
VENDIDA AL ABISMO
Deli Zapata · Completado · 128.6k Palabras
Introducción
Engañada con la promesa de una cena de negocios, la joven termina drogada y expuesta como mercancía en el peligroso club El Elíseo. Cuando está a punto de perderlo todo, una voz fría detiene la subasta. Dante Moretti, el despiadado líder de la mafia italiana, aparece para reclamarla como suya.
Pero Mía pronto descubre que su rescate era otra forma de condena. Dante había planeado cada detalle: borró su identidad, destruyó su antigua vida y la encerró en una lujosa prisión donde solo existe una regla: ella le pertenece.
Él dice que la compró para protegerla de un mundo cruel, pero Mía sabe que un monstruo sigue siendo un monstruo, aunque le ofrezca un refugio de oro. Sin embargo, detrás de la frialdad del hombre más temido de la mafia se esconde una herida que solo ella parece capaz de tocar.
Mientras enemigos mortales amenazan con destruir el imperio Moretti y una guerra de sangre se acerca, Mía deberá decidir si escapa del hombre que la convirtió en su posesión… o si se pierde para siempre en los brazos del rey de la oscuridad.
Capítulo 1
El frío es lo primero que noto. No es el frío del aire acondicionado, no es el frío de una noche de invierno. Es un frío metabólico, una ausencia total de calor que nace en la médula de mis huesos y se extiende, como una mancha de aceite negro, por cada centímetro de mi piel.
Después llega la náusea. Una ola espesa y agria que sube por mi garganta, pero mis músculos no responden. Estoy paralizada.
Trato de abrir los ojos, pero los párpados pesan como lápidas. Cuando finalmente lo logro, el mundo es un borrón de luces de neón mareantes. Fucsia. Azul eléctrico. Oro sucio. Los colores bailan y se burlan de mí, girando en un torbellino vertiginoso que solo intensifica la náusea.
¿Dónde estoy?
La pregunta flota en mi mente vacía, una balsa solitaria en un océano de niebla química. No puedo recordar cómo llegué aquí. Lo último que recuerdo es…
Mamá.
El nombre golpea mi pecho con la fuerza de un mazo, y la primera lágrima se escapa, trazando un surco ardiente por mi mejilla fría. Es una lágrima pesada, cargada de una verdad que mi cerebro, entumecido por la droga, lucha por procesar pero que mi corazón ya conoce.
Mi respiración se vuelve errática, un jadeo roto que apenas logra llenar mis pulmones. Estoy tumbada en algo suave, algo que huele a terciopelo viejo y a un perfume de hombre demasiado fuerte, a almizcle y peligro. Es un sofá, un diván tal vez, en un espacio que se siente vasto y a la vez claustrofóbico.
Drogada. La palabra se forma en mi mente con una claridad aterradora. Me han drogado. No es una suposición; es una certeza física. Siento la sustancia pesada en mi sangre, una invasora que ha desconectado mi voluntad de mi cuerpo. Mis manos están a los lados, inertes, como si pertenecieran a una muñeca rota. Mi vestido… mi vestido de seda verde esmeralda, el que mamá dijo que me hacía parecer una reina, está arrugado y húmedo por el sudor frío que me empapa.
El llanto se desata. No es un llanto silencioso y digno. Es un sollozo desgarrador, un lamento que nace de la traición más absoluta. Lloro porque el frío me consume, lloro porque tengo miedo, pero sobre todo, lloro por ella. Lloro por la mujer que me dio la vida y que, unas horas antes, me vendió como si fuera mercancía defectuosa.
(Flashback - Unas horas antes)
La tarde había empezado con una mentira, como todas las cosas malas.
—Mía, cariño, ponte el vestido verde. El que te compré la semana pasada —había dicho mamá, con esa voz cantarida y falsa que usaba cuando quería algo.
Yo estaba en mi habitación, tratando de estudiar para el examen de literatura de la universidad. Me gustaba la literatura. Me gustaba el orden de las palabras, la seguridad de las historias con principio y fin. Mi vida, en cambio, era un caos sin resolver.
—¿El verde? Pero es muy elegante, mamá. Solo vamos a cenar con tus "amigos del trabajo".
