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Confundí a mi Jefe con un Gigoló

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Celeste Godoy · En curso · 106.2k Palabras

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Introducción

Diez años de amor terminaron en la traición más cruel. James la usó para vaciar la empresa de su padre y dejarla en la ruina, confesando que cada beso le causaba asco. Destrozada, Oriana Miers huye a Las Vegas para borrar el pasado con una noche de pecado. Elige al "Gigoló 15" en una aplicación y se entrega a una pasión oscura que no deja rastro en su memoria al despertar. A la mañana siguiente ella se va dejando una propina y un mensaje burlón: «Excelente servicio, Gigoló 15».
Pero no hubo ningún gigoló. El hombre era Adrián Harrison, el CEO más frío e inaccesible del mundo.
Meses después, Oriana entra a una entrevista de trabajo en Nueva York, reiniciando así su vida nuevamente. Al encontrarse con su nuevo jefe, ella no reconoce los ojos que la devoraron en la oscuridad de aquella suite. Para ella, él es solo un extraño autoritario y que está muy fuera de su alcance; pero para él, ella es la mujer que lo usó y lo desechó dejando una "generosa propina". Ante la amnesia de Oriana, Adrián responde con una indiferencia glacial y cruel, decidido a hacerle recordar —de la manera más implacable— quién es el hombre que ahora es dueño de su destino.

Capítulo 1

Oriana

Cerré los ojos y aspiré el aroma del perfume caro que inundaba nuestra habitación. Diez años. Se dice que todo pasa rápido, pero para mí es una vida entera. Había pasado de ser una adolescente ilusionada a una mujer que creía haber encontrado su puerto seguro en James. Hoy celebrábamos nuestra década juntos y, según los rumores que mis amigas habían filtrado, él finalmente me pediría matrimonio.

Me miré al espejo una última vez. El vestido de seda roja se ajustaba a mis curvas, haciéndome sentir poderosa, aunque por dentro solo era una masa de nervios y expectativa. Mi padre Arthur siempre decía que en los negocios hay que mantener la cabeza fría, pero con James, mi corazón siempre había dictado las reglas.

—¿Estás lista, amor? —su voz resonó desde la puerta.

James estaba impecable en su esmoquin negro. Siempre había sido el hombre perfecto: atento, ambicioso, el yerno que mi padre siempre quiso. Me acerqué a él y deposité un beso suave en sus labios, sin notar la rigidez en su mandíbula.

—Más que lista —susurré—. No puedo creer que hayan pasado diez años.

—Yo tampoco, Oriana. Yo tampoco —respondió él, y en ese momento no supe interpretar la extraña frialdad en sus ojos.

La cena en el restaurante privado fue perfecta, o al menos eso me obligué a creer. James habló de la empresa, de cómo los fondos estaban fluyendo hacia nuevos proyectos de expansión que él mismo estaba supervisando. Yo le sonreía, orgullosa de verlo triunfar en la compañía de mi padre. Nunca sospeché que mientras yo brindaba por nuestro futuro, él ya estaba firmando mi sentencia de muerte.

Cuando regresamos al departamento el ambiente cambió. No había velas, ni flores, ni un anillo sobre la almohada. Solo un silencio sepulcral que me erizó los vellos de la nuca.

—James, ¿pasa algo? Estás muy callado desde que salimos del restaurante.

Él se sirvió un trago de whisky, dándome la espalda. El tintineo del hielo contra el cristal sonó como una advertencia.

—Se acabó, Oriana.

Me quedé helada en medio de la sala.

—¿Qué se acabó? ¿De qué estás hablando?

Él se giró lentamente. La máscara de hombre perfecto se había desintegrado, dejando ver a un extraño con una mirada cargada de un odio que me hizo retroceder.

—Todo. La farsa, las cenas, el tener que tocarte cada noche. He terminado de transferir el último centavo de la cuenta de tu padre a mi offshore. Mañana, cuando los auditores lleguen, Miers Industries no será más que un cascarón vacío.

Sentí como si el aire se escapara de mis pulmones. Mis piernas temblaron y tuve que sostenerme del respaldo de un sillón.

—No... tú no podrías. James, nos amamos. Son diez años...

Él soltó una carcajada seca, un sonido carente de cualquier rastro de humanidad. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal, y por primera vez en una década, sentí miedo del hombre que dormía a mi lado.

—¿Amor? —preguntó, inclinándose hasta que su aliento rozó mi oído—. Oriana, cada vez que te besaba tenía que cerrar los ojos para no vomitar. Solo sentía asco. Eres solo el boleto dorado que necesitaba para salir de la miseria. He pasado diez años fingiendo que me importas solo para ver cómo destruyo el imperio de tu padre desde adentro. Y ahora que lo he logrado, no necesito volver a ver tu cara nunca más.

El golpe físico me habría dolido menos. El mundo se desmoronaba bajo mis pies. Mi padre, su salud delicada, su legado... todo destruido por el hombre al que yo le había entregado mi alma.

—Vete de mi casa —logré decir, mi voz apenas un hilo quebrado por el llanto que amenazaba con salir.

—¿Tu casa? —James sonrió con malicia mientras sacaba un documento de su bolsillo—. No, querida. Esta propiedad también está a mi nombre ahora. Tienes una hora para recoger tus trapos y largarte. Mañana llega mi verdadera mujer. La que sí me gusta tocar.

Las palabras de James eran puñales oxidados hundiéndose en mi pecho, desgarrando cada recuerdo, cada promesa, cada plan de futuro que habíamos construido sobre una base de mentiras podridas. El dolor era tan agudo que por un momento mi visión se nubló, pero entonces, una chispa de rabia comenzó a arder en el fondo de mi estómago.

—¿Tu verdadera mujer? —repetí, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba—. ¿Me estás diciendo que mientras yo me desvivía por apoyarte, tú tenías a otra?

James dejó el vaso de whisky sobre la mesa de mármol con un golpe seco y se encogió de hombros, mostrando una indiferencia que me revolvió las entrañas.

—No a una, Oriana. A varias. Pero hay una especial, alguien que sí sabe lo que es la pasión, no una niña rica y mimada que cree que el mundo gira a su alrededor porque su apellido es Miers. Ella ha estado conmigo en cada paso de este plan. Se reía conmigo cada vez que me dabas acceso a una nueva cuenta o cuando me pedías consejo sobre los movimientos financieros de tu padre. Fuiste tan fácil de manipular que casi resultó aburrido.

Sentí una náusea violenta. Me llevé la mano a la boca, tratando de no quebrarme frente a él. La humillación era total. No solo me había robado el dinero y el futuro de mi familia, se estaba robando mi dignidad, disfrutando de cada segundo de mi agonía.

—Mi padre te trató como a un hijo —logré decir entre dientes, las lágrimas finalmente desbordándose por mis mejillas—. Te dio la mano mientras tú le clavabas un cuchillo en la espalda. Él confió en ti... ¡Yo confié en ti!

— Ese fue su primer error! Y el tuyo fue creer que un tipo como yo podía conformarse con las migajas de afecto de una mujer tan insípida como tú —respondió él, caminando hacia el pasillo—. No pierdas más tiempo llorando. El reloj corre, Oriana. Tienes cincuenta minutos. No me obligues a llamar a seguridad para que te saquen a rastras. Sería una pena que los titulares de mañana dijeran que la heredera de los Miers fue expulsada de su propio hogar como una indigente.

Se encerró en lo que alguna vez fue nuestro dormitorio, el lugar donde hace apenas unas horas yo soñaba con una propuesta de matrimonio. El sonido de la cerradura al girar fue el punto final de mi antigua vida.

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