
La perdición del Japones
Citlally Galo · Completado · 142.6k Palabras
Introducción
Kai juró no casarse jamás. Mucho menos seguir las tradiciones que destruyeron a su familia. Pero una alianza peligrosa lo obliga a sellar su futuro con la única persona con la que no quiere hacerlo: Mila Volkova.
Ella es joven, provocadora y demasiado inteligente para su edad. Y aun cuando debería comportarse como una dama, es todo lo contrario. Lo provoca, lo contradice y convierte un simple acuerdo en un reto constante. Entre ambos se desata una lucha de poder, porque Mila no piensa rendirse y Kai tampoco. Ahora, su matrimonio será su campo de batalla .
Capítulo 1
Mila
El suelo de madera frío me quemará las puntas de los pies si me demoro un segundo más, pero mi corazón late tan fuerte que siento que va a romper mi costilla. Inclino el cuerpo, agacho la cabeza en la pose final… y el teatro se queda en SILENCIO ABSOLUTO.
Ni un suspiro. Ni un paso. Solo el eco de mi propia respiración agitada, cortando el aire como un cuchillo. ¿Lo hice mal? ¿Se burlarán de mí en Japón, tierra de los mejores bailarines del mundo?
¡GUAUUUUUUU!
Los gritos estallan como una avalancha, aplausos que hacen temblar los paneles del escenario, voces que gritan mi nombre hasta que se pierden en el alboroto. Levanto la mirada y encuentro a mi instructora, con lágrimas brillando en sus ojos de orgullo —dos años de entrenamiento a destajo, de dietas estrictas, de dolores que me hacían llorar en silencio… ¡valieron la pena!
Japón. Este país que tanto temí y tanto anhelé es ahora mi escenario.
Sonrío mientras hago la reverencia, recibo un ramo de rosas rojas que casi me ciegan con su brillo, y vuelvo a inclinarme antes de que las cortinas comiencen a cerrarse. Cuando el telón oculta por fin a la multitud, el ambiente cambia de golpe: las miradas de mis compañeras me clavan como cuchillos.
—Otra vez ella —susurra una, con los labios ceñidos—. ¿De verdad creen que bailó mejor que nosotras?
—No es solo por bailar, claro —jadea otra, mirándome de arriba abajo con desprecio—. Todos sabemos qué otras cosas hace para conseguir los solos…
Me giro hacia ellas, con la cabeza alta y la mandíbula apretada:
—Si usaran menos esa boca para hablar mierda y más para respirar bien mientras bailan, quizás no estarían aquí envidiando —respondo antes de dar media vuelta y zambullirme en el vestuario más alejado, cerrando la puerta con un ¡CLAC! que hace temblar los marcos.
Estoy agotada. No he comido más que yogur y una manzana en dos días para estar en peso ideal, y mis músculos gritan por reposo. Pero no puedo detenerme: esta noche es la fiesta donde los directores de la academia de danza más prestigiosa del planeta estarán presentes. Ese lugar es mi única salida, mi única forma de escapar del internado donde mi hermano mayor me encerrará si fracaso.
—Vamos, Mila —me digo a mí misma, sonriendo a duras penas—. Lo hiciste bien. Ahora solo queda brillar una vez más.
Me levanto y camino hacia el rincón donde guardé mi vestido de noche rosa —el que me costó todo mi dinero ahorrado, el que iba a hacer que todos me vieran como la bailarina que soy. Pero cuando aparto la tela que lo cubre, mi aliento se queda en la garganta: está destrozado. Rasgones profundos cruzan el tejido de seda, los lentejuelas están arrancadas y el cuello está roto como si un animal lo hubiera desgarrado.
¡Esto es una maldita traición!
Mis dedos tiemblan al tocar el desastre, la rabia y el miedo mezclándose en mi estómago hasta que me hace marear. Si no llego a esa fiesta con buen pie, todo se irá al traste. Mi futuro se esfumará como humo.
De repente, un golpe seco en la puerta.
¡TAC! TAC! TAC!
Seguro que son ellas, para verme sufrir. Para burlarse de mí.
Abro la puerta de un jalón, lista para enfrentarlas con todas mis fuerzas… pero me topo con él.
