
24 centímetros de placer
Axel Palacios · Completado · 110.9k Palabras
Introducción
Pero entonces chocó con alguien. Un muro de músculo, traje caro, y mirada que desviste. Leo. El tipo que no pregunta, ordena. Que no mira, devora. Y que está a punto de convertir su caos en deseo.
Ella no buscaba amor. Ni sexo. Ni salvación. Pero el calor entre las piernas no entiende razones.
Ahora trabaja en su casa. Vive en su cabeza. Y empieza a preguntarse qué se siente cuando alguien te toca sin querer hacerte daño.
¿Podrá Lina resistirse a ese hombre que huele a peligro y sabe a pecado? ¿O va a abrir las piernas antes que el corazón?
Porque una cosa está clara:
Él no vino a rescatarla. Vino a hacerla suya con sus 24 centímetros entre las piernas.
Capítulo 1
LINA
Tiré lo primero que encontré al fondo de la mochila. No había tiempo para pensar en combinaciones ni en orden. Sabía que le quedaban pocos minutos para volver, y si nos encontraba ahí, todo se iba al carajo.
Metí el maquillaje, la cartera y luego empecé a buscar lo de Mia. Dormía profundamente, ajena a la tensión que me reventaba el pecho.
Maldición. Cinco minutos. Miré el reloj.
La cargué con cuidado, traté de no despertarla y salí a toda prisa por la puerta. Ni miré atrás. Solo quería alejarme. Respiré hondo cuando crucé la calle. Cada paso que daba lejos de esa casa me sabía a libertad.
No tenía plan, solo tenía claro que no podía quedarme. Pensé en pedirle ayuda a alguien, pero, ¿a quién? Las pocas personas que conocía ya me habían cerrado la puerta antes.
—¡¿Pero qué pasa?! —escuché una voz masculina que me erizó la piel. Giré instintivamente. Era él. Mi padre. Se frotaba la frente, como si se hubiera dado un golpe.
¿Por qué estaba tan temprano por aquí?
No esperé a averiguarlo. Apreté el paso. Mia pesaba más de lo que recordaba, pero el miedo empujaba mis piernas más que cualquier músculo.
Claro que tropecé. Era obvio. Pisé mal, choqué con un cubo de basura, y el estruendo delatador me dejó expuesta.
—¿¡Lina!? ¿Qué rayos estás haciendo con esas bolsas? —gritó al verme.
Me vio con Mia en brazos. Entendió todo al instante.
Corrió. O lo intentó. Su estado: mitad borracho, mitad fuera de forma fue lo único que me dio ventaja. Seguí huyendo con todo lo que tenía.
Doblé la esquina y no vi lo que tenía delante. Fue como estrellarme contra un muro. Literal.
Reboté hacia atrás y vi manchas de sangre en la pared. Me llevé la mano a la cabeza, aturdida.
—¿Estás bien? —preguntó una voz profunda, masculina, detrás de mí.
Me giré bruscamente, perdí el equilibrio, y él me sostuvo. Unos brazos grandes, firmes, seguros. Levanté la vista y me encontré con unos ojos oscuros que me paralizaron.
Alto. Atractivo. Imponente. Parecía salido de una película, y ahí estaba, mirándome como si no entendiera nada.
—¿Estás bien? —repitió, esta vez más suave.
Asentí sin pensar, con la mente aún flotando. Pero el grito de mi padre rompió el momento.
—¡LINA!
Me tensé. Intenté soltarme del desconocido, pero él me sujetó, protector.
Mi padre llegó jadeando, inhalador en mano. Se me lanzó encima y me agarró el brazo con fuerza, con esa rabia que ya conocía demasiado bien.
—¿Adónde crees que vas, mocosa? —escupió, con los ojos inyectados de furia.
Estaba a punto de rendirme, de decirle que volvía, de suplicar… pero el tipo que me había atrapado al chocar se interpuso entre nosotros. Lo apartó como si no pesara nada y se puso delante de mí.
—Aléjate de ella —ordenó con una voz que te ponía nerviosa.
—¿Quién mierd… eres tú? —gruñó mi padre, tratando de hacerse el valiente, aunque tenía que alzar la vista para hablarle.
—No voy a repetirlo —dijo el hombre—. Lárgate.
Y lo hizo. Mi padre reculó, tropezando con sus propios pies, y desapareció.
Yo me quedé allí, temblando, mientras el extraño me miraba.
—Gracias… No tenías que hacerlo —dije bajito.
Él solo hizo un gesto con la cabeza y señaló un coche estacionado cerca, de esos que sabes que no podrías pagar ni en diez años.
—¿Adónde vas? Puedo acercarte.
Me quedé callada. No sabía si mentir o decirle la verdad: que no tenía idea de a dónde ir. Que estaba sola, con mi hermanita dormida en brazos, escapando de un infierno que había durado toda mi vida.
—Nos vamos a quedar con alguien —le dije sin pensar, jugueteando con un mechón de pelo. Siempre hago eso cuando miento.
Él me miró con una ceja levantada. No dijo nada, pero se notaba que no me creía del todo.
