
Belcebú
julis.escritora · En curso · 64.4k Palabras
Introducción
Carolain Jones lo tenía todo: belleza, poder y un matrimonio que creía perfecto. Hasta la noche de su tercer aniversario, cuando encontró a su esposo Daniel follándose a su hermana menor, Clara, en su propia cama. Traicionada por su sangre y por el hombre que amaba desde niña, Carolain exigió el divorcio. Lo que no imaginó fue que Daniel y Clara pagarían un millón de dólares a Belcebú, el sicario más letal de la mafia coreana, para silenciarla para siempre.
Pero Park Seung-joon, más conocido como Belcebú, nunca completó el encargo.
Una sola mirada a la mujer que era su objetivo fue suficiente para desatar en él una obsesión primitiva y peligrosa. En lugar de matarla, la drogó, la secuestró y la encerró en su fortaleza oculta en medio del bosque. Allí, lejos del mundo que la traicionó, Seung-joon comienza a quebrarla… uniendo los trozos de lo que una vez fue para reconstruirla a su manera.
Entre cadenas, oscuridad y un deseo violento, Carolain descubre que el miedo puede convertirse en adicción y que el monstruo que la mantiene prisionera es el único que la ha visto de verdad. Él es cruel, posesivo y brutal. Ella es inteligente, rota y cada vez más dependiente.
Lo que empieza como venganza y cautiverio se transforma en un amor tóxico, obsesivo y adictivo, donde el placer duele tanto como el dolor complace. Porque en la oscuridad, Carolain aprenderá una verdad peligrosa:
"A veces, la jaula más aterradora es la única en la que realmente quieres quedarte."
Capítulo 1
Carolain
El corazón le latía tan fuerte que casi ahogaba el sonido de sus tacones contra el piso del pasillo.
Había cancelado la reunión en Londres solo para esto: sorprender a Daniel en su tercer aniversario de bodas. Llevaba semanas sintiendo que algo se rompía entre ellos, pero se repetía que era el estrés, que él trabajaba demasiado, que ella también lo hacía. No había ningún motivo oculto tras el distanciamiento de su relación, solo exceso de trabajo y todas las parejas pasaban por pruebas. Por eso había comprado la lencería negra de encaje que ahora llevaba bajo su largo abrigo, y la botella de champagne que había enfriado en la pequeña nevera del auto.
Abrió la puerta del penthouse con la llave electrónica, intentando no hacer demasiado ruido. Quería encontrarlo en la sala, quizás con una copa en la mano, y lanzarse a sus brazos como cuando eran adolescentes. Quería volver a sentir algo cuando estaba a su lado.
Pero su esposo no estaba en la sala como ella esperaba. Solo ropa regada por el piso, y de pronto...
Los gemidos llegaban desde el dormitorio principal. Bajos, entrecortados, suaves y femeninos.
Carolain se quedó paralizada en el umbral del pasillo. Una parte de ella ya lo sabía. Otra parte rogaba que fuera una película, o que fuera una maldita pesadilla.
Empujó la puerta entreabierta.
Lo que vio se le clavó en la retina, dejándola paralizada en su sitio. Una traición siempre dolía, pero esta, dolía más que cualquiera.
Daniel estaba encima de Clara. Su hermana pequeña. La misma que había crecido bajo el mismo techo, la que la llamaba “hermanita” con cariño fingido. Clara tenía las piernas abiertas alrededor de la cintura de su marido, las uñas clavadas en la espalda bronceada de él, gimiendo su nombre como si llevara años haciéndolo.
—Joder, Clara… tan apretada… —gruñó Daniel, embistiéndola con fuerza.
Carolain sintió que el mundo se inclinaba bajo sus pies. El abrigo se le resbaló de los hombros y la botella de champagne cayó al suelo con un sonido sordo.
Daniel levantó la cabeza de golpe. Sus ojos azules se abrieron con pánico.
—Carolain… —balbuceó, saliendo de Clara tan rápido que casi se cae de la cama—. No es lo que parece, amor, yo…
Clara ni siquiera tuvo la decencia de cubrirse del todo. Se incorporó sobre los codos, el cabello cobrizo revuelto, una sonrisa pequeña y triunfal curvándole los labios manchados de labial corrido.
Carolain sintió náuseas.
—No me llames amor —dijo con voz sorprendentemente firme—. Nunca más.
—Escúchame, por favor. Fue un error. Ella… ella me sedujo. Yo estaba borracho, cansado…
—Llevas follándotela desde hace meses, ¿verdad? —lo interrumpió Carolain. Su mirada pasó de él a Clara—. O años. Desde que éramos adolescentes. Ahora entiendo por qué Clara hacía tanto escándalo cada vez que salíamos.
Ninguno de los dos lo negó.
El silencio fue peor que cualquier excusa que pudieran decir.
Carolain se quitó el anillo de matrimonio con dedos temblorosos y lo lanzó sobre la cama, cayendo entre los cuerpos sudorosos.
