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Un ángel para el demonio

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lourdes leyton · En curso · 66.0k Palabras

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Introducción

Ella nació para sanar, él para destruir.

Renata es todo lo que el mundo parece haber olvidado: compasiva, noble, luminosa. Vive con el corazón abierto, incapaz de odiar, incluso cuando la vida le da razones para hacerlo. Su dulzura no es debilidad: es resistencia. 

Enamorada profundamente de Luziano y él de ella, esta pequeña mujer se convierte en la única grieta de luz en su mundo de sombras.

Él es un hombre que no cree en redención. Implacable, frío, envuelto en trajes impecables y decisiones sangrientas, gobierna desde las sombras como el demonio que todos sus enemigos temen. Pero con ella… algo tiembla.

Renata lo ama sin pedirle nada. Massimo la desea como no la ha deseado nunca. Sin embargo, su mundo no es un lugar para ángeles. Sabe que, si se queda, terminará por destruirla. Por eso, se aleja. La deja ir. Cree estar protegiéndola. Se equivoca.

Meses después, el destino —y la traición más cruel— la empujan al lugar más oscuro que un alma inocente puede conocer: un burdel clandestino donde las mujeres no tienen nombre, solo precio. Vendida. Silenciada. Perdida.

Pero los demonios también saben buscar. Y esta vez, no la dejará atrás.

Ahora ella está en su mundo… Y él será capaz de incendiarlo todo con tal de recuperar lo único puro que ha tenido en la vida.

Capítulo 1

Balas, sangre y tratos sucios.

En eso se había resumido mi vida, no conocí otra vida y siempre iba a ser así. Por mucho que no quisiera que las cosas fueran de esta manera, la vida era injusta y no siempre tendríamos todo lo que deseábamos.

Pero en medio de toda esta porquería de la que me encontraba rodeado, había algo bueno, una luz blanca que no quería renunciar, que no podía hacerlo, porque ella significaba todo para mí. Era la prueba de que todavía podía seguir siendo un humano y no alguien que acarrea solo desgracias, tal como mi madre me lo había dicho.

—¡Luziano! —ella fue corriendo donde me encontraba y me abrazó —. No tienes idea la alegría que me da el verte.

—Hola, pequeña —acaricié su cabeza con cariño —. No andes corriendo de esa manera, te puedes caer y tropezar.

—Sé bien que, mientras tú te encuentres conmigo, no voy a caer porque tus brazos siempre me van a proteger.

—Bueno, ahora vamos, que te quiero invitar un helado —la aparté de mi lado y le di un golpecito en la punta de la nariz —. Lamento que solo te puedo dar esto por el momento, pero cuando tenga el suficiente dinero, ten por seguro que voy a darte la vida que te mereces.

—Sabes bien que te busco por la compañía y no por lo que me compres, además… Eres consciente de que no me gusta que me compres cosas con ese dinero —sus ojos mostraban tristeza —. No quiero nada de lo que venga de una manera chueca y eres consciente de ello.

—¡Por un demonio, Renata! Entiende que esto soy yo —grité y ella dio un respingo por esto —. Yo… Lo siento… No quería asustarte.

—Pues me asustaste —los ojos verdes esmeralda de Renata se cristalizaron —. Es la primera vez que me gritas, ¿Qué sucede?

—Mejor vete, no quiero hacerte daño y lo sabes.

—No, espera —ella me detuvo —. Vamos, hay que hablar. Las cosas se arreglan de esta manera, no quiero que estés enojado conmigo, en serio que no.

—No estoy enojado contigo, sino conmigo, en serio que me gustaría darte otra vida. Pero no encuentro la manera de hacerlo, por mucho que quiera.

—Entonces no quieres suficiente, ya te he dicho que no me importa si no me puedes dar lujos. Pero tú te obsesionas con eso a más no poder, sabes bien que en tus brazos es que encuentro paz, sin embargo, no entiendes eso y crees que debes de tenerme en un palacio… La jaula aunque sea de oro, no deja de ser prisión.

—Vives en un mundo de fantasía, ¿Qué parte no entiendes que una vez que estás dentro de esto no te puedes ir? Entiende eso, Renata.

—Si pudiste entrar, claro que puedes salir —ella tomó mis manos y me miró con angustia —por favor, hay muchas cosas que se pueden hacer para poder sobrevivir. Tengo unos ahorros y podemos comenzar de cero en otro sitio, pero por caridad, entiende que te quiero a mi lado. 

—Yo también quiero estar contigo, pero no puedes venir a esperar que esté lejos del único mundo que conozco.

