
La obsesión del mafioso italiano
Nicoll Mercado · Completado · 112.7k Palabras
Introducción
Entre la calidez de su apartamento y la frialdad de los engaños, ambos se sumergen en una atracción peligrosa. A medida que los muros se elevan, la obsesión de Vicenzo se torna una maldición.
¿Podrá Karina escapar de las garras de su oscuro pasado, o sucumbirá a la seducción de un mafioso obsesionado?
Capítulo 1
Hoy hace mucho frío. Actualmente, estoy en camino a la tienda en busca de alimentos para mi despensa vacía y un delicioso chocolate caliente, ya que soy adicta a él.
—Son veinte dólares —me informa el tendero al entregarme las bolsas. Con dinero en mano, le agradezco y salgo de nuevo, sosteniendo una sombrilla para protegerme de la tormenta de nieve que sigue cayendo.
—¡Mgm! —detengo mis pasos, asustada por un quejido que acabo de escuchar. Aprieto con fuerza el asa de la bolsa y me giro hacia el lugar de donde provienen los gemidos.
Mirando alrededor, solo veo nieve cayendo, pero al enfocarme en los contenedores de basura, cubiertos también de nieve, distingo una silueta extraña.
—¿Hola? —me acerco lentamente, observando una figura humana en cuclillas en la esquina de los contenedores —¿Estás bien?
Dejo la bolsa en el suelo por un momento y me acerco sigilosamente. Podría estar corriendo en una situación así, ya que no sé si esta persona es peligrosa, pero aquí estoy, de buen corazón, inclinándome hacia la silueta que sigue jadeando.
—Oye, ¿te encuentras bien? —pregunto de nuevo. Esta vez, alza la cabeza, revelando un rostro masculino magullado.
Es un hombre cubierto de nieve, con heridas en el rostro y rastros de sangre en la nieve, indicando otra lesión.
—La tormenta está intensa, y los pronósticos no son optimistas —comento, captando su atención, aunque solo asiente con la cabeza —¿Debería llamar a la policía? Estás herido y no parece estar en buena condición. Podrías morir aquí afuera con este frío.
A pesar de mis intentos, no obtengo respuesta al hablarle. Sin embargo, al levantar la cabeza, sus ojos fríos, frágiles y vacíos me miran sin emociones. Es lo que veo ahora. ¿Estaré en peligro? Debería seguir mi camino y dejarlo aquí, pero...
—¿Dónde vive? ¿Es un vagabundo o algo así? —insisto en el interrogatorio —¿Me escucha? No tengo toda la noche.
Maldición, no logro obtener ninguna respuesta. Su silencio me obliga a buscar algún teléfono o contacto entre sus ropas. Aunque invado su espacio personal, no quiero un cadáver cerca de mi edificio.
—Detente —me habla, haciéndome caer en la nieve por su voz ronca y repentina.
—¿Puede hablar? —pregunto, evidentemente de manera tonta —Dígame dónde vive o me veré obligada a llamar a la policía.
Baja la cabeza sin darme respuesta. "Parece un cadáver".
Suspirando y renuente a continuar con esta absurda insistencia, me levanto, tomo mi sombrilla de nuevo y recojo la bolsa que dejé en el suelo.
El hombre sigue jadeando, no sé si es por el frío o porque está herido, pero ambas cosas son cruciales para morir aquí afuera.
—Oiga —le hablo una vez más —¿Puede levantarse? Lo llevaré conmigo.
Sí, está mal. No debería recoger a un extraño de la calle, especialmente con el peligro que acecha últimamente en esta colonia. Sin embargo, no puedo simplemente irme a mi apartamento, comer y dormir tan tranquilamente después de encontrar a una persona moribunda en la calle que necesita ayuda urgente. Además, está nevando fuertemente, y pronto morirá si permanece aquí.
«Un poco de humanidad, Karina, solo un poco».
Con todas las fuerzas que tengo, ayudo a levantar al hombre del suelo. Suelta un quejido en el proceso, pero luego se apoya en mí y avanzamos hundiendo los pies en la espesa nieve. Es más grande de lo que aparenta, no lo puedo ver claramente por su mal estado, pero es demasiado alto. Me siento como una pulga. ¿Estaré haciendo lo correcto? No lo sé, pero ya está hecho.
