
Enamorarse del CEO
Bella Lakshmi · Completado · 136.4k Palabras
Introducción
Capítulo 1
—¡Sal de aquí ahora mismo, maldita sea!— el grito de John, mi jefe, hizo que todos se volvieran a mirarnos. —No puedo creer que sigas aquí.
—Pero...— quise replicar, pero otro grito furioso nos interrumpió.
—¡No hay peros que valgan, sal de mi vista, no quiero verte en mis instalaciones otra vez!
Su grito me hizo saltar en mi lugar mientras me giraba para mirar al hombre sentado en el suelo, cubriéndose la nariz que sangraba con uno de los trapos del camarero.
Tal vez lo golpeé demasiado fuerte. Pero se lo merecía, por intentar tocarme debajo de la falda.
—¡Quería tocarme!— intenté defenderme, sintiendo las lágrimas arder en mis ojos.
Todo era tan injusto, no era posible que me estuviera despidiendo solo por defenderme de un hombre borracho que quería tocarme sin mi consentimiento.
—Si no tienes dinero para mantenerte y te ganas la vida trabajando en un bar, lo mínimo que puedes hacer es aceptar la oferta y dejar que te toquen un poco— se burló y apreté las manos en puños, deseando golpearlo.
La gente volvía a arremolinarse a nuestro alrededor y ya varios de los clientes habían ayudado al borracho con la nariz rota.
—Eso no es justo, y si fuera tu hija, ¿vas a dejar que la toquen?
—¿Qué dices, estúpida?— rugió con la mano levantada, listo para abofetearme y todo lo que hice fue cerrar los ojos, esperando el golpe.
Curiosamente, el golpe nunca llegó.
Abrí un ojo y luego el otro, con los brazos a los lados de mi cuerpo sintiéndome pequeña y lo que vi frente a mí me hizo fruncir el ceño en confusión.
—¿Qué...?— balbuceé.
—No está bien golpear a tu empleada— un hombre alto, de cabello castaño y traje negro, sostenía la mano de mi jefe en el aire.
No, ya no era mi jefe, era una persona despiadada, dispuesta a golpearme solo por defender mi cuerpo.
John lo miró atónito antes de retirar su mano con un tirón y mostrar los dientes con furia.
—¿Qué te importa? ¿Ah?— gritó, pero retrocedió un paso, visiblemente intimidado por el hombre alto y pálido que se interponía entre nosotros.
No podía ver el rostro de mi defensor y al mismo tiempo podía ver poco de John.
—Esa tonta golpeó a uno de mis clientes. Es una grosera— me señaló, como alguien que regaña a un niño que solo sabe meterse en problemas y, al parecer recordar más de su enojo, intentó acercarse a mí y golpearme de nuevo.
Y una vez más, el hombre alto frente a mí lo detuvo, empujándolo fuera de mi alcance.
—La próxima vez que lo vea tratarla así, a ella o a cualquier otra mujer, haré que cierren este lugar inmundo— amenazó el hombre, su voz era profunda y gruesa, como si acabara de despertar.
Y sentí el deseo de saber cómo sería escuchar una voz así por la mañana. Pero esta era una situación seria, acababan de despedirme y un hombre alto y bien vestido me estaba defendiendo.
Así que aparté el pensamiento fugaz e inapropiado y fijé mi mirada al frente, aunque solo podía ver la espalda de mi defensor.
—¿Qué?! ¿Y quién te crees que eres, mocoso estúpido...?
—¡Jefe!— la voz de Luis, el camarero que había dado su pañuelo al hombre al que golpeé, tiró del hombro de John, acallando su insulto desagradable.
El chico se inclinó cerca de su oído y pareció decirle algo importante, ya que John abrió los ojos tan grandes que pensé que se le saldrían de las órbitas.
—No puede ser, es... es...— lo miré con el ceño fruncido mientras se inclinaba ante el hombre que estaba entre nosotros y que también me había defendido, como si hubiera visto a un policía... o a su esposa. Asombrado.