—El hecho de que sea el único camino que conoces, no significa que sea el único. Ahora, si no quieres renunciar a este tipo de negocios por más que te lo pido, lo siento, pero estoy segura que no soy la mujer correcta para ti. Porque el solo hecho de que te pida algo con el corazón en la mano, es suficiente para que aceptes en comenzar de cero conmigo, que al imaginarte sin mí, digas que no puedes estar de esa manera —las lágrimas comenzaron a brotar por aquellos ojos —y está bien, aceptó esto, pero no esperes que voy a tomar algo de tus manos con el dinero sucio que ganas en base al sufrimiento de las personas.

—Renata, por favor no hagas esto.

—Es lo mismo que yo te digo, pero sigues haciéndolo. No puedo renunciar a ti, Luziano, porque el solo hecho de hacerlo significa que estoy dejando ir a la única persona que ilumina mis días y hace que la carga sea más ligera. Y te juro que eso duele más que cualquier otra cosa.

Mis manos se pasaron por el rostro de Renata y fue en ese momento en que miré como su mejilla tenía un morado. Aparté el cabello que cubría esta zona y pude ver los dedos repintados en su piel nívea.

—¿Qué significa esto? —lancé un suspiro pesado —¿En serio te ha vuelto a golpear? ¡Le dije que no te tocará en absoluto!

—Luziano, por favor no hagas un escándalo. Me caí, eso es todo.

—No me quieras engañar, Renata. ¡Tienes los putos dedos repintados en tu mejilla! Todos sabemos bien cómo se las gasta ese hombre, pero ya me harté, es la última vez que vuelve a hacer eso.

Caminé a pasos largos, llevé mi mano a la parte trasera de mi pantalón y aseguré mi pistola. Renata me gritaba, pero no le hacía caso, simplemente seguía a pasos largos la puta dirección a su casa.

En el momento en que estuve ahí, con una patada abrí la puerta que de milagro no se caía. Y fue ahí que lo miré, una botella sucia y un vaso con mugre eran sus compañías.

Se sirvió un trago al verme, sonrió de manera socarrona y juraría que me retaba con esto.

—Te advertí que no volvieras a tocar a Renata, pero lo has vuelto a hacer y ahora vas a pagar las consecuencias de ello.

—¿Y qué vas a hacer, dealer de mala muerte? ¿Me vas a matar? Sabes bien que Renata jamás te perdonaría algo así, deberías de ser un poco más inteligente.

—¿Y quién dice que tengo que ensuciarme las manos para matarte? —sonreí de la misma manera socarrona que él —¿Sabes? Al inicio venía con serias intenciones de hacerlo, pero hay algo mejor que dispersar tus sesos por la pared.

—¿A sí? ¿Qué cosa?

—Prohibir que te vendan licor en cualquier sitio, ya sabes que las personas me tienen miedo y esto tiene influencia en los demás.

Cuando le dije esto supe por el horror de sus ojos que había dado justo en el clavo, él dejó de lado el trago y me miró con rabia.

—No puedes hacer eso y lo sabes bien.

—Claro que puedo y lo sabes bien —repetí la última frase con gran satisfacción —y lo voy a hacer.

Tomó la botella que todavía tenía un poco de licor y la lanzó directamente hacia mí, a pesar de que era un borracho, tenía cierta agilidad en sus movimientos y logró darme.

La sangre se comenzó a deslizar por mi rostro y junto con ello una rabia desbordante. Tomé la glock que guardaba en mi cinturón y se la puse directamente en la cabeza.

—Has firmado tu sentencia de muerte, maldito borracho de mierda —apreté la pistola en su cabeza —hoy es tu último día en este mundo.

Quité el seguro, esté clic resonó en aquella casa que no se caía de milagro. Presioné contra su sien y pude ver el horror en los ojos de este hombre.

—¡Luziano! —la voz jadeante de Renata llegó a mis oídos —por favor, no hagas esto. Baja esa pistola y deja a mi papá en paz.

—Me ha herido —la miré de reojo y ella vió el rastro de sangre —bien sabes que en este mundo hay dos cosas que no puedo permitir. Que te toquen a ti y que me toquen a mí, y este bastardo ha hecho ambas cosas.

—Lo sé, pero por favor déjalo. Suelta esa pistola y ven conmigo, si realmente me quieres vas a hacer lo que te pido.

Lancé una maldición, aparté la pistola y la guardé nuevamente en su sitio. El alivio en los ojos de Renata fue evidente y sonrió llena de agradecimiento.

