
¿Romperte el corazón o la cara?
Sanriuz · En curso · 155.1k Palabras
Introducción
Tres días fueron suficientes para que Valentina creyera haber encontrado al hombre con el que quería compartir el resto de su vida.
Y un solo accidente bastó para arrebatárselo todo.
Dos años después, Gabriel Ferrer ya no es el prometedor atleta que soñaba con conquistar el mundo. Ahora vive atrapado entre el dolor, el resentimiento y el recuerdo de la mujer a la que culpa de haber destruido su carrera.
Valentina carga con la misma tragedia desde aquel día. Ha intentado olvidarlo, seguir adelante y convencerse de que pedir perdón ya no sirve de nada. Pero cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, descubre que Gabriel la odia tanto como un día la amó.
Entre enfrentamientos, humillaciones públicas, una prensa que no deja de perseguirlos y un pasado que ninguno de los dos consigue enterrar, la atracción que juraron olvidar comienza a resurgir con la misma intensidad que los destruyó.
Porque hay heridas que nunca dejan de doler.
Y hay amores que, incluso después del odio, siguen negándose a morir.
Capítulo 1
—Nunca imaginé que enamorarme pudiera durar exactamente tres días.
Nunca imaginé que enamorarme pudiera durar exactamente tres días.
Tres días.
Eso fue todo lo que necesité para creer que Gabriel Ferrer podía convertirse en el amor de mi vida.
Y menos de diez segundos para descubrir que nunca había sido mío.
Pero esa parte de la historia todavía no había ocurrido.
Todavía no.
Tres días antes…
Llevaba más de diez años creyendo que el agua era el único lugar donde nada podía salir mal.
El agua no mentía.
El agua no traicionaba.
El agua no prometía cosas que luego no podía cumplir.
Las piscinas eran honestas.
Los cronómetros también.
O eras suficientemente rápida…
o no lo eras.
No había excusas.
No había segundas oportunidades.
No había miradas bonitas ni palabras dulces que pudieran cambiar el resultado.
Solo tú.
Tu cuerpo.
Tu resistencia.
Tu disciplina.
Y el borde de la alberca esperándote como una línea final que no perdonaba errores.
Por eso me gustaba tanto.
Porque dentro del agua todo tenía sentido.
Porque dentro del agua nadie podía romperte el corazón.
Fuera de ella…
bueno, fuera de ella todo era mucho más complicado.
Por eso acepté viajar a Buenos Aires.
No por vacaciones.
No por turismo.
Ni siquiera por la conferencia internacional a la que me habían invitado como una de las nadadoras más prometedoras del continente.
Eso era solo una excusa bonita.
La verdad era mucho más simple.
Necesitaba competir.
Necesitaba sentir que todavía tenía el control de algo.
Necesitaba recordar quién era cuando no estaba intentando sobrevivir a todo lo demás.
Nunca imaginé que aquella ciudad terminaría cambiándome la vida.
Ni que lo haría tan rápido.
Ni que lo haría de la peor manera posible.
Todo comenzó con un café derramado.
Literalmente.
Salí del hotel con el cabello todavía húmedo, una carpeta bajo el brazo y la mente completamente enfocada en el horario del día. Tenía una reunión en menos de veinte minutos y no podía permitirme llegar tarde. No en un evento donde todos parecían conocer a todos.
Crucé la calle sin mirar demasiado.
Error número uno.
Entré a la cafetería más cercana sin detenerme a observar el lugar.
Error número dos.
Y caminé directo hacia la barra sin notar que alguien venía en dirección contraria con dos vasos en la mano.
Error número tres.
El impacto fue inevitable.
El café también.
—¡Mierda!
El líquido caliente se derramó sobre mi camisa blanca en cuestión de segundos.
Me quedé completamente inmóvil.
No grité.
No hice un escándalo.
Pero mi expresión lo decía todo.
Si las miradas pudieran matar, el hombre frente a mí ya estaría muerto.
—Creo que acabo de destruir tu primer día en Argentina.
La voz masculina llegó acompañada de una calma irritante.
Demasiado tranquila.
Demasiado segura.
Levanté lentamente la mirada.
Y ahí estaba.
Alto.
Despreocupado.
Con una expresión que no coincidía en absoluto con la gravedad de lo que acababa de hacer.
Y esa sonrisa…
Esa sonrisa.
Era el tipo de sonrisa que hacía que quisieras golpear a alguien.
O confiar en él.
No había punto medio.
—¿Crees? —respondí, mirando mi camisa arruinada—. Qué observador.
Soltó una pequeña risa.
Como si aquello fuera divertido.
Como si no acabara de arruinarme la mañana.
—Lo siento. De verdad.
No parecía particularmente arrepentido.
—Lo compensaré.
Crucé los brazos.
—¿Cómo?
—Invitándote otro café.
Lo miré durante unos segundos.
Luego bajé la vista hacia la mancha que se extendía por mi ropa.
Después volví a mirarlo.
—¿Después de que acabas de matar al primero?
—Precisamente —respondió sin perder la sonrisa—. Prometo cuidar mejor al siguiente.
Negué con la cabeza.
No sabía si estaba molesta o si, de alguna forma extraña, aquello me resultaba ridículamente absurdo.
—No necesito otro café.
—Entonces déjame invitarte algo más.
—¿Como qué?
—Una disculpa decente.
Arqueé una ceja.
—Eso suena caro.
—Depende de lo exigente que seas.
Lo observé con más atención esta vez.
Había algo en él.
Algo que no terminaba de encajar.
No era solo su actitud relajada.
Era la forma en que me miraba.
Como si no estuviera incómodo.
Como si no estuviera nervioso.
Como si aquello no fuera un accidente, sino el inicio de algo que él ya había decidido aceptar.
Y eso…
eso era peligroso.
—Tengo una reunión —dije finalmente—. No tengo tiempo para esto.
—Perfecto —respondió—. Entonces te acompaño.
Parpadeé.
—¿Perdón?
—Así puedo asegurarme de que llegues bien. Después de todo, ya arruiné tu mañana. Lo mínimo que puedo hacer es no arruinar también tu día.
—No necesito escolta.
—No es escolta. Es redención.
Solté una risa corta.
—Eres muy insistente.
—Solo cuando vale la pena.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
No sabía por qué seguía ahí.
No sabía por qué no simplemente me daba la vuelta y me iba.
No sabía por qué, en lugar de ignorarlo, estaba considerando aceptar.
Tal vez porque hacía mucho tiempo que nadie me sorprendía.
Tal vez porque hacía mucho tiempo que todo en mi vida era demasiado predecible.
O tal vez…
porque había algo en él que me hacía sentir curiosidad.
Y la curiosidad siempre había sido mi punto débil.
—Cinco minutos —dije finalmente—. Eso es todo lo que tienes.
Su sonrisa se amplió.
—Me parece justo.
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