
Esposa Abandonada
Jesica Quintero · Completado · 172.6k Palabras
Introducción
Allí conoce a Derek, heredero de una familia poderosa. Se enamoran y se casan, pero la diferencia de estatus despierta el rechazo de su suegra, quien la considera una oportunista. La noche de bodas, una conversación manipulada fuera de contexto sirve para acusarla de haberse casado por dinero. Derek, influenciado por su madre, la juzga sin permitirle explicarse. Durante tres años, Samantha vive un matrimonio vacío, aislada en una mansión donde es esposa solo en apariencia. Finalmente decide divorciarse y recuperar su dignidad.
El gran giro ocurre cuando descubre que la muerte de su padre no fue un infarto, sino un asesinato encubierto para evitar una guerra entre organizaciones criminales. Como única heredera del linaje Moore, debe regresar a Nueva York y asumir el liderazgo de una estructura que coordina alianzas entre mafias internacionales. Su ascenso es inaudito: jamás una mujer ha ocupado ese lugar, mucho menos una embarazada y divorciada.
Para consolidar su poder y asegurar la continuidad del apellido, necesita un matrimonio estratégico. Sin aceptar imposiciones, Samantha elige a Peter Roerig, un hombre leal y probado. El clímax llega cuando asume públicamente el mando, neutraliza a sus opositores y redefine las reglas del imperio, no como esposa abandonada, sino como líder indiscutida junto al gran amor de su vida.
Capítulo 1
Llevaba años escapando del peso de mi apellido, escapando de mi padre para sostener la nueva vida que había creado. Una vida en la que era feliz con mi novio, con una identidad nueva que solo una persona conocía. Mi mejor amiga, Emilie.
Sin embargo, esa madrugada una llamada del hospital de Nueva York me sacó de la cama y de mi zona de confort.
Mi padre había fallecido y mi presencia era necesaria.
La mezcla de sentimientos me abrumó. Lo había amado más que a nada en el mundo, pero después de la muerte de mi madre, nuestra relación se fue apagando poco a poco. Su trabajo lo mantenía fuera de la ciudad y, cuando regresaba, solo discutíamos.
Por eso escapé. Las cadenas que me mantenían en la mansión Moore me asfixiaban.
Fui ingenua al creer que había estado fuera del radar de Robert Moore. Al final, mi padre tenía mi número telefónico, mi dirección y, seguramente, también un pequeño ejército vigilando mis pasos sin que yo lo supiera.
Era la única hija y heredera del magnate más poderoso del país y, como tal, se esperaba que me hiciera cargo de mis obligaciones como su único familiar.
Mientras me preparaba para tomar el primer vuelo a Nueva York, mi móvil volvió a iluminarse.
Esta vez era el abogado de mi padre. Me dio sus condolencias y me pidió que abordara el avión privado que acababa de aterrizar en la pista de Austin, a unos diez minutos de mi casa.
Resignada y con un dolor profundo en el pecho, tomé lo necesario y subí a mi auto para dirigirme a la pista privada y volar a la ciudad que años atrás había llamado mi hogar.
Mis lágrimas caían una tras otra. El nudo en mi garganta era tan grande que apenas podía tragar. No dejaba de pensar que mi padre siempre supo dónde me encontraba. No dejaba de pensar que murió solo en un hospital, sin una mano cálida sosteniéndolo. No podía evitar sentirme culpable. Le fallé.
El avión se deslizó por la pista húmeda antes de elevarse. Tres horas después aterrizó en el aeropuerto Teterboro, donde ya me esperaba una SUV plateada y tres hombres vestidos con trajes oscuros.
Al acercarme al vehículo, el abogado de mi padre, a quien conocía desde niña, dio un paso al frente y extendió su mano.
—Le extiendo mis más sinceras condolencias, señorita Moore.
—Gracias —respondí. Mi voz sonó quebrada.
Desde que recibí la llamada del hospital no había dejado de llorar. No hablé con nadie más allá de esas llamadas necesarias.
—Lamento tener que abordar este asunto ahora mismo, señorita —dijo con firmeza—. Su padre, antes de morir, me ordenó acompañarla en cada paso. Desde el reconocimiento del cuerpo en el hospital hasta la firma legal mediante la cual todas sus propiedades, empresas y cuentas bancarias del país y del extranjero pasarán a sus manos. La llevaré a su hogar y firmará los documentos. Esa fue su última voluntad, junto con la lectura del testamento del señor Moore.
