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UNA NOCHE CON MI SUEGRO

UNA NOCHE CON MI SUEGRO

Niurka · En curso · 87.7k Palabras

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Introducción

¿Qué pesa más: la lealtad a la familia o la sed de un deseo prohibido?

Alessandra Rossi siempre ha sido un espíritu indomable, una mujer que entiende la libertad como su único credo. Sin embargo, cuando el imperio inmobiliario de su padre, Rossi Estates, se tambalea al borde del abismo, Alessandra se ve obligada a aceptar el sacrificio definitivo: un matrimonio por contrato con el heredero del gigante de la construcción, Dante Volkov.

Decidida a despedirse de su autonomía, Alessandra decide que su última noche de soltera no le pertenecerá a su apellido ni a su futuro marido. En la penumbra de un club exclusivo y bajo el misterio de una máscara, se entrega a un desconocido imponente, un hombre de mirada voraz y manos expertas que le hace conocer un placer que jamás creyó posible. Una noche sin nombres. Una noche sin pasado.

Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido.

El día de la boda, mientras camina hacia el altar para unir su vida a la de Dante, el hombre que posee todos sus secretos y el rastro de sus caricias hace su entrada triunfal. No es un extraño. No es un invitado cualquiera. Es Maximilian Volkov, el patriarca del imperio Titanium y, a partir de hoy, su suegro.

Ahora, atrapada en una mansión de lujos y secretos, Alessandra deberá vivir bajo el mismo techo que el hombre que desea y el hombre con el que se casó. Mientras Dante intenta ganarse un corazón que ya no le pertenece, Maximilian se debate entre el poder de su legado y la obsesión por la mujer que ahora llama "nuera".

En un mundo de alianzas peligrosas y traiciones latentes, el pecado más dulce es el que se comete en familia.

Capítulo 1

El bullicio del aeropuerto internacional era el sonido de la libertad para Alessandra Rossi. Caminaba con una elegancia innata, arrastrando su maleta mientras el sol de la tarde se filtraba por los grandes ventanales. Tras semanas de viaje, su rostro reflejaba una vitalidad envidiable; era una mujer que exhalaba independencia en cada paso. De pronto, su teléfono vibró en su mano. Al ver el nombre de su padre en la pantalla, una sonrisa iluminó sus facciones.

—¿Qué sucede, papá? —preguntó ella al contestar, manteniendo un ritmo ágil hacia la salida.

—¿Ya estás en camino, hija? —La voz de Vittorio Rossi sonó algo tensa, aunque Alessandra, en su euforia por el regreso, no alcanzó a notar el matiz de desesperación.

—Sí, papá. Justo ahora voy a tomar un taxi. En media hora estaré en casa, ¿de acuerdo? —respondió ella con alegría.

—De acuerdo, hija... nos vemos en casa. Adiós.

La comunicación se cortó de inmediato. Alessandra guardó el teléfono con un gesto ligero, sin sospechar que aquella llamada era el último rastro de la vida que conocía hasta ese momento.

En la oficina principal de Rossi Estates, el silencio era tan pesado que resultaba asfixiante. Vittorio Rossi mantenía la mirada baja, sintiendo cómo el sudor frío le recorría la nuca. Frente a él, sentado con una postura que irradiaba un poder absoluto y una frialdad cortante, se encontraba Maximilian Volkov.

Maximilian no era un hombre de negocios ordinario; era una fuerza de la naturaleza. Con un movimiento lento y cargado de desprecio, lanzó sobre el escritorio los archivos que acababa de revisar. El sonido del papel golpeando la madera de caoba retumbó como una sentencia.

—Y bien, señor Rossi —sentenció Maximilian, su voz era un barítono profundo que no dejaba lugar a dudas—. Veo que su empresa está a punto de irse a la mierda.

Vittorio apretó los puños, pero no se atrevió a refutar. Las cifras no mentían.

—Estoy dispuesto a ayudarlo con una condición —continuó Volkov, reclinándose en su asiento con una calma depredadora—. Acabo de escuchar que tiene una hija.

—Así es, señor Volkov —respondió Vittorio con la voz quebrada por la humillación—. Es mi única hija. Si gusta, puedo mostrarle una foto para que...

Maximilian levantó una mano enguantada de autoridad, deteniéndolo en seco. Sus ojos oscuros, gélidos como el invierno, se clavaron en los de su interlocutor.

—No hace falta, señor Rossi. Confío en su palabra. Lo que yo busco es una alianza inquebrantable. Quiero que mi hijo se case, y qué mejor que este vínculo para asegurar que nuestros intereses sean uno solo. Ellos entenderán que es por el bien de ambas empresas. Usted salva su patrimonio y mi empresa crece aún más bajo mi control absoluto.

Vittorio sintió un escalofrío. Sabía que estaba entregando lo más sagrado que tenía, pero el abismo de la quiebra era demasiado profundo. Maximilian se puso de pie, imponente, y extendió su mano.

—Nos veremos pronto, señor Rossi —dijo antes de salir del despacho sin mirar atrás.

Vittorio se quedó solo, temblando. Miró a su secretaria a través del cristal y, con un gesto cansado, le indicó que podía retirarse. —Deja todo así, puedes irte a tu casa. —Yo iré a pasar tiempo con mi hija, que acaba de llegar de viaje —murmuró él, tratando de recomponer su dignidad antes de enfrentarse a la verdad.