—Quiero el divorcio. Mañana mismo mis abogados se pondrán en contacto contigo. Y te juro, Daniel, que si intentas quedarte con un solo centavo de lo que es mío, te voy a destruir.
Dio media vuelta y salió del dormitorio sin mirar atrás. No lloró. Todavía no lo haría, no frente a ellos. El dolor era tan grande que ni siquiera encontraba las lágrimas en ese momento.
Solo quería salir de allí. Lejos de esa cama. Lejos de esa traición que olía a sexo y a mentiras.
Seung-joon (Belcebú)
El dinero ya estaba contado sobre la mesa de la suite del hotel. Un millón de dólares en billetes usados, tal como habían acordado por mensajes.
Daniel Araneda sudaba como un cerdo a pesar del aire acondicionado. A su lado, la pelirroja —Clara— lo miraba con ojos fríos y calculadores.
—Quiero que sea rápido y limpio —dijo Daniel, empujando el maletín hacia él—. Esta misma noche, si es posible. Antes de que hable con su padre o con los abogados.
Seung-joon no contestó de inmediato. Abrió el sobre que le entregaron y sacó las fotos del interior.
La primera imagen le golpeó como un puñetazo en el estómago, por un instante olvidó como respirar.
Una mujer rubia platino, cabello largo y liso, ojos grises, de mirada intensa, labios rosados ligeramente entreabiertos. Cara de muñeca, pero con una expresión que decía que no era frágil. Cuerpo voluptuoso envuelto en un traje de diseñador que no lograba ocultar sus llamativas curvas.
Carolain Jones.
Algo se removió dentro de él. Algo primitivo. Oscuro. Hambriento.
Nunca había sentido nada parecido al ver una fotografía. Ni con las decenas de objetivos que había eliminado antes. Esta mujer… irradiaba algo que le pertenecía. Aunque todavía no lo supiera.
—Ella es peligrosa —continuó Daniel, nervioso ante el silencio de Seung-joon—. Si no la matas rápido, va a arruinarme. Arruinarnos.
Seung-joon levantó lentamente la mirada. Sus ojos negros, fríos como el hielo, se clavaron en Daniel con una intensidad que hizo que el hombre retrocediera un paso.
—Un millón —repitió Belcebú con voz grave y baja, casi un ronroneo letal—. Y la información completa: direcciones, rutinas, contactos de seguridad. Quiero saberlo todo.
Clara sonrió con malicia.
—Todo está ahí. Fotos recientes, horarios, hasta el código de la alarma del penthouse.
Seung-joon guardó las fotos con cuidado, como si fueran algo sagrado. Se levantó. Medía casi un metro noventa, hombros anchos, cuerpo atlético, entrenado para matar. La cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda le daba un aspecto aún más peligroso bajo la luz tenue.
—Considérese viudo —dijo secamente.
Pero mientras salía de la suite, la imagen de Carolain no se le borraba de la mente. Su rostro había quedado grabado a fuego en su memoria.
Esa noche la encontró en un bar exclusivo del centro, sentada sola en la barra. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba cada curva, el cabello rubio platino suelto sobre la espalda. Bebía whisky puro, los ojos grises perdidos en el vacío. Parecía una reina destronada intentando no derrumbarse.
Seung-joon se quedó en las sombras, observándola.
Podía matarla ahora. Un pinchazo discreto con el veneno que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta. Nadie se daría cuenta hasta dentro de horas.
Pero no se movió. Simplemente no pudo.
En cambio, sintió cómo su polla se endurecía solo con mirarla. Cómo su instinto de cazador se transformaba en algo mucho más posesivo.
Esa mujer no iba a morir esta noche.
No iba a morir nunca.
Porque desde el momento en que sus ojos se posaron en ella, Carolain Jones dejó de ser un objetivo.
Ahora era suya. Ella le pertenecía.
Se acercó lentamente, como un depredador que ya había decidido el destino de su presa. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se inclinó sobre la barra, su voz grave y acentuada susurrando cerca de su oído:
—Parece que alguien te rompió el corazón esta noche, muñeca.
Carolain levantó la mirada. Por un segundo, algo peligroso brilló en esos ojos grises.
—No estoy de humor para compañía —respondió con indiferencia.
Seung-joon sonrió. Una sonrisa lenta, oscura, sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Qué lástima. Porque yo sí estoy de humor para ti.
Antes de que ella pudiera reaccionar, sintió el pinchazo casi imperceptible en su cuello. Un sedante rápido y potente.
Los ojos de Carolain se abrieron con sorpresa y luego se nublaron.
Seung-joon la sostuvo contra su pecho cuando su cuerpo se aflojó, como si estuviera abrazando a su pareja que bebió de más, nada extraño para las personas que estaban en el bar.
—Tranquila, princesa —murmuró contra su cabello rubio, inhalando su olor cítrico entremezclado con algo más caro—. De ahora en adelante, nadie más va a hacerte daño.
Excepto yo...
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