Llegamos a mi edificio, entramos y tomamos el ascensor que nos lleva al quinto piso, donde está mi apartamento. Con dificultad, avanzo por el pasillo hasta que finalmente encuentro mi puerta. Ingreso la tarjeta y esta se abre. Lo primero que cae al piso es el hombre herido cuando estamos adentro.
—Oiga, ¿puede oírme? —lo sacudo, manteniéndolo despierto —¿Ya se murió?.
Por su quejido deduzco que no. Así que me apresuro al baño y lleno la tina de agua tibia para combatir el frío, busco una toalla seca y luego salgo en busca del sujeto, que sigue inerte recostado en la pared.
—Su colaboración no estaría de más —comento, tomándolo con mis débiles fuerzas nuevamente —¿Puede moverse? Necesito que se dé una ducha con agua tibia; la hipotermia es peligrosa.
—Puedo hacerlo —su voz ronca me sacude de nuevo.
—Entonces, lo dejaré en el baño; lo demás queda a su disposición —le indico. Pasando su mano por mi hombro, lo encamino hasta el baño, y después de dejarlo adentro, salgo y cierro la puerta.
«Nada más falta que lo bañe también».
Sé que no está bien lo que estoy haciendo, porque hay varias variables negativas en esta situación. Uno: puede ser peligroso, ¿y si me hace algo? Dos: no sé quién ni por qué lo dejaron de esa manera tan deprimente, herido y casi muerto. Y tres: podría ser algún indigente malherido de la calle que no tuvo a dónde ir. Pero eso lo averiguaré después.
—¡Joder! —suelto una maldición al escuchar un golpe provenir del baño.
Me apresuro a entrar para encontrarme con el hombre al lado de la tina, desnudo y con rastros de sangre manchando el piso.
—¿¡Está bien!? —corro hacia él, ayudándolo a mantenerse firme —Oiga, diga algo, no se muera en mi baño.
—Frío...—balbucea casi en un susurro —mucho...
—Le ayudaré —me ofrezco, tomando un recipiente del lavabo para lavarlo con el agua tibia de la tina, pero me detengo al ver su cuerpo desnudo; sin embargo, no es eso lo que me distrae, sino la herida hecha, al parecer, con un objeto punzante en su abdomen que sigue sangrando.
—Date prisa...—murmura débilmente, sacándome de mi shock mental.
—Oh, sí —reacciono, comenzando a echarle agua cuidadosamente, pero a este paso tardaré toda la noche en terminar —. Lo lamento, pero esta es la forma más rápida.
Tomo la regadera, me enderezo y empiezo a rociar el agua sobre él, quien al sentir la presión, hace una mueca de dolor.
—Arde —se queja —detente.
—Solo un poco más —le pido, lavando su cuerpo golpeado y lleno de sangre con una mano, mientras que con la otra sostengo la regadera.
Me distrae un poco la figura de su cuerpo. Está muy tonificado como para ser un indigente, y sus facciones me gritan a pulmón que tuvo una buena vida, solo que está maltratado. Además, tiene tatuajes en varias partes de su cuerpo, como en los brazos, pecho y espalda.
«Creo que cometí un error al traerlo».
—Ya es suficiente con esto—dictamino, terminando con el baño —espere aquí un momento, traeré algo de ropa.
Lo dejo un poco más débil de lo normal en el piso del baño. Salgo y rebusco en el clóset algo que sea de su talla. Anteriormente, mi ex novio venía aquí según a visitarme y terminábamos en la cama, así que debe de haber alguna prenda por aquí.
Logro hallar un pantalón de tela que él usaba para dormir y una playera negra. Eso será suficiente, aunque dudo que sea de su talla. Ese hombre se ve mucho más grande.
—¿Sigue vivo? —entro al baño con la ropa y sostengo una toalla —encontré algo de ropa, así que lo dejo cambiarse.
—Bien —musita.
Antes de salir, me detengo y lo miro.
—Es aconsejable que no se ponga la playera aún, hay que tratar esa herida —concluyo y cierro la puerta.