Al llegar a la mansión de los Rossi, el aire se sentía distinto. Vittorio consultó su reloj de pulsera con nerviosismo. María, la fiel ama de llaves, se acercó a él con una mirada compasiva.

—¿Está el pastel favorito de mi hija? —preguntó Vittorio, buscando refugio en la rutina.

—Sí, señor. Está todo listo. He preparado el recibimiento tal como usted pidió —respondió ella con suavidad.

—Bien —suspiró él, hundiéndose en sus pensamientos—. No sé cómo decírselo, María... No sé cómo decirle que ya no es dueña de su destino.

En ese momento, el timbre de la puerta principal resonó por toda la estancia. María se apresuró a abrir.

—¡Señorita, bienvenida! —exclamó la empleada.

—Gracias, María —respondió Alessandra, entrando con una energía que contrastaba violentamente con la melancolía de su padre.

Al ver a Vittorio, Alessandra corrió hacia él y lo rodeó en un abrazo cálido. —¡Papá! Qué bello recibimiento, gracias. Está todo hermoso... ¡oh, mi pastel favorito! Gracias.

Se sentaron a la mesa. María sirvió las porciones de pastel mientras el sol de la tarde empezaba a ocultarse. Alessandra reía, ajena al peso del contrato que descansaba virtualmente sobre sus hombros.

—Dime, ¿disfrutaste tus vacaciones? —preguntó Vittorio, observando cómo su hija saboreaba el postre.

—Sí, papá. Fueron las mejores —sonrió ella, con los ojos brillando de felicidad.

Vittorio guardó silencio por unos segundos, observándola con una mezcla de amor y culpa. Finalmente, dejó su cubierto a un lado. —Hija... tengo algo que decirte.

Alessandra detuvo su movimiento, aún con un trozo de pastel en la boca, y lo miró con curiosidad. —Dime, ¿qué sucede? ¿Por qué tienes esa cara de funeral, papá?

—Es que no sé cómo decírtelo —confesó él, bajando la mirada—. Estamos pasando por un momento muy oscuro. Se trata de la empresa.

Alessandra dejó la cucharilla y su expresión se tornó seria de inmediato. —¿Qué sucede? Explícate.

—Estamos en bancarrota —soltó él, finalmente.

—¿Qué? ¿Cómo sucedió eso? —preguntó ella, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones.

—Lo siento, hija. Fue una mala inversión... pero ya tengo todo arreglado —añadió Vittorio con rapidez.

Alessandra arqueó una ceja, sospechando que algo no encajaba. —Entonces todo está bien, ¿no? No tengo por qué preocuparme.

—No del todo, hija. He hecho una alianza con un hombre de negocios muy poderoso. Él va a inyectar el capital necesario, pero con una condición.

Alessandra lo miró con asombro, sintiendo que un nudo se formaba en su garganta. —¿Cuál?

Vittorio bajó la mirada a sus manos entrelazadas antes de soltar la bomba. —Tendrás que casarte con su hijo.

El silencio que siguió fue atronador. Alessandra se levantó de la mesa de golpe, con el rostro pálido.

—¿Qué? ¡Te has vuelto loco, papá! —gritó ella—. Sabes bien que amo mi libertad, que siempre he hecho lo que me da la gana. ¿Acaso crees que soy un objeto que puedes tomar y vender al mejor postor?

—¡Hija, escúchame! No lo tomes así... es por nuestra empresa, por nuestra supervivencia.

—¿Qué hiciste, papá? —Las lágrimas de rabia comenzaron a asomar—. Me acabas de ofrecer a un hombre que no conozco. ¡A un extraño!

Vittorio se cubrió el rostro con las manos. —Es muy grave, hija. Es la única salida. Ya estudié todas las opciones y no existe otra forma de salvar el apellido Rossi. Incluso le mostré los libros a ese hombre para que viera la desesperación en la que estamos.

Alessandra se llevó una mano al cabello, caminando en círculos mientras el mundo que conocía se desmoronaba. Una lágrima solitaria recorrió su mejilla. —¿Por qué no esperaste a que yo llegara? ¿Por qué no...? —Su voz se cortó, ahogada por la traición filial.

Vittorio se levantó, sintiendo que se le partía el corazón al verla así. —No te preocupes, hija. Si de verdad no quieres cumplir con este acuerdo, hablaré con él. Romperemos los lazos y enfrentaremos la miseria juntos.

Alessandra se detuvo en seco. Miró a su padre, un hombre que se veía ahora pequeño y vulnerable. No podía permitir que lo perdiera todo. —Un segundo... —dijo ella, tratando de recuperar el control—. No, papá. No te preocupes. Solo envíame los documentos. Quiero revisarlos personalmente antes de tomar una decisión definitiva.

Vittorio asintió con una débil esperanza. —De acuerdo, hija.

Alessandra subió a su habitación a zancadas, cerrando la puerta tras de sí. A los pocos segundos, su teléfono vibró con la llegada de los archivos. Se sentó en el borde de la cama y comenzó a leer las cláusulas de aquel contrato matrimonial. A medida que avanzaba, el peso de la realidad la aplastó.

—Maldición —susurró, lanzando el teléfono contra la cama con furia—. Casarme con un desconocido a quien no conozco... vender mi alma por una empresa.

Miró por la ventana hacia el horizonte, sabiendo que su libertad tenía ahora una fecha de caducidad escrita con el apellido Volkov. Lo que no sabía era que, antes de ese compromiso, su destino cruzaría su camino con el del hombre que sostenía los hilos de su ruina.

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