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La ardiente oficina del CEO

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Introducción

Nora no está buscando amor. Está buscando algo que la haga temblar. Algo que le borre el pasado y le reconfigure el cuerpo. Una noche de tragos, miradas sucias y cero promesas basta para que lo encuentre: un desconocido sin nombre con una p0lla de veintidós centímetros y una lengua que no perdona.
Lo que empieza como una mamada de película se convierte en un maratón de gemidos, lengüetazos, espasmos y corridas sin censura. Nora no quiere romance, quiere que la destruyan. Y este hombre sabe exactamente cómo hacerlo. Le come el c0ño como si le debiera la vida y se la coge como si fuera suya.
Pero lo que parecía una aventura anónima de una sola noche empieza a enredarse más de la cuenta. Porque ese cuerpo que la hizo desmayarse de placer… aparece después en el peor lugar: su nuevo trabajo.
Y ahora Nora va a tener que disimular que no conoce cada centímetro de su jefe. Aunque lo único que quiere es volver a tragárselo entero.

Capítulo 1

NORA

Me aseguré de que el desconocido que tenía al lado estuviera bien deslechado antes de levantarme despacito de la cama. Miré la hora en el celular: tres a.m. Caminé de puntitas hasta el baño para no despertarlo.

—Nora, eres una pervertida… —me dije frente al espejo, todavía agitada. Me pasé los dedos por los labios, rojos e hinchados de tanto beso. Ese cabrón sabía lo que hacía.

Me arreglé la tanga y salí, rogando que siguiera roncando.

—No puede ser… —susurré tapándome la boca cuando vi lo que tenía en frente.

—Te sacó un susto, ¿verdad? —me dijo con una sonrisa de cabrón. —Siempre lo hace. Yo lo llamo EL DESTRUCTOR. Ya lo conoces, pero no te lo había presentado bien—, dijo mientras sobaba esa v3rga enorme de veintidós centímetros.

Me quedé mirando fijo, incrédula, y bajé la vista entre mis piernas tratando de entender cómo carajos algo así había entrado en mí.

—Seguro es la primera vez que ves algo tan enorme—, agregó, con la misma sonrisa.

—Claro que no—, le contesté cerrando fuerte los muslos, tratando de disimular lo mojada que estaba.

—Nah, nena, se te nota lo mala para mentir —me dijo.

Y sí, yo siempre fui buena mintiendo, pero ¿quién podía disimular con semejante monumento enfrente?

—Ya deja de hacerte la tonta ahí en la puerta. Ven para la cama… si es que terminaste de mirarme—, me trajo de vuelta a la realidad.

La primera ronda había sido tan rápida que apenas alcanzamos a desnudarnos, y tan intensa que sabía que me la iba a repetir mentalmente toda la vida.

Me acerqué despacio para no perder el equilibrio y me arrodillé junto a él, dispuesta a aprovechar hasta la última gota de esa oportunidad.

No sé ni cómo, pero abrí la boca y pregunté:

—¿Puedo tocarlo?

—Claro, bebé—, me lo puso en la mano.

—Apuesto a que nunca habías agarrado algo así—, me tanteó.

No respondí. Mejor me dediqué a envolverlo con la mano desde la base hasta la punta, suave, varias veces, hasta que bajé la cabeza y le di un lengüetazo en la corona.

—Pvt4 madre… —gimió sorprendido, y eso me prendió más. Abrí la boca lo más que pude y me lo fui tragando mientras lo m4sturb4ba con la mano.

Me estaba cumpliendo una de mis fantasías y no pensaba desperdiciar ni un segundo.

Cuando empezó a empujarme más hondo, casi ahogándome, sentí cómo el líquido preseminal me chorreaba por la garganta. Me sostuvo la cabeza con ambas manos y me la clavó toda.

—Eso, mami… así… trágatela… ¿te gusta?…—, jadeaba.

Se movía cada vez más rápido hasta que sentí cómo me disparaba todo adentro, caliente, directo a la garganta.

Me soltó de golpe, buscando aire como si se estuviera muriendo, y yo aproveché para lamerle y tragar lo que quedaba brillando en su v3rga.

Hice todo un show tragándomelo, y lo miré orgullosa. Su cara decía todo: estaba encantado.

—Joder, eres una locura—, me dijo.

Ni le respondí; mis ojos seguían fijos en su p0lla. Él lo notó al instante.

—Pícara… lo quieres otra vez, ¿no? Tranquila, será tuyo en unos minutos—, dijo empujándome de espaldas sobre la cama.

—Pero primero tengo que ocuparme de otra cosa —, añadió.

Sentí su aliento caliente rozarme entre las piernas apenas dejó de hablar, y no tuve dudas de lo que se venía cuando me levantó las piernas para hacerse espacio. Se acomodó boca abajo y me colocó justo como quería antes de hundir su boca en mi c0ño.

Mis ojos se pusieron en blanco en cuando empezó a succionar mi clít0ris. Metió las manos bajo mi bra y fue directo a mi teta derecha, pellizcando el pezón mientras su lengua se adentraba en mi rajita empapada. No podía ni controlar los gemidos; estaba en un viaje delicioso.

—Esto está delicioso—, pensé, y con mi mano izquierda lo empujé más contra mí, como si quisiera que se perdiera ahí.

Se detuvo un momento solo para lamerme suave la cara interna de los muslos, dejando besos de un lado al otro, con su aliento tibio haciéndome temblar, justo encima de mi c0ño brillante y hambriento que lo esperaba.