Mamá se apoyó en el marco de la puerta. Tenía esa mirada desesperada en los ojos, esa que aparecía cada vez que el cobrador del alquiler llamaba o cuando las facturas se acumulaban en la mesa de la cocina. Pero hoy había algo más. Algo que yo debería haber visto.
—No son solo amigos, Mía. Es una oportunidad. Un hombre importante, un inversor, quiere conocernos. Si le caemos bien, si le gustas… nuestros problemas podrían terminar.
"Si le gustas". La frase pasó por mi mente sin detenerse. Yo estaba acostumbrada a los intentos desesperados de mi madre por conseguir dinero. A sus esquemas, a sus promesas vacías. Pero ella nunca me había involucrado directamente. Ella siempre me había protegido… o eso creía yo.
—Mamá, tengo que estudiar. Y no me siento bien. Me duele la cabeza.
Era mentira. Solo quería quedarme en mi cuarto, lejos de sus "oportunidades" y de su desesperación.
Ella entró en la habitación y se sentó en el borde de la cama. Me tomó las manos. Estaban frías. Las suyas, no las mías.
—Por favor, Mía. Haz esto por mí. Solo una cena. Te prometo que después no te pediré nada más. Te lo juro por la memoria de tu padre.
Ese era su golpe bajo. Mencionar a papá era su forma de ganar cualquier argumento. Papá, el hombre que había muerto hacía diez años dejando una deuda impagable y una esposa rota. Yo no podía decirle que no cuando usaba esa carta.
—Está bien —suspiré, cerrando el libro—. Pero solo una cena.
El viaje en taxi fue silencioso. Mamá estaba inusualmente callada, mirando por la ventana, jugueteando con el anillo de bodas que nunca se había quitado. Yo me sentía incómoda con el vestido verde. Era demasiado ajustado, demasiado revelador. Me hacía sentir expuesta, no hermosa.
Cuando el taxi se detuvo, no estábamos frente a un restaurante elegante. Estábamos en una calle oscura, flanqueada por almacenes industriales y edificios de ladrillo visto. La única luz venía de un letrero de neón que parpadeaba intermitentemente: "EL ELÍSEO".
Un escalofrío me recorrió la columna. El Elíseo no era un restaurante. Era un lugar del que la gente hablaba en susurros. Un club. Un club de striptease.
—Mamá, ¿qué hacemos aquí? —mi voz tembló.
Ella no me miró. Pagó al taxista y salió del coche. Yo la seguí, con el corazón martilleando en mi pecho.
—Es aquí donde el inversor quería cenar. Dice que el catering es excelente.
Mentira. Otra mentira más.
En la puerta, un gorila del tamaño de un armario nos cortó el paso. Mamá le dijo un nombre y el hombre nos dejó pasar sin pestañear.
El interior de "El Elíseo" era un asalto a los sentidos. El aire estaba espeso con el olor a tabaco, alcohol y perfumes caros. La música era un bajo profundo y monótono que vibraba en el suelo. La iluminación era escasa, centrada en una tarima central donde una mujer, casi desnuda, bailaba alrededor de una barra plateada.
Sentí náuseas reales por primera vez.
—Vámonos, mamá. No quiero estar aquí.
Ella me tomó del brazo con una fuerza que no creía que tuviera.
—Solo un momento, Mía. No seas ridícula. Ya estamos aquí.
Nos llevó a una zona VIP, una sección separada por cortinas de terciopelo rojo. Allí, un hombre nos esperaba. No era un "inversor". Tenía una cicatriz que le cruzaba la mejilla y una sonrisa que me hizo querer salir corriendo.
—Aquí está ella, Marco —dijo mamá, con una voz que no reconocí. Una voz llena de miedo y sumisión—. Mía.
El hombre, Marco, me miró de arriba abajo, como si estuviera tasando una yegua. Su mirada se detuvo en mi escote, en mis piernas. Me sentí sucia.
—Es hermosa, Helena. Un poco… joven. Pero hermosa.
Mamá asintió nerviosamente.
—Es pura, Marco. Como te prometí. Nunca ha estado con nadie.
¿Pura? Mi mente se aceleró. ¿De qué estaba hablando?