La ropa que traía puesta era una camisa negra y un pantalón negro también, además de zapatos caros. No parece ser de la calle; su aspecto tampoco sugiere eso.
¿Debería llamar a la policía? No creo que sea una buena idea en plena tormenta de nieve, y mucho menos cuando él está herido. Podrían involucrarme a mí en eso.
Meto la ropa del hombre en la lavadora y pongo los zapatos a secar mientras él sale del baño. Al darme cuenta de eso, saco las compras que hice y llevo el paraguas a una esquina de la sala. Acomodo todo y luego pongo a hervir el chocolate caliente.
Realizo varias tareas, como cambiarme de ropa, buscar el botiquín de primeros auxilios, terminar de hacer el chocolate, pero el hombre sigue sin salir del baño. Ya era suficiente verlo desnudo; incluso ahora, lo pienso con más claridad y me da vergüenza.
—Oh —diviso la figura frente a mí. Alta, sin camisa, aún con gotas de agua deslizándose por su torso desnudo, y con algunas partes moradas y verdes por los golpes, sin mencionar esa herida que aún sangra —. Creo que le ha quedado un poco estrecha la ropa, es lo que tenía por el momento. Mañana podrá usar la que tenían antes, la puse a secar.
—Gracias —me dice, con el cabello goteando todavía.
—Es hora de tratar su herida —le digo —tome asiento en el sofá un momento.
Hace lo que le digo, se sienta en el sofá mientras yo saco alcohol, algodón y unas vendas del botiquín.
—Dolerá un poco —le aviso, antes de llevar el algodón húmedo a la herida del abdomen.
Es un corte, pero por suerte no es tan profundo. Quizás deje cicatriz. Hace una mueca mientras lo trato, pero permanece quieto. Finalmente, termino de desinfectar y le pongo una venda para que no siga sangrando.
—Creo que estará bien con eso —comento, para luego posar mis ojos en su rostro golpeado —¿Quiere que le ayude con su cara también? No tiene buen aspecto.
Asiente con la cabeza sin gesticular palabras. Lo determino por un breve momento, maquinando en mi cabeza cómo se vería su rostro sin golpes. Ahora se ve guapo; me lo imagino sin esos moretones. Mirándolo más de cerca, noto el color de sus ojos. Azules oscuros. ¿Será un tipo de modelo perdido que fue asaltado? Si es así, no quiero estar involucrada; ya he tenido suficiente en el pasado.
—Quédese quieto por un momento —señalo, sentándome más cerca a su lado, y con mi mano extendida empiezo a limpiar lentamente sus heridas.
Es un poco incómodo que me esté mirando detenidamente mientras lo hago. Ahora que lo analizo mejor, no se ve como un hombre indefenso, más bien es todo lo contrario.
—Ya está hecho —culmino, terminando de untarle un poco de crema para los moretones.
No me dice nada, solo me observa en silencio mientras recojo las cosas dentro del botiquín, y me alejo para guardarlo.
—¿Desea tomar chocolate caliente? Hice un poco, le servirá para el frío —le ofrezco, rebuscando una taza en la cocina —¿Sí o no?.
—Sí.
Sirvo el chocolate y se lo entrego, ahora mirándolo con la camiseta que antes era de mi ex. Me traen recuerdos buenos y también desagradables.
—¿Desea comer algo?.
—Sí, no te importa.
—Es bastante bueno con las palabras después de todo —comento, dándole la espalda y sirviendo la sopa que había cocinado mucho antes de salir de compras —¿Se siente mejor ahora?.
—Supongo.
Es de pocas palabras, pero aún así su voz se escucha débil.
—Gracias —lo escucho decir —por todo.
—No fue nada —sigo en la cocina moviendo los platos y cubiertos de un lugar a otro —. Fue un acto natural de humanidad ante una persona que necesitaba ayuda, eso es todo.
Pensándolo bien, ¿Qué haré después con este hombre? ¿Tendrá a dónde ir?.
—Listo —dejo el plato de sopa en la mesa de centro —está caliente todavía, tómelo con calma. Y si no es de su gusto, lo entiendo, no soy experta cocinando.
—¿Aceptas a cualquier extraño en tu casa tan deliberadamente?.