Regresó y se dedicó a besarme toda la vulva como si fuera un manjar, hasta que ya no pude contener el gemido que se me escapó. Después empezó a jugar con su lengua, separándome los labios, recorriéndome de arriba abajo, de lado a lado, en círculos, hasta dejarme hecha polvo. Me retorcí y apreté sus cabellos con las rodillas, empujando mi v4gina contra su cara. Mis gemidos se volvieron más intensos, sabía que ya estaba a segundos de explotar.

Lo agarré del pelo y supongo que entendió la señal porque aceleró con la lengua, penetrándome y devorándome sin descanso. Tiré más fuerte de su pelo y me moví contra su boca, hasta que me corrí con un grito ahogado, arqueando la espalda y tensando todo el cuerpo, para luego caer rendida.

Cuando recuperé el aire, solté mis piernas y lo miré. Él estaba ahí, mirándome.

—Gracias… —le dije, casi jadeando.

—No hay de qué, mi amor. Ese orgasmo valió la pena. —, dijo, acariciándose la v3rga dura como piedra, como si recién se hubiera despertado.

—Pues yo digo que volvamos a repetir —, le respondí jugando.

—Ya veremos, chiquita.

Me quité la tanga y lo dejé acercarse hasta quedar cara a cara conmigo. Me besó suave los labios, probándome.

—¿Qué tal? —preguntó.

—¿Te refieres a la m4mada? —quise aclarar.

Él negó con la cabeza.

—Estuvo…

No me dejó terminar.

—¡J0der!— masculló antes de meterme la lengua hasta el fondo de la boca y manosearme las tetas con ambas manos.

Arqueé la espalda y con mis manos lo bajé hasta mis caderas, que ya se movían solas buscando más roce. Pero él se frenó de golpe, riéndose.

—Tranquila. Todo a su tiempo. Primero hay que revisar estas manzanas—, dijo mientras jugaba con mis pechos que rebotaban con cada apretón.

—Los tienes durísimos—, murmuró antes de lamerme un pezón y luego el otro, uno a uno.

Gemí cerrando los ojos, saboreando cada corriente de placer que me recorría. Cuando acabó con mis tetas, subió a morderme la oreja y ahí ya no pude más.

—¡Ahora!— grité, temblando. —¡Lo quiero ya!

—Alguien anda desesperadita —, rió, colocando la punta gruesa en mi entrada.

Me torturó unos segundos, mirándome fijo a los ojos mientras empezaba a empujar esos veintidos centímetros adentro de mi c0ño ardiendo y estrecho.

Gemí contra su oído, sintiendo esa fricción brutal que me hacía perder la razón.

—Dime… tu… nombre… necesito algo… para llamarte—, le pedí entre jadeos, mientras me embestía más duro.

—Mejor no. No saber mi nombre lo hace más excitante—, respondió mientras aumentaba el ritmo y me f0llaba con fuerza.

Abrí más las piernas, entregándome completamente.

Se apartó un poco de mí, me jaló de la cintura y acomodó mi trasero hacia él. Puso mis piernas sobre sus hombros y se quedó mirando fijo mi c0ño antes de empezar a sobarme el clít0ris con su mano. Al principio lo hacía lento, despacio, como jugando con mi desesperación. Yo ya no aguantaba, necesitaba esa v3rga dentro de mí otra vez, y cada segundo que pasaba me volvía más ansiosa.

Frotó mi clít0ris hasta empaparse de mis jugos, y luego, viéndome directo a los ojos, se los llevó a la boca y se los chupó. Después, despacio, fue empujando su p0lla contra mi entrada.

Cuando sentí el glande presionando, ya iba a gritarle que me la metiera de una, pero se detuvo en seco. Moví las caderas buscando que entrara, rogando más, pero el cabrón no se movía.

Se quedó quieto unos segundos que parecieron eternos y después se retiró otra vez. Luego volvió a entrar lento, metiéndome casi media v3rga, unos diez centímetros, y se frenó de nuevo.

Yo intenté arquearme, buscándolo, pero me agarró firme de las caderas, evitando que lo apurara.

—Relájate… te voy a dar todo, pero déjame disfrutar de cómo te lleno—, me dijo antes de salirse otra vez.

Cuando volvió a empujarla, lo hizo despacio, metiéndomela casi entera. Estaba a punto de tragarlo completo cuando volvió a detenerse. Me clavó la mirada, se mordió el labio inferior… y de repente se salió para luego embestirme con todo.

—¡SI!— grité apretando las sábanas mientras sentía cómo me abría de golpe. Levanté las caderas instintivamente para recibirlo más hondo, mientras él se movía rápido, entrando y saliendo como una máquina.

Casi no podía respirar con esa velocidad, pero el placer me quemaba por dentro y no quería que parara. Cerré los ojos, dejándome llevar, sintiendo su p0lla llenarme una y otra vez. Y de pronto me vi viniéndome, con un gemido gutural que ni parecía mío.

—Eso, mami… córrete para mí… eso… así… —me decía jadeando, sin bajar el ritmo.

Aceleró aún más hasta que no aguantó más y se vino dentro de mí, llenándome de su s3men caliente. Me apretó fuerte contra él mientras se corría, pegando su cuerpo al mío.

Se dejó caer sobre mí, los dos sudando, temblando, respirando como locos. Nos quedamos abrazados.

Luego me miró fijamente, sujetándome la cara.

—Eres la mujer mas deliciosa que he probado —, me dijo con voz ronca.

—Podría decir lo mismo—, respondí mintiendo un poco, porque la verdad es que no fue solo uno de los mejores… fue el mejor que había tenido en toda mi vida.

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