—Espero que algún día aprenda que no solo hay que ser amable con un cliente. Haré que venga una inspección— fue lo último que dijo el hombre alto antes de tomar mi mano y comenzar a caminar hacia la salida.
—No, por favor, señor... No, espere— escuché a John balbucear, mirando en nuestra dirección con una expresión horrorizada.
¿Qué acababa de pasar?
. . .
Salimos del bar y la fría noche me saludó mientras comenzaba a enfriar mis bragas.
Dios, ¿qué se suponía que debía hacer ahora? Jesús, estaba tan despedida.
Llevé ambas manos a mis brazos, mi uniforme era una falda y una camisa de botones con mangas cortas, así que no cubría nada en la noche helada.
—¿Cuál es tu nombre?— una voz masculina preguntó suavemente y me giré, casi con miedo, para enfrentar al hombre detrás de mí, solo para quedarme atónita.
Dios, ¿de qué revista de modelos había salido este hombre?
—Ah, yo...— comencé y él arqueó una ceja, esperando mi respuesta torpe.
Sus ojos eran de un marrón claro, casi color miel, y su cabello largo caía a ambos lados de su frente. Parecía suave y el aroma que emanaba de su cuerpo estaba alterando mis células cerebrales.
Dios, ¿de dónde había salido? Nunca, en mis cortos diecinueve años, había visto a alguien tan guapo como él.
Tal vez estaba alucinando por el shock repentino de que John quisiera golpearme... Y este hombre me había defendido.
Suspiré y apreté mis brazos con más fuerza.
Cuando me sacó del local, ni siquiera pude llevarme mi abrigo, por suerte eso era lo único que llevaba. No extrañaré ese abrigo, supongo, porque no volveré por él.
Así que qué.
Tal vez si no hubiera intervenido, tal vez, solo tal vez, todavía tendría mi trabajo.
¡No! ¿Quién quiere ese estúpido trabajo, con un jefe machista que piensa que las mujeres son juguetes de los hombres?
Exhalé profundamente y el vapor salió de mi boca, como un recordatorio de que ya no tenía una fuente de ingresos y que ni siquiera podría pagar la calefacción en casa.
—Gracias— hablé por primera vez y él me dio una mirada seria. Ahora que lo pensaba, era intimidante, con su postura erguida y su mirada seria.
Además de su ropa, estaba vestido con un traje y eso le daba un aire magnánimo... Alguien importante.
Por eso había empujado a John hacia atrás, quien podría vencerlo en masa muscular, ya que es gordo...
Pero el hombre frente a mí es musculoso sin ser exorbitante. Y no parece mucho mayor... ¿Unos veintitantos?
Aunque no pasó desapercibido que Luis dijo algo al oído de John y John pareció volver en sí al mirar a mi defensor.
¿Quién es este hombre?
—No debes permitir que nadie te toque sin tu consentimiento— dijo y su voz era como un toque de calidez en esta noche helada. —Hiciste bien en defenderte— continuó.
—Está bien— respondí e hice una reverencia a modo de agradecimiento. —Le agradezco mucho...
—¿Cuál es tu nombre?— preguntó por segunda vez y levanté la cara para mirarlo, encontrándome con esos bonitos ojos marrones.
—Hazel, señor. Pero mis amigos me llaman Hal— añadí como un dato innecesario.
—Mi nombre es Lee Rang Do— se presentó, cortésmente, y me quedé boquiabierta una vez más. Es coreano, no estaba segura de dónde eran sus rasgos. —Es un placer conocerte y lamento lo que pasó allí dentro.
—Oh, no, no, yo también lo siento— reí nerviosamente. Esto era embarazoso, más aún porque estaba segura de que si había venido en mi defensa, también debía haber visto lo que pasó con ese hombre. —Me siento avergonzada por todo lo que pasó— e hice otra reverencia a modo de disculpa, una vez leí que en Corea o en países asiáticos hacían esto como agradecimiento, saludo, despedida o, en mi caso, disculpa. —Discúlpeme...
