
Soy la amante de mi cuñada el Don Morreti
Mara Pinal · En curso · 31.0k Palabras
Introducción
Luca Morretti es el Don de la mafia más poderosa. Se derrite solo por una mujer: Carla García, hermosa, noble y la perfecta representación de la Donna ideal… y letal.
Una noche, al entrar en la habitación de su novia, ella lo rechaza. Sale por la ventana y cruza al balcón de Mila García, la media hermana de Carla. La encuentra masturbándose en la cama.
El hombre observa cómo la desechada y considerada fea de la familia disfruta del placer hasta que de su boca sale un nombre… el suyo.
Aquella imagen no se le sale de la cabeza. Y le da la idea perfecta para su plan de venganza cuando descubre que Carla lo engaña con su primo.
Capítulo 1
*Capítulo 1
Luca Morretti no era un hombre que se permitiera debilidades. A los treinta y dos años ya había heredado el imperio de su padre y lo había expandido con una brutalidad que aún hacía temblar a los viejos capos de la costa este. Era el Don. El que decidía quién vivía y quién desaparecía sin dejar rastro.
Nadie, absolutamente nadie, creía que algo o alguien pudiera doblegarlo.
Excepto ella.
Carla García.
Hija única del mejor amigo de toda la vida de su padre, la mujer que desde los dieciocho años había ocupado un lugar prohibido dentro de su pecho. Carla era la Donna perfecta: educada, elegante, letal con una sonrisa y, sobre todo, intocable. Dos días. Solo faltaban dos días para que se convirtiera oficialmente en su esposa.
Esa noche Luca no llegó como invitado.
Apagó las luces del coche a dos cuadras de la mansión García y avanzó a pie por la oscuridad. Conocía la propiedad mejor que muchos de los hombres que la custodiaban. Evitó la entrada principal, rodeó el muro este y escaló por la misma enredadera que años atrás usaba para visitarla en secreto. Saltó al balcón del segundo piso sin hacer ruido, abrió con cuidado la ventana que daba al pasillo de servicio y se deslizó dentro de la casa.
Nadie lo vio.
Caminó en silencio por el corredor de la planta alta hasta la habitación de Carla. Abrió la puerta y entró.
Carla estaba sentada frente al tocador, quitándose los pendientes. Al verlo reflejado en el espejo, se sobresaltó y se giró de inmediato.
—Luca… ¿Qué haces aquí? Mi padre se puede enojar si te ve aquí.
Él cerró la puerta con cuidado y se acercó. Sacó un brazalete del bolsillo interior de la chaqueta
—Quería dártelo antes de la boda —dijo con voz baja, casi ronca—. Y recordarte que eres lo más importante que me ha pasado. Más que el negocio. Más que mi apellido. Más que todo.
Carla lo miró con ternura. Él le abrochó el brazalete en la muñeca derecha y luego tomó su mano, llevándola a sus labios.
La besó.
Primero con suavidad, después con más hambre. Sus manos subieron por los costados de ella, sintiendo la seda y debajo la piel tibia. Carla intentó apartarse un poco, pero él la atrajo contra su cuerpo.
—Luca… —susurró ella, apoyando las manos en su pecho.
—Desde hace meses me tienes así —admitió él contra su boca—. Cada vez que te veo en esos vestidos, cada vez que me besas … me dejas caliente durante horas. —Tomó la mano de ella y la bajó hasta la entrepierna, presionándola contra la erección dura que marcaba el pantalón —. En dos días seremos esposos. No creo que pase nada si…
Carla negó con la cabeza, aunque su respiración se había acelerado y sus dedos, traicioneros, se cerraron un segundo alrededor de él a través de la tela.
—También te deseo. Dios sabe que sí. Pero hicimos una promesa, Luca. Los dos. Yo debo llegar virgen al altar. Mi padre… él confía en eso. En mí. Por favor, espera.
Luca cerró los ojos y suspiró. Apoyó la frente contra la de ella y la besó una vez más.
—Por amor a ti esperaré —murmuró—. Aunque me esté matando.
Se separó con esfuerzo. El reloj de la mesita de noche marcaba casi la una de la madrugada. Si el padre de Carla lo encontraba allí a esa hora, no habría boda. Don Vittorio García era un hombre de costumbres antiguas, de códigos de honor que aún pesaban más que el dinero o el poder. Un solo rumor de que el futuro yerno había entrado de noche a la habitación de su hija bastaría para que cancelara todo y declarara la guerra.