Un hombre alto. Muy alto. Tan alto que tengo que levantar la cabeza hasta casi dolerme el cuello. Ojos negros como la obsidiana, cabello corto que le cae justo al ras de las orejas, y una presencia que llena todo el pasillo. Y en su mano, un ramo de rosas Juliet —raras, preciosas, de un color que nunca antes había visto.
—Su presentación fue exquisita, señorita —dice en japonés impecable, y su voz me hace estremecer desde los pies hasta el cabello—. Mi hermana no sonreía desde hacía meses. Usted la hizo sonreír.
Me quedo muda, mirándolo de arriba abajo, sin poder sacar ni una palabra. Las rosas parecen brillar con luz propia, pero mis ojos no pueden apartarse de él. ¿Quién es? ¿De dónde viene? ¿Por qué siento que mi vida acaba de cambiar en un instante solo por verlo? Una necesidad ardiente se apodera de mí: quiero saberlo todo sobre él, cada detalle, cada secreto, pero su rostro es un misterio impenetrable, y esa frustración me quema por dentro casi más que la rabia por mi vestido.
—Gra… gracias —susurro finalmente, con mi japonés torpe y entrecortado. Él sonríe, y aparecen dos hoyuelos que casi me paran el corazón. Quiero grabar esa sonrisa en mi memoria, quiero saber qué hay detrás de ella, pero él ya está mirando su reloj, como si yo fuera solo un momento pasajero en su día.
—Debo darle las gracias a usted —añade, mirando su reloj de pulsera de acero que brilla bajo la luz—. Ya es hora de que me marche. Disfrute de su estancia en Japón: nadie le hará daño, me aseguraré.
Se da media vuelta para irse, y algo en mi pecho se contrae con fuerza, un dolor agudo que no esperaba. ¡No puedo dejarlo ir! No así, sin saber más, sin tenerlo un poco más cerca. Él tiene dinero, influencia —lo veo en cada detalle de su ropa, en su actitud, en la forma en que se mueve como si el mundo fuera suyo. Es mi única esperanza, pero también es algo más: una obsesión que acaba de nacer y que ya me consume.
—¡Esperen! —exclamo, estirando la mano hasta tocar su brazo. Un escalofrío recorre mi cuerpo al contacto, y quiero no soltarlo nunca, quiero quedarme con ese calor en mi piel para siempre—. Necesito su ayuda.
Él se gira lentamente, mirándome fijamente con esos ojos que parecen ver hasta lo más profundo de mi alma, y yo me siento atrapada, deseosa y asustada a la vez. Quiero que me mire así para siempre, quiero que solo me mire a mí.
—Dígame.
Su voz es fría, pero no me importa. Estoy dispuesta a todo para no perderlo de vista, para conseguir lo que quiero de él.
—Mi vestido… —susurro, sintiendo mis mejillas arder de vergüenza, pero mi mirada no se aparta de la suya, desafiante y suplicante al mismo tiempo—. Lo arruinaron. En esa fiesta están las personas que decidirán mi futuro. Sin un vestido decente, todo mi esfuerzo se va al traste. Solo necesito que me ayude a conseguir uno nuevo. Por favor.
Muerdo el labio inferior hasta casi hacerme daño, mientras sus ojos negros estudian cada centímetro de mi rostro. Me siento pequeña, vulnerable… pero no me importa. Es ahora o nunca. No solo por mi futuro, sino por él. No puedo dejar que se vaya y se convierta en un recuerdo borroso. Tengo que tenerlo cerca, tengo que saber más.
Después de lo que parece una eternidad, él arquea una ceja y dice con voz fría, cortante como un cuchillo:
—No me interesan las niñas, señorita. Solo vine a agradecerla. Busque ayuda en alguien de su edad. ¿Cuántos años tiene? ¿Doce?
Mi cara se contorsiona de fastidio, pero no es solo por su insulto. Es por la frustración de ver que él no ve lo que hay en mí, que no siente lo mismo que yo siento en este instante. Una idea loca cruza mi mente —y sé que haré lo que sea necesario, absolutamente todo, para conseguir lo que quiero. No solo el vestido. A él.
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