Pero una mano bajo mi barbilla me hizo callar y lentamente sus dedos comenzaron a levantar mi rostro.
El toque de sus manos era delicado y, sobre todo, respetuoso.
—No bajes la cabeza, nunca. No está mal cuidar tu espacio personal, por favor deja de disculparte.
Y hizo lo impensable. Acompañó sus palabras con una breve sonrisa que me dejó sin aliento.
—Sí, señor...
—Por favor, llámame Rang Do o solo Rang.
—Está bien...— sonreí y llevé mis brazos hacia adelante para proteger mi pecho, hacía un frío terrible afuera y también lo haría en casa.
Oh, mamá.
—¿Dónde vives?— preguntó, sacando un celular de su bolsillo, y uno realmente caro, vaya, no podría permitirme algo así... —Te llevaré a casa...
Y fue como si me hubieran echado un balde de agua fría. ¿Casa? ¡No! No podía llevarlo allí, a mamá no le gustan los extraños y podría asustarse.
Además, hoy era mi día libre, pero quería venir a hacer horas extras. Tal vez no debería haber venido, romper la línea de tiempo me trajo consecuencias.
—¡No!— exclamé y él me miró con una ceja levantada, el teléfono ya en su oído. —No, no es necesario— negué rápidamente. —Puedo tomar un taxi— pero ¿qué estás diciendo, tonta Hal? Si ni siquiera tienes para eso, Dios. —Le agradezco mucho.
Puse una mano en mi pecho e hice otra reverencia.
—Deja de hacer reverencias— pidió con voz seria y me enderecé de inmediato, por Dios, estaba haciendo el ridículo.
—Lo siento— solté, aturdida.
—¡Taxi!— levantó la mano y su voz fuerte resonó en mi cabeza. Me estaba llamando un taxi... No, no, no, no, no tengo dinero para pagarlo.
Desde aquí podría caminar, es solo una hora de camino... Casi la medianoche. Oh, Dios mío.
—Señor, señor, por favor, no es necesario, de verdad que no es...— pero ya era demasiado tarde, un vehículo amarillo se estaba estacionando frente a nosotros.
Oh, mierda, ¿cómo iba a pagar eso?
—Sube— ordenó el hombre, no, más bien, Rang Do y abrió la puerta del taxi para mí, ganándose una mirada de miedo. No tengo dinero para un taxi, por Dios, un taxi era una semana de comida en casa. Simplemente no podía permitírmelo. —Es tarde— continuó y sacó una tarjeta de su billetera. —Por favor, llama a este número cuando llegues a casa.
Tragué saliva y miré al hombre en el taxi. Tomé la tarjeta que me ofrecía y caminé directamente hacia el vehículo. Me senté en el asiento trasero y luego metí las piernas.
Respiré hondo. Bueno, podría esperar a que el taxi avanzara una cuadra y luego bajarme y caminar a casa.
Sí, esa sería una buena idea...
—Por favor, llévela a casa a salvo— pidió el hombre que me había defendido, entregando al taxista unos billetes. Mi boca se abrió, mientras él volvía a mirarme. —No me debes nada— añadió, como si leyera mi mente. —Llega a casa segura.
—Gracias...— balbuceé, pero él no pudo oírme, ya que sacó su cuerpo del vehículo e inmediatamente el hombre arrancó el coche para ponerse en marcha.
Alejándome de esa persona amable que había tocado mi barbilla y me había pedido que no bajara la cabeza.
Giré mi cuerpo y miré por la ventana trasera, solo para verlo una última vez. Estaba de pie, observándonos alejarnos, con las manos en los bolsillos y la postura erguida.
Lo último que vi de él, antes de que el coche girara una esquina, fue a un hombre en traje corriendo hacia él.
. . .
—Hemos llegado— anunció el conductor del coche, sacándome de mi ensoñación, donde una mano gentil descansaba bajo mi barbilla...
—Oh, sí, gracias, muchas gracias— me apresuré a salir del coche y una vez afuera hice una reverencia al señor en el taxi, quien me miró como si me hubiera vuelto loca, antes de arrancar y alejarse.