—¿Cómo? —lo miro confusa.
—No sabes quién soy —me estremezco con esa mirada tan profunda y fría —¿No tienes miedo de que te haga algo?.
Trago grueso, cortando el contacto visual.
—Por el momento no aparenta ser alguien peligroso —musito, no muy convencida de mis propias palabras —¿O acaso sí lo es? Aunque si lo fuera, no creo que sea tan desagradecido como para atacarme después de que le salvé la vida. Y si me pregunta por qué lo metí a mi apartamento siendo un total extraño, es porque no nací con un corazón tan duro que lo iba a dejar morir ahí afuera en medio de la tormenta de nieve, ¿Bien?.
—Vicenzo.
—¿Qué?.
—Me llamo Vicenzo—repite.
—Ah, Vicenzo...—pronuncio suave —¿Eres italiano?.
—Sí.
—Yo soy-...—me corto, mirándolo fijamente, reconsiderando mi torpeza de darle mi verdadero nombre —. Soy Kira, puede llamarme así.
—Kira —acaricia el nombre con su acento —. Te debo la vida, Kira.
No supe qué responder, porque ahora no se ve tan vulnerable como antes, más bien su aspecto moribundo ha cambiado. ¿Quién será y de dónde viene en realidad?.
Estaba a punto de decirle algo más antes de seguir comiendo, pero en ese instante, el timbre de la puerta sonó. Me disculpé con él antes de dirigirme a la misma y abrirla, para encontrarme con la última persona que deseaba ver en este momento. Con otro hombre hospedado aquí, conociendo esos celos suyos, se armará un escándalo si lo ve.
—¿Qué haces aquí? —le puse mala cara.
—Vine a verte —trató de acercarse, pero me alejé.
—¿Para qué? —cuestioné cortante.
—Vamos, cariño, sabes que te extraño —tomó mi mano y puso esa cara lastimera de nuevo —¿No podemos solo hablar? He venido con esta tormenta solo para verte.
—No te pedí que lo hicieras.
—Kari-...—antes de que terminara de decir mi nombre, le puse una mano en la boca y salí con él al pasillo cerrando la puerta del apartamento a mis espaldas. Primero, porque no quiero que vea a Vicenzo y segundo, porque no quiero que ese extraño sepa mi verdadero nombre. Tengo que ser cautelosa por ahora.
—¿Qué crees que haces al venir hasta aquí? Ya te he dejado las cosas claras, deja el acoso constante conmigo, no va a funcionar —espeté irritada —¿Por qué no vas con Angelina? Ella te dará lo que necesites en la cama.
—Karina, sabes que ella no me gusta, te necesito a ti, todo lo que pasó fue un error que no volverá a ocurrir, te lo juro.
—Claro que no volverá a ocurrir, porque no volveré contigo. Así que lárgate de mi apartamento, no quiero volver a verte.
Hice un ademán de entrar de nuevo, pero me sostuvo la muñeca con fuerza, entorpeciendo mi paso.
—Karina, enserio quiero que esto funcione de nuevo —esta vez me abraza contra la pared, rodeando todo mi cuerpo con sus brazos —¿Sabes cuánto he sufrido estos últimos meses? Por favor vuelve, volvamos a ser como antes, y sigamos con los preparativos de la boda.
Sonrío amargamente, cerrando los ojos por unos breves segundos para luego empujarlo lejos de mí tanto como pueda.
—¿Preparativos de boda? —lo miro con desdén —no seas tan cínico y descarado, Vladimir. Eso era antes de que te metieras en las piernas de Angelina, ve con ella y dile que se case contigo, que soporte la basura que eres, porque yo contigo no vuelvo nunca.
—¡Angelina no es nada para mí!.
—¡Y tú tampoco lo eres para mí, así que vete y déjame en paz!.
Le cierro la puerta en la cara escuchando sus maldiciones del otro lado, y sus gritos diciendo que va a recuperarme a como dé lugar. Golpea la puerta con fuerza hasta que se cansa y se va. Suelto un suspiro angustioso para luego encontrarme con unos ojos azules que me miran con reproche mientras deja los trastes en el lavabo después de terminar de cenar.
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