—Mamá, ¿qué está pasando? —grité, tratando de soltarme de su agarre.
Marco se rió, una risa seca y desagradable.
—Tu madre me debe mucho dinero, Mía. Mucho. Y como no puede pagar con efectivo… ha decidido pagar con algo más valioso. Tú.
El mundo pareció detenerse. Las palabras de Marco no tenían sentido. No podían tenerlo. Mi madre no… ella no haría eso.
Miré a mi madre. Estaba llorando silenciosamente, pero no se movió para defenderme. No dijo nada. Simplemente me soltó el brazo y dio un paso atrás.
—Lo siento, Mía. No tenía otra opción. Él… él nos mataría si no.
Esa fue la última traición. La traición que rompió la poca inocencia que me quedaba.
Traté de correr, pero Marco fue más rápido. Me atrapó por la cintura y me inmovilizó. Yo grité, pateé, luché con todas mis fuerzas, pero él era demasiado fuerte.
—No luches, preciosa. Solo empeorarás las cosas.
Me arrastró fuera de la zona VIP, hacia la parte trasera del club. Yo seguía gritando, pero nadie en el club pareció darse cuenta, o a nadie le importó. La música estaba demasiado alta, y en "El Elíseo", los gritos eran solo parte del espectáculo.
Me llevó a una habitación pequeña y oscura. Había una mesa con jeringuillas y viales. Me arrojó sobre una silla y me sujetó las manos con una mano, mientras con la otra preparaba una inyección.
—Esto te ayudará a relajarte —dijo, sonriendo de nuevo—. Hoy es tu gran noche. Tu debut. El inversor… él está impaciente por verte.
No pude evitarlo. Me clavó la aguja en el brazo. Sentí un pinchazo agudo, y después… nada. El mundo se desvaneció en negro.
(Presente - El Club)
Ahí es donde termina el recuerdo y empieza la pesadilla actual.
El llanto se detiene. No porque el dolor haya desaparecido, sino porque el miedo ha ocupado todo el espacio. Un miedo paralizante, absoluto. Escucho pasos afuera de la habitación. Risas ásperas. La voz de Marco.
—Está lista. La dosis fue perfecta. No dará problemas.
La puerta se abre de golpe. La luz cegadora del pasillo inunda mi refugio de terciopelo. Marco entra, con esa sonrisa de hiena que odio. Detrás de él, dos gorilas con trajes baratos me sujetan.
—Vamos, preciosa. Tu público espera. Hoy es tu gran debut en El Elíseo.
Quiero gritar. Quiero correr. Pero mis músculos son traidores, esclavos de la química en mi sangre. Me levantan como si fuera una muñeca de trapo. El vestido verde esmeralda, el que mi madre juró que me haría parecer una reina, se siente ahora como una mortaja. Me arrastran por pasillos oscuros, el bajo de la música retumbando en mi pecho rítmicamente, cada golpe un recordatorio de que mi vida como la conocía ha terminado.
De repente, la oscuridad cede ante una explosión de luz.
Estoy en la tarima central. El foco me busca, me encuentra, me expone. El aire está saturado de humo de puros, alcohol barato y el olor rancio del deseo desesperado. Frente a mí, una marea de rostros borrosos. Hombres. Cientos de hombres con miradas hambrientas, con sonrisas obscenas. Sus gritos y silbidos se mezclan con la música, creando una cacofonía infernal.
—¡Nuestra nueva joya! ¡Mía! —brama el animador por el micrófono.
Me quedo helada. La parálisis de la droga se mezcla con el terror puro. Marco está cerca, detrás de las cortinas, haciéndome señas amenazantes con la mano. Baila. Desnúdate. O será peor.
La música cambia a un ritmo lento, sinuoso, depredador. Mis pies, movidos por una voluntad que no es mía, empiezan a dar pasos torpes. No es un baile; es una marcha fúnebre.
No puedo hacerlo. Preferiría morir.
Pero mis manos suben. Mis dedos tocan la cremallera en mi espalda. Siento el frío del metal contra mi piel ardiente. Un silbido colectivo recorre la sala. El sonido de la cremallera bajando es ensordecedor en mi cabeza.