Mis ojos se quedaron pegados al vehículo mientras se alejaba y suspiré. Aparentemente, esta era mi noche para hacer el ridículo.
Miré detrás de mí al edificio que se alzaba enorme, me sentía tan diminuta cada vez que lo veía desde afuera.
Y tal como esperaba, mamá me estaba esperando sentada en los escalones, con un hombro apoyado en el marco de la entrada. Sonreí y caminé hacia ella con calma.
Hacía frío y no debería estar sentada allí.
—¿Mamá?— me acerqué y toqué su hombro suavemente, no quería asustarla. —Mamá— intenté una vez más y ella comenzó a abrir los ojos.
Una sonrisa tiró de sus mejillas arrugadas al darse cuenta de que era yo quien la tocaba y le devolví la sonrisa con cariño. Mamá siempre alegraba mis días.
—Mi Hally— dijo alegremente y me senté a su lado en los escalones para que pudiera abrazarme. —¿Cómo estuvo el trabajo?
Su pregunta me hizo suspirar, siempre había odiado ese trabajo en el fondo, así que no sabía si estaba contenta o triste de que John me hubiera despedido.
—Oh, bien, pero ya no voy a trabajar allí— me encogí de hombros y comencé a levantarme, tengo que meterla adentro o se enfermará y eso no será bueno.
—¿Por qué no?— preguntó preocupada, tomando mi mano para levantarse.
Le dediqué una pequeña sonrisa, besé su mejilla y traté de parecer casual, no desesperada y con ganas de llorar dos días seguidos, como realmente me sentía.
Mamá no tolera bien las emociones fuertes, no ha podido hacerlo durante años. Su corazón es frágil.
—Quiero hacer otras cosas. Empiezo la universidad mañana, así que me dedicaré a mis estudios— y mientras tanto pensaré en dónde demonios voy a trabajar.
Dios, todo es tan difícil.
—Bueno, me alegra que estés haciendo algo diferente, cariño— las puertas del ascensor se abrieron, pero ya había gente dentro. —Oh.
—Todavía hay espacio para una persona— dijo la señora Inés, nuestra vecina, estaba acompañada por su esposo y dos hijos. El ascensor debió haber bajado antes de llevarlos.
—Esperaremos...— comenzó mamá.
Pero no, no podíamos. El ascensor no volvería a bajar, no estaba en las mejores condiciones, así que ese sería su último viaje antes de ser cerrado. Además, nunca haría subir a mamá veinte pisos por las escaleras.
—Mamá, tú sube— la agarré por los hombros y la empujé suavemente adentro, la gente en el ascensor hizo algo de espacio para ella.
—Pero, Hally...
—Olvidé buscar algo, mamá— mentí y toqué el botón para que las puertas se cerraran. —Espérame arriba.
—No, Hally...— y ya no pude escucharla más.
Bueno, haré algo de ejercicio.
Con un suspiro caminé hacia las escaleras y comencé a subir. Supongo que este día no podría empeorar.
—¿Qué se supone que debo hacer ahora? Todo es tan malo y difícil.
Y triste.
Y también injusto, ¿qué hice para tener que cargar con todo esto sola?
Por Dios.
Me detengo un momento para recuperar el aliento y eso es todo lo que necesito para explotar. Ya he subido cinco pisos cuando pego mi espalda a la pared y me dejo caer al suelo.
Mi pecho sube y baja y siento que estoy hiperventilando y el deseo de llorar me consume desde adentro. Es como si ardiera y ya no puedo evitarlo más.
Pongo una mano en mi cara y estallo en llanto, ¿qué voy a hacer? Mamá tiene una condición cardíaca desde hace dos años y la única solución es un trasplante, pero apenas puedo permitirme comprarle la medicina. O pagar el apartamento.
—¿Por qué tiene que ser así?— digo entre sollozos. —No es justo.
Y con las rodillas pegadas al pecho me permito llorar tanto como no he podido en mucho tiempo.