Apenas amanecía y el peso del apellido Moore volvió a caer sobre mis hombros. Mi padre siempre fue un hombre práctico y autoritario. Incluso en sus últimos momentos dejó instrucciones claras.
Asentí en silencio y subí al vehículo que me llevó a la casa que había abandonado años atrás.
Todo lucía exactamente igual. El aroma a cuero de los sillones, el perfume amaderado de mi padre impregnado en el ambiente. Los mismos muebles, los mismos cuadros en las paredes.
No había empleados. Solo silencio.
Por eso el abogado tenía las llaves de la mansión.
—Espéreme en el despacho del señor Moore, señorita. Le traeré un café.
Se alejó y me dejó sola con mis pensamientos. Las puertas de madera y cristal estaban a unos metros. Caminé hacia ellas con los ojos ardientes y la garganta cerrada.
El aroma familiar me llevó a mi infancia, cuando jugaba con los documentos de mi padre fingiendo ser su asistente. También a mi adolescencia, cuando discutíamos por todo.
Me senté en su sillón giratorio frente al escritorio y pasé mis manos por la madera pulida mientras esperaba a que el abogado, Steven Sbarro, regresara.
No debería haber estado perdiendo tiempo allí. Tendría que haber ido directo al hospital para organizar el funeral. Pero me quedé sentada, recordando momentos que ya no volverían.
Steven regresó con una taza de café en una mano y su maletín en la otra. Dejó la taza frente a mí, tomó asiento en la silla opuesta y abrió el maletín con calma. Sacó una cantidad alarmante de carpetas, perfectamente organizadas.
En ese momento recordé por qué mi padre y ese hombre se llevaban tan bien. La seriedad de su expresión se parecía demasiado a la de él. Sin emoción visible y con una serenidad trabajada durante años.
—Comencemos, señorita —dijo, directo como siempre—. Este es el testamento de su padre.
Primero me informó sobre la enfermedad y el motivo exacto de su muerte. Habló con precisión, sin rodeos. Después procedió a leer el documento.
Uno de los errores más grandes de mi vida fue tener la mente en otro lugar y firmar sin prestar verdadera atención a lo que decía.
Luego me entregó las carpetas de cada una de las empresas que estaban a nombre de mi padre y que ahora pasaban a mis manos. Por último, mencionó los miles de millones de dólares en sus cuentas bancarias del país y del extranjero, ya transferidos hacía tiempo. Fondos de los que no tenía la menor idea.
Cuando terminaron las firmas correspondientes, nos dirigimos al hospital. El director me esperaba personalmente en la puerta. Mi mente seguía en otro lugar, sin escuchar realmente lo que me decían. Mi mirada estaba fija en el cuerpo de mi padre sobre la camilla de la morgue.
Acaricié su cabello y, en voz baja, le pedí perdón por haberme ido, por haberlo dejado solo.
Su cuerpo aún conservaba su calor y su aroma. Era como si no estuviera muerto, sino dormido..
No tuve que hacerme cargo de los arreglos funerarios. Mi padre había pedido expresamente ser llevado al cementerio de inmediato. Lo que me sorprendió fue encontrar una multitud de personas que jamás había visto esperando la llegada de su cuerpo.
Me sentí desubicada, como si asistiera al funeral de un desconocido en lugar del de mi propio padre.
Robert Moore no era un hombre de amistades. Tampoco mantenía un contacto cercano con sus socios.
La presencia de todas esas personas, poniéndose de pie y acercándose una a una para darme el pésame y ponerse a mi disposición, me descolocó.
Hasta que uno de ellos, un joven de cabello rojo como el fuego, se detuvo junto a mí.
—En nombre de mi padre, le expreso mis sinceras condolencias, señorita. Lamentablemente, no pudo llegar a tiempo, ya que él reside en Irlanda —dijo en voz muy baja, solo para que yo lo escuchara.
—Gracias.
En ese momento, el mismo abogado que me había acompañado todo el tiempo dijo unas palabras. Mi padre no creía en ninguna deidad; solo creía en sí mismo.
El costoso ataúd descendió lentamente y, cuando finalmente tocó el fondo, todos, sin excepción, pronunciaron lo mismo al unísono:
—Larga vida a la reina.
Después de eso, se marcharon.
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