El vestido verde esmeralda resbala por mis hombros. Cae al suelo de madera, un charco de seda inútil.
Quedo expuesta. La luz del foco parece quemarme. Llevo un conjunto de lencería de encaje negro, sexy, provocativo. Un conjunto que mi madre me obligó a ponerme "por seguridad", mintiendo una vez más. El encaje es delicado, floral, abraza mis curvas de una manera que me hace sentir más desnuda que si no llevara nada. El sujetador push-up realza mi pecho, y la braguita de talle alto apenas oculta nada.
Los gritos se vuelven ensordecedores. Veo manos levantarse, billetes agitándose en el aire. Soy carne. Soy una mercancía subastada al mejor postor.
Las lágrimas vuelven a nublar mi vista. Mis manos, temblorosas, suben hacia el cierre delantero de mi sujetador de encaje. Mis dedos tocan el metal. Estoy a un segundo de perder la última pizca de dignidad que me queda. A un segundo de desnudarme por completo ante esta jauría de lobos.
Papá, perdóname.
Justo cuando mis dedos empiezan a hacer presión para abrir el cierre, justo cuando el mundo parece contener la respiración, un grito rompe la música.
—¡ALTO!
No es un grito de excitación. Es una orden. Una orden cargada de una autoridad tan absoluta que la música se detiene en seco. Los gritos mueren. El club queda en un silencio sepulcral, solo roto por mi respiración entrecortada.
Marco aparece en la tarima, pálido como un muerto. Los gorilas me sujetan de nuevo, cubriéndome toscamente con el vestido verde deshonrado. Me arrastran fuera del escenario, lejos del foco, lejos de las miradas. El público protesta, pero Marco les silencia con una mirada de puro terror dirigida hacia la zona VIP.
Me llevan de vuelta al cuarto de atrás, pero no me tiran al sofá. Me mantienen de pie, temblando en mi lencería de encaje y el vestido arrugado, frente a la puerta. Marco está temblando. Sus manos sudan.
—Él… él la quiere. Ahora —susurra Marco a los gorilas.
La puerta se abre. Pero esta vez no es Marco quien entra.
Un hombre se detiene en la puerta. No entra de inmediato. Simplemente me mira. Desde las sombras, puedo sentir sus ojos sobre mí. Son unos ojos fríos, calculadores, que me desnudan con una mirada más profunda que la del foco del escenario. Es una presencia abrumadora, una fuerza que llena la habitación y hace que el aire se vuelva aún más frío. Es un peligro diferente al de Marco. Es un peligro antiguo, letal.
El hombre de las sombras da un paso hacia adelante. Ahora puedo verlo mejor. Lleva un traje hecho a medida, negro como la noche, que grita poder y riqueza. Su cabello es oscuro y corto. Su rostro es angular, duro, tallado en piedra. No hay rastro de emoción en él. No hay lujuria, no hay piedad. Solo una fría indiferencia que da más miedo que cualquier amenaza.
Sus ojos gélidos se clavan en los míos, ignorando mi lencería, ignorando mi desnudez parcial. Me mira a la cara. Mira mis lágrimas.
En ese momento, entre el humo del club, entre el miedo y la desesperación, nuestros caminos se cruzan. Marco se inclina profundamente, casi tocando el suelo.
—Señor… Señor Moretti. Aquí está ella. Mía. Como… como pidió.
Marco tartamudea. El hombre no le mira. Su mirada sigue fija en mí.
Dante Moretti. El nombre resuena en mi mente drogada. He oído ese nombre. El Rey de la Mafia. El hombre que controla la ciudad con mano de hierro. El monstruo.
Él da otro paso hacia mí. Puedo oler su perfume. Almizcle, tabaco caro y algo más… el olor del poder absoluto. Se detiene a centímetros de mí. Su sombra me envuelve.
Y en sus ojos gélidos, en esos ojos que no conocen la piedad y que acaban de detener mi humillación pública, veo mi destino. No sé por qué me ha salvado. No sé qué quiere de mí. Pero sé, con una certeza que nace en lo más profundo de mi alma, que él es el Abismo. Y que yo acabo de ser vendida a él.
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