Luca se dirigió a la ventana de la habitación de Carla. La abrió de par en par. A la derecha, a apenas un metro y medio de distancia, se encontraba la ventana de la habitación contigua. Esa tenía un pequeño balcón de hierro forjado. Si se estiraba, podía alcanzar la baranda, pasar y bajar por allí con más discreción.
—Voy a salir por aquí —dijo en voz baja—. No quiero problemas con tu padre.
Carla asintió, todavía sonrojada, y se quedó de pie junto a la cama mientras él se deslizaba.
Luca aferró la baranda del balcón vecino, se impulsó y aterrizó en silencio sobre las baldosas frías. La cortina de gasa se movía ligeramente con la brisa. Empujó un poco más y entró.
Y entonces el mundo se detuvo.
La habitación era más pequeña y menos lujosa que la de Carla. Una sola lámpara de mesa iluminaba con luz cálida y tenue. Sobre la cama individual, de espaldas a la ventana, una mujer cabalgaba una almohada con absoluta entrega.
Mila García.
La media hermana de Carla.
Luca se quedó paralizado en la penumbra, con la mano todavía en el marco de la puerta. No hizo ningún sonido. Solo miró.
Mila no era la sombra que todos despreciaban. Era hermosa. Su cuerpo tenía curvas femeninas: pechos grandes que se movían al ritmo de sus caderas, apretaba la almohada con fuerza.
Llevaba solo una camiseta vieja que se le había subido hasta debajo de los pechos, dejando al descubierto el vientre plano y el comienzo de su intimidad. Cada movimiento era sensual, lleno de placer. Se frotaba contra la almohada con un ritmo constante, arqueando la espalda, jadeando en voz baja, disfrutando de cada roce como si estuviera montando a un amante real.
Luca la conocía, por supuesto. Todo el mundo en la familia la conocía. Mila era la hija ilegítima de Don Vittorio con una de sus amantes de hace años.
Cuando la madre murió, el viejo no tuvo más remedio que recogerla. La trajo a la mansión a los catorce años y desde entonces vivía en esa habitación secundaria, como una sombra permanente.
Carla la detestaba. Decía que Mila le hacía la vida imposible, que la miraba con envidia, que intentaba sabotearla en cada oportunidad. Luca, por su parte, había intervenido más de una vez. La había castigado con palabras duras, con amenazas, incluso con un par de órdenes para que se mantuviera lejos de su prometida. Para él, Mila siempre había sido la desechada. La que sobraba.
Hasta esa noche.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. La misma erección que había reprimido minutos antes con Carla volvió con más fuerza. Observó cómo Mila arqueaba la espalda con deleite, cómo una de sus manos se deslizaba bajo la camiseta para apretarse un pecho, cómo la otra se aferraba a la sábana. El ritmo de sus caderas se aceleró y un leve gemido de placer escapó de sus labios.
Luca, todavía de pie junto a la ventana entreabierta solo escondido detrás de la cortina, desabrochó el pantalón con dedos torpes y sacó su polla. Estaba dura, pesada, y el aire frío de la noche le provocó un escalofrío.
Empezó a tocarse.
Despacio al principio, solo para aliviar la presión, pero pronto el movimiento se volvió más firme, más sucio. Sus ojos no se apartaban de la escena. Veía el brillo de la humedad en los muslos de Mila, el temblor de su abdomen, la expresión de éxtasis en su rostro hermoso.
Cada embestida de ella contra la almohada se sentía como si estuviera montándolo a él.
El placer subió rápido, demasiado rápido. Luca apretó los dientes y aceleró la mano. Estaba a punto de correrse cuando escuchó la voz de ella, ahogada de placer:
—Luca… Siiii, Luca…
El nombre salió de su boca como una confesión.
Luca se vino en el mismo instante. El orgasmo lo golpeo, manchándole la mano y parte de la camisa. Tuvo que apoyarse en el marco de la ventana para no hacer ruido. Delante de él, Mila también llegó al clímax. Su cuerpo se tensó, las caderas dieron un último temblor profundo y un gemido largo mientras se derrumbaba sobre la almohada, temblando de placer.
Durante varios segundos solo se escuchó la respiración agitada de ambos.
Ella se fue corriendo al baño casi de inmediato, huyendo de su placer. Pero la imagen se le quedó grabada a Luca no en la cabeza.
La desechada. La media hermana a la que había ignorado y castigado durante años. La misma que, en la oscuridad de su habitación, se frotaba contra una almohada con un cuerpo hermoso y un placer descarado, gritando su nombre.
Logro salir de la casa aún atontado por lo que paso, Luca caminó hacia su coche con la sangre.
Por primera vez en mucho tiempo, la cuñada desechada le parecía interesante.
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