine! ¡Mi pequeña! —me gritó, envolviéndome en un abrazo que olía a perfume de Chanel.

—¿Mamá? ¿Qué es todo esto? ¿Dónde estamos?

Ella me tomó de las manos, sonriendo con una mezcla de alegría y culpa.

—Hay mucho que explicar, cariño. Entra. Hay alguien que quiero que conozcas.

El vestíbulo era frío, con suelos de mármol pulido que devolvían mi reflejo. En el centro de la estancia, junto a una chimenea que no necesitaba estar encendida, estaba él. Jeremy Miller. Era un hombre de unos cincuenta años, imponente, con el cabello canoso perfectamente peinado y un traje hecho a medida.

—Jeremy, ella es mi hija, Madelaine —dijo mi madre, apoyando la cabeza en el hombro del hombre.

—Un placer, Madelaine —dijo Jeremy, extendiendo una mano firme—. Katherine no mentía, eres una joven hermosa. Bienvenida a casa.

—¿A casa? —repetí, sintiendo un nudo en el estómago—. Mamá, ¿qué está pasando?

—Jeremy y yo nos casamos hace tres meses, Madelaine —soltó ella de golpe—. No quería decírtelo por teléfono, quería que vieras lo felices que somos. Ahora esta es tu familia. Y esta es tu casa.

Me quedé sin palabras. Mi madre se había vuelto a casar con un magnate y ni siquiera me había invitado a la boda. Pero antes de que pudiera reclamarle, una voz suave y familiar llegó desde el pasillo de la cocina.

—¡Déjenme pasar! ¡Quiero ver a mi niña!

Una mujer pequeña, de cabello blanco como la nieve y ojos llenos de luz, apareció caminando a paso rápido. Era Dove, mi abuela materna. Al verla, todo el muro de hielo que había construido en el aeropuerto se derrumbó.

—¡Abuela! —corrí hacia ella y la estreché entre mis brazos. Dove olía a galletas de canela y a hogar, el único olor real en esa casa de plástico.

—Mírate, Maddie —dijo Dove, acariciándome la cara con sus manos arrugadas—. Estás hecha una mujer. Australia te sentó bien, pero ya era hora de que volvieras a mis brazos. No hagas caso a tanto lujo, el corazón de esta vieja sigue siendo el mismo.

—Gracias a Dios que estás aquí, abuela —susurré.

—Bueno —interrumpió Jeremy, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—, la cena está servida. Mis hijos están por llegar. Madelaine, estoy seguro de que te llevarás bien con ellos. Bruce y Samuel están ansiosos por conocer a su nueva hermana.

El nombre de Bruce detonó en mi mente como una granada. No puede ser él, me dije. Miller es un apellido común. Hay miles de Bruce Miller en Estados Unidos.

Pero mi instinto, ese que me había ayudado a ganar debates en la facultad, me decía que la suerte no estaba de mi lado.

Nos dirigimos al comedor, una sala inmensa con una mesa de caoba donde cabrían veinte personas. Dove se sentó a mi lado y me apretó la mano por debajo de la mesa, como si supiera que necesitaba apoyo.

—Tranquila, pajarito —me susurró Dove—. Aquí hay mucha gente nueva, pero yo siempre seré tu nido.

Entonces, se escucharon pasos pesados en el pasillo. Un hombre joven, de unos veintidós años, entró primero. Tenía una sonrisa relajada y el cabello un poco desordenado.

—Hola a todos. Soy Samuel —dijo, sentándose a mi derecha—. Así que tú eres la famosa Madelaine. Bienvenida al manicomio, "hermanita".

—Hola, Samuel —respondí, intentando ser cortés.

—Falta Bruce —dijo Jeremy, mirando su reloj de oro—. Ese chico vive para el trabajo.

En ese momento, la puerta del comedor se abrió con un golpe seco. Un hombre entró con la chaqueta del traje en la mano y la corbata aflojada. Era alto, de hombros anchos y una mandíbula afilada que parecía tallada en piedra. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, pero lo que me detuvo el corazón fueron sus ojos. Eran los mismos ojos grises y tormentosos que me habían perseguido en cada sueño desde que tenía catorce años.