. . .
Abro los ojos con cansancio.
Están hinchados y duelen un poco. Anoche, mientras estaba en las escaleras, le envié un mensaje a mamá y le dije que tardaría un rato, que por favor se fuera a la cama.
Esperé un tiempo razonable hasta que sentí que estaba dormida. No quería que viera mi cara. No quería que se preocupara por nada.
Tan pronto como me acosté, tuve problemas para conciliar el sueño, así que solo me revolví en mi cama, tratando de encontrar una solución a mi vida. Como un millón de dólares en una maleta.
Tenía que encontrar dinero de alguna manera, incluso podría vender cosas en la calle... Pero ni siquiera tenía nada con qué invertir.
Gemí en voz alta y me metí la almohada en la cara.
—Miau— escuché a lo lejos y aparté la almohada, sonreí al ver a Oliver, mi gato, mirándome con confusión desde mi mesita de noche.
—Hola, gatito— me levanté sobre los codos y acaricié su cuello. —¿Vienes a darme una solución a mis problemas?— pregunté.
—Miau— insistió.
—O tal vez solo viniste porque tienes hambre.
—Miau.
Y no hice más que levantarme, tenía que ir a la universidad y también pensar en algún trabajo.
No vi a mamá por ningún lado, así que probablemente estaba dormida, eran las seis de la mañana.
Alimenté a Oliver, comí un poco de pan con mermelada, me di un baño y me lavé el cabello.
Si surgían entrevistas, entonces tenía que verme presentable.
—¿Qué te parece?— le pregunté a Oliver, mientras me miraba en el espejo, hoy era mi primer día de universidad, estudiaría administración de empresas y me sentía optimista. Al menos eso era lo que me quedaba, mis estudios... Hasta que tuviera que dejarlos. —¿Te gusta?
—Miau.
—Sí, creo que es demasiado formal también— bajé los hombros y volví a cambiarme. Una falda tubo desgastada y un blazer eran demasiado para el primer día.
Aunque Danna, mi mejor amiga, que por cierto, estudiará lo mismo que yo, a menudo dice que tengo bonitas piernas.
—¡Ja!— me burlé frente al espejo. —Bonitas piernas, ¿de qué me sirve eso? Además, los hombres son todos morbosos y viejos verdes... Dios. No quiero las manos de nadie sobre mí, no...— sacudí la cabeza frenéticamente. —Aunque...
E instintivamente volvió a mi mente, o tal vez nunca se fue. El hombre de la noche anterior...
—Lee Rang Do— probé su nombre en mis labios. También fue la razón por la que estuve despierta gran parte de la noche. No podía sacarlo de mi cabeza. —Sus manos no me molestarían en mi... ¡No! ¡Ah! ¿Pero qué estás diciendo, Hally? ¡Eres una pervertida!
Me recriminé a mí misma.
—Un hombre como él nunca se fijaría en mí. ¡Mírame!— me señalé mientras miraba a Oliver.
—Miau.
—Probablemente nunca lo vuelva a ver. Además, no parecía ser de por aquí... Y no tengo nada que ofrecerle, Oliver.
—Miau.
—Solo tengo deudas, una virginidad intacta y una madre enferma de la que tengo que cuidar. Así que lo segundo que me queda lo guardaré hasta que muera, no tengo tiempo para buscar pareja.
—O podrías venderla...— susurró mi cabeza.
¿Vender mi... cuerpo?
—¡MIAU!
Y una risa seca salió de mí.
—Dios, y mírame, hablando con mi cabeza y un gato— me reí y negué mientras me acercaba para tomar a Oliver en mis brazos y acariciarlo antes de que sonara el timbre del apartamento. —¿Qué, quién podría ser?
Fruncí el ceño. Es temprano para una visita y nunca recibimos visitas, incluso si no es temprano. La única persona que suele venir es Danna y estoy segura de que aún está dormida.
Caminé hacia la puerta con Oliver en mis brazos y la abrí.
