
El Joven Magnate
Hernando J. Mendoza · En curso · 129.6k Palabras
Introducción
Capítulo 1
Segundo libro de LA MAGNATE. Siga disfrutando de la historia.
La chica crespa de cabello marrón estaba en la cafetería con otras amigas de la universidad. Llevaba puesto un atuendo que había adquirido aquel día, gracias a un pequeño salvador que la había ayudado en su momento de mayor angustia. Aún recordaba los eventos como si hubieran sido ayer. Habían entrado a la tienda con un grupo de amigos que la habían invitado a ir de compras. Sin saber que era observada por un distinguido niño.
El pequeño Helios, mientras su padre, su hermana y las dos señoras buscaban la ropa, vio como un grupo de muchachas se probaba atuendos. Hubo uno que llamó su atención por el tipo de cabello que tenía; era rizada, demasiado. Se veía un poco excéntrico y llamaba la atención por ser inusual. Aquella muchacha comenzó a probarse algunas prendas para ella y llenaron varias canastas. Sin embargo, sus amigas habían dicho a las cajeras que empezaran a empacar sus prendas por separado, porque tenían algo urgente. Además, la chica crespa sería quien pagaría. Si le podía hacer el favor.
Así, mientras ella estaba en el probador, el grupo de chicas se fue, riendo y con grandes sonrisas en sus rostros, dejándola a ella sola con las bolsas en la mano. Cuando la muchacha de cabello crespo salió del sitio, buscó con la mirada a sus amigas. Caminó de aquí para allá, haciendo una ronda a través de los estantes de ropas que estaban en el centro comercial. Pero no halló a nadie.
Helios miraba de manera desapegada la escena. Era un niño de cinco años, pero había entendido a la perfección lo que había sucedido. Su expresión era seria y fría. A su corta edad se mostraba más serio; tenía la personalidad apática de su madre y la tranquilidad de su padre.
La chica se acercó al punto de pago y preguntó a la cajera por sus amigas.
—Disculpe, ¿las chicas que estaban aquí conmigo? —preguntó ella con voz grácil.
—Sus amigas se fueron —comentó la mujer que la atendía—. Dijeron que debían irse antes por una urgencia y que usted iba a pagar la cuenta. Son…
La muchacha quedó helada al escuchar la cifra. Permaneció perpleja y estática. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y las manos. Por un instante sintió que se iba a caer, pero se mantuvo de pie. No era tenía dinero, ni era rica. Trabajaba a medio tiempo para pagar sus gastos personales y los que le generaran los estudios.
—¿Va a llevar también esa ropa? —preguntó la vendedora, señalándole las canastas con las prendas que había elegido.
La chica experimentó un rayo de desapego por lo que se había probado. Hace mucho que no compraba ropa nueva y no podría tener nada de eso. Buscó su bolso y sacó su cartera. Su pulso se detuvo y se le bajó la presión. Ni con todos sus ahorros podía alcanzar la cifra. Estaba asustada y mareada. El mundo le comenzó a dar vueltas y la realidad se le hizo distante. Era como si estuviera soñando, adormecida. Sus sentidos parecieron agudizarse; sus ojos veían más lento, su oído escuchaba más y su olfato percibía los olores más fuertes. Se apoyó con la diestra sobre el mesón, para no caer sobre el piso. Sus ojos marrones se cristalizaron y gotas de lágrimas bajaron por sus mejillas, haciendo que se empañara su visión. En los segundos siguientes quedó ida y asustada. Vio al niño que se colocaba frente a ella.
Helios se puso en la punta de los pies y estiró su brazo con su tarjeta de crédito. Esa muchacha era más alta. Además de que tenía tacones, por lo que era demasiado grande.
—Yo pago —dijo él de manera tranquila.
La muchacha se limpió los ojos para ver mejor. Entonces notó con claridad al niño rubio de ojos celestes con un atuendo de sastre negro que se había acercado a ella, con esa corona que tenía en la cabeza como si fuera un príncipe.
—¿Qué? —preguntó ella sin entender muy bien lo que ese pequeño quería hacer.
—Yo pagaré… Por ti —dijo él de forma segura.
Ella arrugó el entrecejo y ladeó la cabeza. Dudó en tomar la tarjeta, pero el niño la sujetó del brazo y se la puso en la mano.