—Sí, estamos bien. Gracias por todo, pero deberíamos seguir —añadí, intentando sonar firme. En realidad, solo quería salir de allí antes de que me viniera abajo. Di un paso para irme, pero él me sujetó con cuidado por la muñeca.
—Toma esto —me dijo, entregándome una tarjeta. Su número. Lo guardé en el bolsillo con una mezcla de incomodidad y alivio. Aunque sabía que no lo llamaría. El orgullo me iba a ganar.
—En serio. Si necesitas algo… lo que sea, llámame, ¿vale?
Asentí. Me di la vuelta y empecé a caminar. Escuché su coche alejarse. No me había dado cuenta de que estaba conteniendo el aire hasta que por fin lo solté.
—Tengo frío, pita —dijo Mia, medio dormida.
Ese apodo. Siempre me derretía cuando lo decía así. Saqué un suéter viejo de la mochila y se lo puse encima.
—Ya casi llegamos, mi amor.
Caminamos. No había taxis, ni amigos, ni nadie a quien recurrir. Solo mis piernas, una mochila, y mi niña dormida en brazos. El motel más cercano estaba a casi una hora a pie, pero era lo único que nos podíamos permitir. Los hoteles estaban fuera de mi alcance, como tantas otras cosas.
Cuando llegamos, el lugar era… deprimente. El cartel parpadeaba, las paredes tenían manchas oscuras, y una de las ventanas del primer piso estaba rota y cubierta con cartón. Aún así, pagué por dos noches.
En la habitación, Mia dijo que tenía hambre. Pedí algo rápido, pasta. Llegó tarde, fría y con un olor que me hizo fruncir el ceño. La salsa intentaba tapar lo que claramente era moho. Di un bocado por si estaba exagerando, pero lo escupí al instante.
Revisé la mochila. Dos chocolatinas. No era lo ideal, pero era todo lo que tenía.
—Toma —le dije, entregándoselas.
—¿Y tú, pita?
—Comí antes. No te preocupes, tengo más si me da hambre —mentí con una sonrisa. Mi estómago rugía, pero ya estaba acostumbrada. No había probado bocado desde ayer, cuando mi padre me dejó sin comer por negarme a ir a comprarle cigarrillos con el poco dinero que nos quedaba.
Arropé a Mia con todo lo que encontré. Ropa, mantas, lo que fuera para mantenerla caliente. Ella se durmió rápido. Yo me dejé caer al suelo, junto a la cama. Apoyé la frente en las rodillas, tratando de calmar mi cabeza. Pero las imágenes no paraban de volver.
Ayer subí a ver cómo estaba Mia. Papá había dicho que la acostaría. Pero escuché sollozos. Al abrir la puerta…
Él estaba encima de ella, con una almohada sobre su cara.
—Te dije que te callaras, maldita mocosa —gruñía.
—¡Papá! —grité.
Se giró hacia mí, soltó la almohada y caminó hacia mí, con esa mirada llena de odio.
—Haz que se calle… o la callo yo —escupió antes de irse.
Me derrumbé. Nunca me imaginé que le haría eso a Mia. Aguanté años de golpes, insultos, amenazas… pero ella… ella era solo una niña. Una niña que confiaba en mí.
Y le había fallado.
Sentí las lágrimas subir. Me tapé la boca, no quería hacer ruido. No quería que Mia me viera así. Pero lloré. Por ella. Por mí. Por todo.
El teléfono vibró.
Mensaje de Clara:
Sé que es tarde y no hablamos hace mucho… pero feliz cumple.
Miré la fecha. 1 de diciembre.
Ni me había acordado.
La última vez que hablé con Clara fue cuando se mudó a Australia. Éramos inseparables. Después de que se fue, me quedé sola.
Esa noche lloré como no lo hacía desde niña.
Lloré por la chica que siempre fingía estar bien. Por la que daba consejos a otros para no rendirse, mientras se hundía cada día. Lloré por esa versión de mí que solo quería sentirse amada y protegida alguna vez.
Me abracé a mí misma, en el suelo frío de una habitación barata, mientras mi hermana dormía a mi lado. No hice ruido. No quería que nadie supiera cuánto dolía.
Si esto es lo que me espera… no estoy segura de querer seguir.
Pero bueno… así celebré mi día de cumple.
Últimos capítulos
#98 Capítulo 98 Epílogo: La declaración
Última actualización: 6/30/2026#97 Capítulo 97 Doloroso adiós
Última actualización: 6/30/2026#96 Capítulo 96 Duro corazón
Última actualización: 6/30/2026#95 Capítulo 95 Hermosa conexión
Última actualización: 6/30/2026#94 Capítulo 94 Abre tus ojos
Última actualización: 6/30/2026#93 Capítulo 93 Mi pequeño valiente
Última actualización: 6/30/2026#92 Capítulo 92 La unión hace la fuerza
Última actualización: 6/30/2026#91 Capítulo 91 Todo es sangre
Última actualización: 6/30/2026#90 Capítulo 90 El día del parto se aproxima
Última actualización: 6/30/2026#89 Capítulo 89 Entre miedos y esperanzas
Última actualización: 6/30/2026
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