—¿Sí?— un hombre alto con traje y cabello peinado meticulosamente me miraba. Parecía un ejecutivo. —¿Puedo ayudarlo?
—Hazel Mason— dijo.
—Sí, soy yo...— respondí con reserva, intimidada por su mirada seria y su postura demasiado erguida para ser normal, me recordaba a...
—Esto es tuyo— extendió una bolsa que no había notado que llevaba y fruncí más el ceño, ¿quién demonios es él?
—Oye, eso no es mío. No pedí nada y...
—Es tuyo— insiste y extiende la bolsa aún más en mi dirección. —Por favor, tómala.
Miro de él a la bolsa y una vez más mi mente viaja a ese lugar en la noche y unas manos bajo mi barbilla.
Me recuerda a Lee Rang. Y ese traje... Sí. Es el mismo hombre que se acercó a Lee Rang cuando el coche dobló la esquina.
¿Qué está haciendo aquí?
Agarré la bolsa y la abrí. Es una bolsa de regalo como las que dan en los centros comerciales cuando compras ropa.
Dentro está mi abrigo. ¡Mi abrigo! El que dejé en el bar de John.
¿Cómo llegó aquí? A mi casa. ¿Cómo llegó aquí?
—¿Por qué tienes esto?— sostuve la bolsa contra mi pecho junto con Oliver y él estiró su pata para intentar comprobar si lo que había dentro era comida.
—El señor Lee Rang lo envió para ti.
—¿Qué?— respondí atónita. —¿Cómo?
—Y también te envió un mensaje— continuó el hombre, luciendo como un ejecutivo. ¿Era el hombre que me había defendido alguien importante? ¿Pero cuán importante? —Dice "Gracias por llamar".
Fruncí el ceño ante sus palabras.
—¿Llamar?— y luego recordé. —La tarjeta que me dio.
El hombre frente a mí solo asintió.
Vaya, a pesar de que no pude dejar de pensar en ese hombre durante toda la noche, olvidé por completo lo que me había dado.
Bueno, supongo que estaba ocupada subiendo veinte pisos interminables y calurosos.
—Oh, bueno, muchas gracias— le dije al hombre y él solo hizo una reverencia y lo imité, todavía con Oliver en mis brazos, quien seguía intentando meter su pata en la bolsa.
—Eso es todo. Espero que tenga un buen día, señorita— y sin más, comenzó a caminar hacia el ascensor.
Lee Rang me había enviado mi abrigo y también había estado esperando mi llamada... Oh, dios, no.
Sacudí la cabeza rápidamente y salí al pasillo con el abrigo y Oliver apretados contra mi pecho, directamente hacia el hombre que había traído el único abrigo que tengo, a mi casa.
—Espera— llamé y él se giró para mirarme, erguido y atento.
—¿Sí, señorita?
—¿Podrías enviarle un mensaje a tu jefe?
—Por supuesto— respondió cortésmente.
—Dile...— ¿qué podría decirle? —Que realmente aprecio que se haya tomado la molestia de devolverme el único abrigo que tengo— reí nerviosamente. —No, no le digas eso— pedí y aclaré mi garganta. —Dile gracias por todo. Y que espero verlo de nuevo algún día e invitarle un café— soy pobre, pero al menos puedo permitirme eso. —Por favor.
—Lo haré, señorita.
—Muchas gracias— y recibí una reverencia antes de que el ascensor abriera sus puertas y él se deslizara dentro.
. . .
—¿Y te despidió?!— exclamó Danna indignada, poniéndose de pie, alertando a la mitad de la cafetería. Tiré de la manga de su suéter para que se sentara de nuevo y me miró disculpándose.
—Sí, lo hizo. Y por favor, no hables tan alto.
—Lo siento— se disculpó. —Pero es que es increíble lo cavernícolas que son los hombres. Y además ese viejo gordo, ¿qué más hiciste?
—Le rompí la nariz al hombre que quería meter su mano bajo mi falda— dije a regañadientes, dejándome caer en mi asiento.