La cajera observó, sorprendida, lo que estaba pasando. Había entendido el gesto del niño al salvar a la muchacha, luego de la trampa de aquellas chicas.
Helios fue a buscar la caja con las prendas que ella se había medido. Miró la talla de las blusas, camisas y jeans. Así, fue a buscar toda la ropa que medía lo mismo y la empezó a echar en otro carrito más grande. Escogía todo lo que se encontraba a su paso de todos los colores.
—¿Qué haces? —preguntó la chica, todavía sin asimilar lo que estaba ocurriendo. ¿Cómo un niño pequeño podía pagar todo ese dinero?
—Esto… También —dijo Helio. Llevó el carro repleto de ropa a la caja.
En ese momento llegó otra vendedora y le susurró algo al oído a la cajera. Hermes, Hera, Marianne y la niñera habían visto la escena desde la distancia. Le había dicho que él pagaría por lo que eligiera.
—Por supuesto —dijo la empleada—. Enseguida tomo el pedido.
—¿En serio? —se preguntó la chica a sí misma.
Ella no dejaba de ver al niño que estaba a su lado. ¿En verdad la había salvado ese chico? Era tan pequeño y angelical. El cabello rubio resaltaba con su piel blanca. ¿Cómo era posible que se chico la hubiera ayudado en un momento tan crítico? Si eso era cierto, él se había convertido en su héroe; esos que aparecían en las películas o series para salvar el día. Solo que, no estaban en ninguna, era la vida real.
Helios, aunque desapegado de las cosas, excepto de sus padres y su hermana gemela. Esperó con ella y la ropa fue empacada en las bolsas. Ya había hecho todo lo que tenía que hacer, por lo que se disponía a retirarse.
—Oye… Su majestad —dijo la muchacha con humor—. Gracias.
—De nada —respondió Helios de forma afable.
En ese momento llegó Hermes con Hera, Marianne y la niñera. La extraña creyó que esa era la familia, el padre y la madre de él. Aunque la mujer no era rubia. Además, la otra niña tenía el rostro igual al del chico, solo que en versión femenina y con el cabello largo. La tiara que tenían los hacía como dos príncipes. Sin mencionar que la belleza de aquel hombre era demasiado abrumadora. Era como uno de esos modelos o actores que gozaban de mucha fama.
—Deseo agradecerle a su hijo —dijo la muchacha—. ¿Quieres un helado?
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Última actualización: 9/1/2026
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####ADVERTENCIA Esta historia contendrá: Contenido Sexual Explícito, Lenguaje Fuerte y Escenas de Violencia Doméstica que pueden ser desencadenantes. Solo para adultos.#########
UN HOMBRE CORRUPTO Y UNA MUJER INGENUA
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«¡Cállate, carajo!» le gritó. Ella se quedó en silencio y él vio que las lágrimas comenzaban a llenarle los ojos, le temblaban los labios. Oh, carajo, pensó. Como la mayoría de los hombres, una mujer llorando lo asustó muchísimo. Prefiere tener un tiroteo con cien de sus peores enemigos que tener que lidiar con una mujer que llora.
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«Ava», le dijo en voz baja.
«¿Ava Cobler?» quería saberlo. Su nombre nunca había sonado tan bonito, la sorprendió. Casi se olvidó de asentir. «Mi nombre es Zane Velky», se presentó, extendiendo una mano. Los ojos de Ava se agrandaron cuando escuchó el nombre. Oh, no, eso no, nada más que eso, pensó.
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«Cálmate, ángel», le dijo Zane y puso su mano sobre su hombro. Su pulgar cayó por delante de su garganta. Ayya se dio cuenta de que si lo apretaba, tendría dificultades para respirar, pero de alguna manera su mano calmó su mente. «Es una buena chica. Tú y yo necesitamos hablar», le dijo. La mente de Ava se opuso a que la llamaran niña. La irritaba a pesar de que estaba asustada. «¿Quién te pegó?» preguntó. Zane movió su mano para inclinar la cabeza hacia un lado y poder mirarle la mejilla y luego el labio.
**************Ava es secuestrada y se ve obligada a darse cuenta de que su tío la ha vendido a la familia Velky para saldar sus deudas de juego. Zane es el jefe del cártel de la familia Velky. Es duro, brutal, peligroso y mortal. En su vida no hay espacio para el amor o las relaciones, pero tiene necesidades como cualquier hombre de sangre caliente.
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