Era él. Bruce. Mi primer amor. El chico que me dio mi primer beso bajo el muelle y que luego me ignoró cuando más lo necesité.

Se quedó estático en la entrada. Su mirada recorrió la mesa hasta detenerse en mí. Vi cómo sus pupilas se dilataban y cómo su mandíbula se tensaba tanto que pensé que se rompería.

—Bruce, hijo, llegas a tiempo —dijo Jeremy—. Ella es Madelaine, la hija de Katherine.

Bruce no se movió. El silencio en la habitación se volvió denso, casi irrespirable. Mi madre sonreía, ajena al desastre. Samuel nos miraba con curiosidad. Solo la abuela Dove pareció notar la descarga eléctrica que cruzó la mesa; ella me apretó la mano con más fuerza.

—Madelaine —dijo Bruce. Su voz era ahora un barítono profundo que me recorrió la columna vertebral como una descarga—. Ha pasado mucho tiempo.

—Mucho —logré decir, aunque sentía que me faltaba el aire.

—¿Se conocen? —preguntó mi madre, extrañada.

—Fuimos a la misma escuela antes de que la mandaras a Australia, mamá —dije, tratando de sonar indiferente—. Pero Bruce era mayor. Casi no hablábamos.

Mentí. Mentí con la facilidad de una profesional. Bruce soltó una risa seca, casi inaudible, y se sentó justo frente a mí.

—Es cierto —dijo Bruce, clavando sus ojos en los míos—. Casi no hablábamos. Pero las cosas cambian, ¿verdad? Ahora vamos a pasar mucho tiempo juntos... hermana.

La palabra "hermana" sonó como un insulto en su boca. Durante toda la cena, no pude probar bocado. Sentía la mirada de Bruce quemándome la piel. Cada vez que levantaba la vista, lo encontraba observándome, analizándome, como si buscara rastro de la niña que dejó atrás.

Cuando la cena terminó, Jeremy y mi madre se retiraron al salón. Samuel se fue a su habitación con sus auriculares puestos. Me quedé sola en el comedor con la abuela Dove, que me miraba con preocupación.

—Maddie, tienes la cara blanca como el papel —dijo Dove—. Ve a descansar, cariño. Tu habitación es la tercera a la derecha en el segundo piso.

—Gracias, abuela. Te quiero.

Subí las escaleras intentando no hacer ruido. Solo quería encerrarme y procesar que el hombre que más me había dolido en la vida ahora vivía en el mismo pasillo que yo. Estaba llegando a mi puerta cuando una mano fuerte me tomó del brazo y me empujó contra la pared.

Ahogué un grito. Bruce estaba frente a mí, tan cerca que podía oler su loción de sándalo y el ligero toque de whisky de la cena. Su cuerpo bloqueaba cualquier salida.

—Suéltame, Bruce —susurré, tratando de empujarlo, pero era como intentar mover una montaña.

—¿Casi no hablábamos? —preguntó él, su voz era un susurro peligroso cerca de mi oído—. ¿Eso es lo que le vas a decir a nuestros padres? ¿Que no nos conocemos?

—Es la verdad que nos conviene a ambos —respondí, recuperando mi voz de abogada—. Eres mi hermanastro ahora. Lo que pasó cuando éramos niños no cuenta.

Bruce acortó la distancia, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Sus ojos bajaron a mis labios por un segundo que pareció eterno antes de volver a chocar con los míos.

—Nada de lo que pasó entre nosotros fue de niños, Madelaine. Y lo sabes.

Me soltó de golpe y se alejó por el pasillo sin mirar atrás. Entré en mi habitación y cerré la puerta con llave, temblando. Me apoyé contra la madera fría, escuchando los latidos desbocados de mi corazón. Había vuelto a casa para encontrar mi lugar en el mundo, pero me acababa de dar cuenta de que mi nueva casa era una jaula, y Bruce Miller era el dueño de la llave.

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