
Venganza bajo contrato, la esposa de lombardo
Maria Guanipa · En curso · 105.5k Palabras
Introducción
Destrozada y buscando escapar de la humillación, Elena termina en los brazos del hombre que Julián más desprecia en este mundo: Dante Lombardo.
Dante y Julián comparten una historia de odio manchada de sangre y rivalidad extrema. Dante es la sombra que persigue los negocios de Julián y el único hombre al que este no puede vencer. Al ver a Elena vulnerable, Dante ve la oportunidad perfecta para una venganza maestra: arrebatarle a Julián lo único que le queda de valor.
Dante le ofrece un pacto letal. Un matrimonio falso, una alianza pública y un contrato que le otorgará a Elena el poder de destruir a Julián desde las sombras. A cambio, ella debe ser la "Señora Lombardo" ante los ojos de todos, viviendo bajo el mismo techo que el enemigo más peligroso de su ex.
Las peleas no tardan en estallar. Julián, consumido por los celos y la rabia de ver a su mujer al lado de su peor enemigo, intentará recuperarla por la fuerza. Pero Dante Lombardo no cede lo que le pertenece. Entre enfrentamientos públicos, amenazas cruzadas y una tensión sexual que quema, Elena descubrirá que estar casada con "el diablo" es mucho más adictivo de lo que imaginaba.
¿Es el contrato una vía de escape, o Elena ha caído en una trampa donde el placer y el odio son inseparables?
Capítulo 1
El vestido de seda blanca me pesaba una tonelada. Me miré al espejo del salón VIP del hotel, retocándome el labial rojo mientras intentaba ignorar que las manos me temblaban. En una hora, el ensayo de la boda terminaría y mañana sería, oficialmente, la "Señora de Julián Vargas". El sueño que creí querer toda mi vida.
O eso pensaba, hasta que escuché esas risas ahogadas en el pasillo de servicio.
—Cuidado, Julián… si alguien nos ve… —Esa voz. Aguda, fingida. Mi hermana, Lucrecia.
—Nadie va a venir, amor. Elena está afuera posando para las fotos como la muñeca que es —la voz de Julián, mi prometido, sonaba llena de un desprecio que me heló la sangre—. No tiene idea de que, en cuanto firme el acta matrimonial, sus acciones en la constructora serán mías. Me quedaré con todo y a ella la mandaré a la casa de campo para que no estorbe mientras nosotros disfrutamos de su dinero.
El mundo se detuvo. Sentí un golpe seco en el pecho que me dejó sin aire. No era solo que me estuviera engañando con mi propia sangre; era la frialdad con la que planeaban mi ruina. Mi propia hermana y el hombre al que le había regalado los últimos cinco años de mi vida.
Me asomé por la rendija de la puerta. Los vi. Él la tenía contra la pared, con una urgencia que me dio náuseas, metiendo las manos debajo de su falda mientras Lucrecia reía, un sonido que se me clavó como un insulto directo en la cara. No grité. No lloré. Sentí algo mucho más peligroso: un frío que me recorrió toda la espalda y congeló mis lágrimas, convirtiéndolas en puro granizo.
Salí de allí antes de que me vieran. Necesitaba aire. O quizás, necesitaba un milagro.
Bajé por la escalera de incendios hacia el estacionamiento privado del subsuelo, donde el aire era pesado, oliendo a cemento y combustible. Y allí, apoyado en un deportivo negro impecable que parecía absorber la poca luz del lugar, estaba él.
Dante Lombardo.
Dante era el hombre que Julián mencionaba cada vez que tenía una pesadilla de negocios; el rival que le ganaba todas las licitaciones en la frontera. Esa noche, Dante se veía casi irreal. Llevaba un traje a medida de un color gris tan oscuro que rozaba el negro, ajustado perfectamente a sus hombros anchos y su figura atlética. No llevaba corbata; los primeros botones de su camisa blanca estaban abiertos, revelando el inicio de una piel bronceada y dándole un aire de elegancia relajada, pero letal. Su rostro era de facciones duras, con una mandíbula marcada y unos ojos oscuros que no miraban, sino que devoraban. No era solo guapo; tenía esa clase de atractivo peligroso que te hace dar un paso atrás por puro instinto de supervivencia.
Fumaba con una calma que me dio envidia.