—Esa es mi chica. Estoy orgullosa— me elogió y luego estalló en carcajadas. Sí, esa es mi Danna.
—Debo conseguir un trabajo y pronto. Los medicamentos de mamá no se compran solos.
—¿Tu hermano sigue insistiendo en no ayudar?
Asentí y ella hizo una mueca de odio. Desde que Kadin, mi hermano mayor, se fue a trabajar al extranjero, se olvidó de nosotras. Su excusa es que ya no vive en casa.
—Bueno, no lo necesitamos. Te ayudaré a conseguir un trabajo— sonrió y me acerqué para abrazarla. —Podemos empezar con Go Empress.
—¿Go qué?— pregunté y Danna solo puso los ojos en blanco.
—Por Dios, nunca prestas atención a lo que digo.
—Solo a veces.
—Go Empress— repitió. —El dueño es de Corea, Seúl. La empresa también se fundó aquí hace un año y como van a expandirse, necesitan trabajadores con o sin experiencia. Podemos intentarlo. Además, él posee la mitad de Seúl y muchas de las empresas en esta región, aparte de Go, estará aquí por un tiempo para ver cómo se desarrollan las cosas. Creo que se instaló hace una semana. Eso no me queda muy claro.
—¿Cómo te enteras de todo eso?
—Camila es reportera— se encogió de hombros. Camila es su hermana mayor. —Oh, y lo más interesante es que hoy va a...
—Hola, Romanos— Ian, un chico pálido de cabello oscuro, se sienta junto a Danna y la abraza por los hombros, a lo que ella lo aparta con una bofetada.
—No me llames por mi apellido.
—Sí, sí, porque no te gusta— Ian pone los ojos en blanco. Ian va a la misma clase que nosotros, nos conocemos desde la secundaria. Es bastante estudioso y está eternamente enamorado de mi amiga.
Pero ella parece no notarlo. O simplemente lo ignora.
—Sí, sí— Danna lo abofetea de nuevo y mira su reloj. —Deberíamos irnos ya.
Los tres nos levantamos y caminamos hacia la primera clase. Es martes, pero es el día de apertura y lo más probable es que den algún discurso.
Llegamos al aula y los tres tomamos asiento en la tercera fila, ni muy lejos ni muy cerca del profesor.
Danna e Ian comienzan una discusión sobre el apellido de mi amiga mientras yo solo saco cosas de mi bolsa.
—Oh, lo que iba a decirte, Hal— Danna me llama y le presto atención, pero lo que creo que es el profesor de la primera clase irrumpe en el aula y todos se ponen de pie.
Alguien más entra, pero sin prestarle atención, vuelvo mi atención a Danna.
—El dueño de las empresas Go vendrá a dar un discurso de inauguración, ya que también financiará esta universidad.
—Queridos nuevos estudiantes, por favor den la bienvenida al presidente de Go Empress.
Y cuando dirijo mi mirada al estrado, mi boca se seca.
El aire abandona mis pulmones y siento que podría desmayarme en cualquier momento al verlo caminar con esa postura erguida y mirada seria.
Y esta vez su cabello no cae sobre su frente y se ve mucho más imponente.
—Oh, mierda...
—El señor Lee Rang Do.
Siento a Danna chillar a mi lado y yo solo tengo la boca abierta.
Él... Él está aquí.
. . .
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EL PRECIO DE TU AMOR
Han pasado 6 largos años desde que Anaelise dejó Durango, y esos mismos en que jamás pudo superarla.
Muy preocupado por el alejamiento que Andrew está profesando sobre su familia, su padre, Jarol White, interviene en su vida involucrando a una chica que parece inofensiva. Jarol hace un trato ofreciéndole dinero para poder seguir con sus pasantías en medicina, y ante la desesperación, Natali, sucumbe a negociar con el hombre mayor, decidida a utilizar todos sus encantos para que Andrew se olvide de su pasado.
¿Cuánto le costará a Natali el amor de Andrew? Y ¿cuál será el precio de su amor?












