
EL DESEO SECRETO DEL ALFA
Escarlata Ohara · En curso · 50.1k Palabras
Introducción
Mi destino cambió el día que Alfa Daniel Thompson y mi hermana Angélica Brookes se comprometieron. La madre de Daniel fue mordida por una serpiente venenosa, y solo yo pude salvarla. Así que una manada de lobos me obligó a casarme con él.
Después del matrimonio, viví una vida apasionada, pero tras quedar embarazada, Angélica me tendió una trampa. Dos años después, decidí regresar con mi hijo para vengarme.
Capítulo 1
Capítulo 1
Los lobos más importantes se reúnen en la lujosa casa de los Brookes.
Daniel Thompson, el Alfa de la manada Moon White, levanta su copa en medio de la gran mesa. Acaba de anunciar su compromiso con Angélica Brookes, quien será su esposa, la reina de la manada y su Luna.
Todos le felicitan. "Es perfecta", "La mejor elección", "Tendrán una cría sana".
Angélica representa el sueño de cualquier Alfa: una loba que puede estar a su lado, de sangre limpia, con modales y principios de reina.
—Me alegra que mi hija cumpla su propósito de ser tu Luna. Ella fue educada para cumplir con los deberes de una esposa y mantener tu hogar en orden; ese es el objetivo de su vida —dice su padre.
Una sonrisa burlona se escucha al fondo de la mesa, y las miradas incómodas de los invitados se dirigen hacia el origen.
—¿Qué te parece gracioso, hermanita? —La voz noble de Angélica cambia de inmediato.
Una joven de cabello rubio levanta la mirada avergonzada, intentando cubrirse el rostro con la mitad de su largo cabello suelto.
—Yo… creo que ser esposa no debería ser el único objetivo de vida —dice ella, bajando la mirada, sintiendo la presión.
—¿Qué otra cosa podrías pensar tú? Recordemos que una loba marcada en el rostro jamás podrá casarse.
Angélica se acerca a su hermana y corre su cabello para que todos vean la cicatriz en su mejilla derecha, una marca que ha definido su vida.
El padre de ambas las reprende con voz severa, ordenándole a Camila que se retire a la cocina.
—Querido Joseph, no permitiré que Camila, con su rebeldía, interfiera en la felicidad de mi prometida —gruñe Daniel, el Alfa.
Victoria, la madre de Daniel, le reprende por sus palabras desconsideradas.
—No hables así de Camila —gruñe.
El Alfa decide olvidar la situación y continuar con el brindis, besando a su prometida ante el aplauso de los invitados. En dos meses, ella será su esposa.
Camila llega a la cocina y da algunas indicaciones a las empleadas. No hay lágrimas en sus ojos; nunca ha podido llorar.
Desde que nació, Camila no ha derramado una lágrima. Parece incapaz de llorar. Solo le queda contener su rabia y respirar profundo.
Gira y ve a su hermana tomando una copa de champagne.
—¿Qué te pasa? ¿Celosa? —pregunta Angélica con tono burlón.
—¿Por qué lo estaría? Te repito, mi objetivo nunca ha sido ser esposa ni atender a un lobo como prioridad.
El Alfa entra en la cocina y Angélica lo abraza, fingiendo estar llorando.
—Camila me ha insultado. No puedo soportarla.
—¡Te lo prohíbo! Ella será tu reina y jamás deberás tratarla de esa manera —gruñe Daniel, jalando a Camila del brazo— Enciérrate en tu habitación.
—Estoy en mi casa y aquí hago lo que quiera. Eres mi Alfa, pero no mi dueño.
Daniel toma una copa de vino y la vierte sobre el vestido de la loba, sonriendo malévolamente.
—Te obligare a obedecer.
—¿Qué te sucede? —Victoria, la madre del Alfa, llega para impedir la terrible escena—. ¿Qué es esto, Daniel?
Camila sale corriendo, sin querer escuchar más humillaciones de sus dos verdugos.
—¡Pídele disculpas! —Victoria reprende al Alfa como si fuera un cachorro.
Aunque Daniel es de carácter fuerte, su madre es demasiado importante para él. Finalmente accede, aunque a regañadientes.
Sube al área de las habitaciones. La puerta de la habitación de Camila está entreabierta, y el lobo se asoma, quedando paralizado.
Ve a Camila quitándose el vestido sucio, su cuerpo desnudo deleita sus ojos y su corazón parece latir más rápido mientras traga saliva.
Siente cómo su masculinidad se despierta bajo el pantalón. El Alfa decide ir al baño del pasillo y se moja la cara.
Al mirarse en el espejo, reconoce en su reflejo una mirada de deseo. Camila es una diosa bajo aquellos vestidos viejos y holgados; su belleza es perfecta.
Niega con la cabeza. Camila jamás sería una elección; no podría gustarle. Está prohibida.
Baja las escaleras y decide fumar un cigarrillo, aún con esa imagen en su cabeza.
—¿Por qué te comportas así? Eres mi hijo, sé a quién eduqué, y no fue a un lobo caprichoso —dice Victoria.
—Eres mi madre, pero yo soy el Alfa. No quiero que vuelvas a hacerme bajar la cabeza ante nadie, y menos ante Camila. ¡Una marcada como ella!
Victoria le da una bofetada, decepcionada. El Alfa se retira, pero pocos segundos después se escucha un grito.
—¡Ayuda! —Victoria lanza un grito.
Daniel corre hacia su madre y la toma en sus brazos. Una serpiente la ha mordido en la pierna.
La lleva a la habitación principal. Victoria, en agonía, va perdiendo fuerzas.
—¡Salven a mi madre! —Daniel agarra al médico de la manada y le exige que la ayude.
—Mi señor, no hay antídoto.
Daniel siente que desfallece. No puede imaginar perder a su madre. Escucha los sollozos de Angélica y se acerca en busca de consuelo, pero se enfada al darse cuenta de que su prometida solo llora porque la cena de compromiso se ha arruinado.
Se sienta en una silla de madera junto a su madre. El médico le dice que solo queda esperar el final.
Camila llega con unos paños de agua y los coloca en la frente de Victoria, quien tiembla de frío.
—Vete, no quiero que la atiendas —dice Daniel, controlando sus ganas de llorar.
—Victoria es la única que me trata con cariño... Por favor, guarda el secreto.
Camila acerca sus labios a la herida de Victoria y parece succionar. Daniel abre los ojos, impresionado al ver un destello de luz.
Camila, agotada, se tambalea, y Daniel logra sostenerla en sus brazos.
—¿Qué hiciste?
La pierna de Victoria está sanada. La loba abre los ojos y, poco a poco, recupera el color vital.
—La sané —dice Camila, aún agitada.
El médico, que estaba en silencio y nadie notó su presencia, queda tan sorprendido que deja caer unos frascos al suelo.
—¡Ella es una loba sanadora!
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