—La novia parece que vio algo que no debía —su voz fue una vibración profunda, un barítono bajo que me recorrió el cuerpo entero—. O quizás finalmente abrió los ojos a la inmundicia en la que planeaba meterse.
Me detuve a pocos metros. Tenía la rabia quemándome la garganta.
—¿Qué haces aquí, Lombardo? Es un evento privado. Mi familia reservó todo el maldito hotel.
Él soltó el humo lentamente, observándome con una intensidad que no me permitió apartar la mirada. Sus ojos me recorrieron con una calma descarada, analizando la palidez de mi rostro, el labial rojo ligeramente corrido, y el temblor que intentaba ocultar apretando los puños sobre la seda blanca.
—Vine a ver el desastre, Elena. Sé que Julián es un idiota, pero no pensé que fuera tan estúpido como para cambiar un diamante por una imitación barata de mercadillo como tu hermana.
—¿Lo... lo sabías? —pregunté, y la maldita voz se me cortó, quedando apenas en un hilo.
—Lo sé todo —Dante apagó el cigarrillo contra el capó del auto, un gesto lento que denotaba que no le importaba arruinar la pintura, y caminó hacia mí. Sus movimientos eran seguros, pesados, como los de un depredador que sabe que es el dueño absoluto del territorio—. Sé que quiere las acciones de tu padre. Sé que tiene deudas de juego y desfalcos que solo tu apellido puede limpiar en la junta directiva. Si mañana entras a esa iglesia, Elena, te vas a hundir con él. Y te aseguro que Julián no te dejará salir a flote.
El espacio se redujo. De pronto, me invadió su perfume; olía a algo sumamente caro, a madera ahumada, tabaco y cuero. Era una presencia física que me asfixiaba y me atraía al mismo tiempo.
—¿Andas espiando a mis espaldas? ¿Por qué me dices esto ahora? —apreté los dientes, intentando no flaquear ante su tamaño.
—Porque detesto a los idiotas con suerte. Y porque quiero ver a Julián perder lo único que cree que tiene seguro en esta vida: a ti —Dante se detuvo a un palmo de mí, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada—. Hablemos claro, Castillo. Tú quieres cobrarte lo que te acaban de hacer allá arriba. Quieres verlos sangrar sin derramar una lágrima. Y yo quiero borrar a la dinastía Vargas del mapa financiero. Casémonos.
Me reí, un sonido agudo nacido del puro nerviosismo, pero la risa se me congeló en los labios al ver la absoluta seriedad de sus ojos de obsidiana. No había burla en él. Había un cálculo milimétrico.
—¿Casarme contigo? Eres su peor enemigo. Te odia más que a la muerte misma.
—Exacto —una sonrisa pequeña, casi arrogante y cargada de una malicia infinita, apareció en sus labios—. Imagina su rostro mañana cuando entre a la iglesia y el altar esté vacío. Imagina su maldita cara cuando sepa que el contrato de boda se canceló porque ya eres la mujer de Dante Lombardo. Un contrato de un año, Elena. Te doy el respaldo militar y financiero para que recuperes el control total de la constructora y los mejores abogados de la capital para que aplastes a Julián legalmente. A cambio, solo quiero el placer de ver cómo se descompone cada vez que te vea del brazo conmigo.
Miré hacia la puerta de la escalera de incendios. Arriba estaba la mentira, la humillación, la ruina de mi vida. Abajo, el diablo me ofrecía un arma cargada. Mi cabeza comenzó a maquinar la caída de Julián con una velocidad que no sabía que poseía.
En ese preciso momento, la puerta metálica del estacionamiento se abrió con un estruendo violento. Julián salió al andén, con el esmoquin del ensayo desordenado y el rostro encendido de ira.
—¡Elena! ¿Qué carajo haces aquí abajo hablando con este infeliz? —gritó, avanzando hacia nosotros con la prepotencia de quien se cree dueño de la propiedad—. ¡Te estuve buscando por todas partes! Entra ahora mismo, la prensa está llegando para las fotos de la recepción previa.
Dante ni siquiera parpadeó. Con una lentitud insultante que desató la furia de Julián, dio un paso al frente. Su agarre fue inmediato, posesivo y dominante. Antes de que pudiera reaccionar, me tomó firmemente de la cintura, pegando mi cuerpo cubierto de seda blanca contra la dureza de su traje gris. Su mano, grande y cálida, se enterró en la parte baja de mi espalda, sujetándome con una fuerza implacable que me obligó a arquearme hacia él. No era un abrazo protector; era una declaración pública de propiedad. Un escudo que se sentía como una jaula.