—Ahora vamos, te quiero revisar esa herida que se ve fea —ella me tomó de la mano y la acarició con ternura —gracias por hacer esto.

—Por ti estoy dispuesto a ir al infierno de ser necesario y así poder presumir a todos los demonios que estuve en el paraíso sin ir al cielo. Y decirles que un ángel me amó cuando nadie más lo hizo.

—No tienes que ir al infierno para tenerme, necesito que te quedes a mi lado, justo aquí, en este mundo y no en el otro. Entiende eso, Luziano, puedo ver bondad en ti porque existe —ella acarició mi mejilla y sus manos se mancharon con mi sangre —pero tú piensas que no es así.

—No es así y debes de saberlo, eres una mujer tan buena que ves bondad en sitios e incluso personas que no la tienen.

—Todos tenemos algo de bondad y de maldad en nuestros adentros, así que no vengas a querer convencerme de lo contrario y vamos a la casa de Hannah para curar esas heridas.

—Espera un momento —me detuve y miré hacia atrás, justo donde se encontraba el padre de Renata —agradece que tu hija vino a abogar por ti, porque a estas alturas estarías frío en ese suelo. Pero si piensas que lo que hiciste no va a tener repercusiones, estás equivocado. Nadie te va a vender nada de licor, así que prepárate para sentir que te mueres, pero no lo vas a hacer.

Los gritos de aquel hombre me dieron igual, salí con Renata de la mano y fuimos al puesto de salud porque así se lo pedí, no quería ir donde Hannah. Nadie se atrevía a atenderme, así que ella tomó todo lo necesario y comenzó a curar mis heridas.

—No entiendo cómo es posible que defendieras a ese hombre, te juro que cada día te entiendo menos. Cualquier mujer hubiera deseado estar en tu lugar.

—No deja de ser mi padre, sé bien que en el fondo él tiene bondad, todos las tenemos. Pero hay algunas circunstancias de la vida que nos impiden sacar ese lado, cuando murió mi mamá se refugió en el alcohol, antes de eso había sido un buen hombre que nos daba amor a manos llenas.

—Pero ahora las cosas han cambiado, tú eres víctima de las vejaciones de ese borracho. Debes de tener un poco más de maldad, Renata. Este mundo es cruel y debes de saberlo.

—¿Para qué tener maldad si es lo que hay en este mundo? Debes de ofrecer bondad que es lo que no hay, ¿O es que acaso tú buscas algo que ya tienes por cantidades exorbitantes?

—En serio que cada día me sorprendes cada vez más, ¿Siempre tienes una respuesta a todo?

—Quizás no a todo, pero sí a algunas cosas —ella pasó el algodón empapado con yodo —¿No te arde?

—En tus manos cualquier cosa es ligera —tomé sus manos y la vi directamente —no solo tú no te puedes alejar de mí, si no también yo. No puedo vivir sin la única luz que me ha dado la vida.

—Entonces no te vayas de mi lado y cambia la vida que llevas —su tono fue suplicante —en serio que no me importan los lujos, es suficiente que tengamos tres platos de comida al día y un techo que cubra nuestras cabezas.

—¿Estás segura de esto, Renata? Porque no sé si pueda salirme de esta vida, pero si tú quieres hacerlo pues haré lo imposible posible.

—Estoy segura, no me interesan las comodidades, mientras tú estés a mi lado y tengamos lo que te dije antes, estaré bien.

Salimos del centro de salud, iba a hacer lo que Renata me pedía. Quizás era una locura, pero no quería vivir sin ella.

En el momento en que una camioneta se detuvo delante de nosotros, llevé instintivamente mi mano a la pistola y la saqué. Las balas comenzaron a volar por todos lados, puse a Renata detrás de mí y luego nos refugiamos en la pared a medias que se encontraba en el centro de salud.

Rápidamente acabé con mis enemigos, la camioneta se fue solo con un tipo porque permití que así fuera. Sonreí lleno de satisfacción al ver lo que había logrado.

—Luziano —la voz de Renata estaba llena de un dolor disfrazado —me duele el costado.

Al ver su costado miré que sangraba, una bala la había atravesado. Puse mi mano rápidamente en esta zona y ejercí presión.

—¡Necesito ayuda! —grité desesperadamente —¡Alguien ayúdeme!

Tomé a Renata entre mis brazos y la cargué, el centro de salud le había cerrado las puertas. Entendía que lo hicieran conmigo porque era un maldito demonio, pero con ella no. Al final la llevé al hospital, no dudé un solo momento. Mi mano seguía ejerciendo presión en su herida y sentía como se le iba la vida entre mis brazos…

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