—Cuidado con el tono, Vargas —soltó Dante, y su voz bajó un par de octavas, saliendo con una frialdad tan cortante que hizo que Julián se detuviera en seco a dos metros de nosotros—. Estás levantándole la voz a la mujer equivocada.
El silencio en el sótano se volvió denso, asfixiante. El rostro de Julián pasó del enojo a un desconcierto absoluto, perdiendo el color de golpe, como si le hubieran vaciado las venas con un solo golpe en el estómago. Miró la mano de Dante en mi cintura y luego mis ojos.
—¿De qué estás hablando, Lombardo? Elena, muévete de ahí. Deja de jugar.
Miré a Julián y la náusea del pasillo se transformó en un asco soberano y frío. Luego miré hacia arriba, hacia Dante, cuyo rostro implacable estaba a centímetros del mío, esperando mi veredicto. Sentí el poder de su cuerpo, la promesa de la destrucción que cargaba en su apellido. El diablo me estaba abriendo las puertas de su infierno privado, y yo estaba más que lista para quemar el mundo de Julián en él.
—No estoy jugando, Julián —dije, y mi voz sonó tan firme que me sorprendió—. Acepto el trato, Dante. Sácame de aquí.
Julián dio un paso adelante, ciego de rabia, estirando la mano para jalarme del brazo.
—¡Tú no vas a ningún lado, maldita perra! ¡Tenemos un contrato firmado con tu padre!
Pero Dante fue más rápido. Sin soltarme de la cintura, levantó su mano libre y detuvo el brazo de Julián a mitad del aire, apretándole la muñeca con una fuerza que hizo crujir los huesos del prometido. Los ojos de Dante brillaron con una luz asesina.
—Vuelve a rozar su vestido, Vargas, y la próxima vez que veas tus barcos en el puerto, estarán ardiendo en el fondo del mar —siseó Dante, empujándolo hacia atrás con un desprecio absoluto—. La boda de mañana queda cancelada. Elena viene conmigo.
Dante me arrastró hacia la puerta del copiloto de su deportivo, abriéndola sin dejar de vigilar a Julián, quien se sostenía la muñeca herida, pálido y temblando de furia en medio del estacionamiento. Subí al auto, mi vestido blanco arrugándose contra el cuero negro del asiento. Dante rodeó el capó, subió al lugar del conductor y encendió el motor con un rugido que hizo vibrar las paredes de concreto.
Mientras salíamos a toda velocidad hacia la avenida principal, dejando atrás los gritos mudos de Julián por el retrovisor, miré mis manos. Seguían temblando, pero ya no era de miedo. Era por la descarga de adrenalina de saber que acababa de escapar de una ejecución para subirme al auto del verdugo.
—Bienvenida a mi mundo, Sra. Lombardo —dijo Dante, acelerando a fondo en medio de la noche lluviosa de la ciudad—. Mañana a primera hora firmamos el contrato real. Espero que tengas el estómago fuerte, porque yo no sé jugar limpio.
Giré la cabeza hacia la ventana, viendo las luces de la ciudad desdibujarse bajo el agua, sabiendo que la guerra apenas comenzaba y que me había aliado con el monstruo más grande de todos.
Últimos capítulos
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Última actualización: 8/26/2026
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«Disculpe, señora, ¿esto forma parte de las preguntas de la entrevista?» Extiendo furor de ira. Ella todavía me sonríe, pero eso ya no me interesa. Leonardo se sorprende de mi descaro y es entonces cuando nuestras miradas se encuentran. Trago un trago mientras aplaudo su apariencia dentro de mi cabeza.
Es la primera vez que lo miro bien hoy. No es un modelo masculino, pero debería serlo. El cabello exuberante y dorado que arregla con tanto cuidado tiene una calidad ondulante. Sus ojos azules como los de un río marino se iluminaban con pasión.
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Advertencia: incluye contenido delictivo
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Valentina Cruz es la mejor copiloto que nadie quiere contratar. En un mundo dominado por hombres, su talento táctico está desperdiciado en ligas menores, hasta que una deuda familiar amenazante la obliga a aceptar un trato con el diablo. Y el diablo tiene nombre: Ares Thorne.
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