
Mi Tío, Mi Pecado
Juliana Palacios · En curso · 54.0k Palabras
Introducción
Sin embargo, el placer se convierte en pesadilla cuando las luces se encienden: el hombre que ahora posee su cuerpo es Bram van der Meer, el tío que su familia desterró años atrás.
Bram no ha vuelto por amor, sino por venganza. Él no la ve como su sobrina; la ve como el trofeo perfecto para destruir a su padre. Enredados en una relación prohibida y oscura, Katrijn descubrirá que el hombre al que debe llamar tío es el único pecado que no quiere dejar de cometer.
Capítulo 1
La mansión de los De Vries bullía con una elegancia que a Katrijn le provocaba náuseas. El olor a perfume caro, el tintineo de las copas de cristal y las risas fingidas de la aristocracia de Róterdam la asfixiaban. Ella no era como ellos, aunque luciera como la joya más brillante de la corona. Esa noche, Katrijn vestía un vestido de seda roja tan ajustado que apenas la dejaba respirar, con un escote que desafiaba la paciencia de su padre y una falda que se abría en una pierna cada vez que daba un paso desafiante. Se sentía atrapada en su propio cuerpo, en su propia casa, observada por una madrastra que criticaba cada uno de sus gestos con la mirada.
—¡No puedo más! —susurró para sí misma, ignorando el llamado de su padre desde el salón principal.
Escapó por la escalera trasera, arrastrando la seda roja con una mano mientras sostenía una copa de champaña en la otra. Buscó el lugar más oscuro y alejado: la biblioteca de su abuelo. Sabía que allí nadie la molestaría. Al entrar, el olor a cuero, tabaco y papel viejo la envolvió, ofreciéndole un refugio momentáneo. Pero el silencio no duró.
En la penumbra, cerca de los grandes ventanales que daban al jardín iluminado, una silueta se recortaba contra la luz de la luna. Era un hombre que nunca antes había visto. No era uno de los invitados habituales de su padre; este hombre tenía una presencia que llenaba la habitación, una energía cargada de una arrogancia que Katrijn reconoció de inmediato.
—La fiesta es abajo, princesa. ¿Te perdiste o estás huyendo? —La voz del hombre era profunda, áspera, y vibró en el pecho de Katrijn como un golpe seco.
Ella dio un paso al frente, entornando los ojos. Él estaba de espaldas, pero su porte era imponente. Vestía un traje negro hecho a medida que remarcaba sus hombros anchos y su espalda poderosa.
—Yo no me pierdo —respondió ella, empinando la barbilla—. Y no soy una princesa. ¿Quién eres tú?
El hombre se dio la vuelta con lentitud. Katrijn sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Era joven, quizá a mediados de los treinta y cinco años, con rasgos marcados y una barba de pocos días que le daba un aspecto peligroso. Sus ojos eran oscuros, pesados, y la recorrieron de arriba abajo con una intensidad que la hizo sentir desnuda. No era una mirada de admiración, era una mirada de posesión, como si estuviera reclamando algo que ya le pertenecía.
—Un invitado… indeseado pudiera decirse —dijo él, dando un paso hacia ella. Su caminar era seguro, sin miedo—. Por lo que veo, tú tampoco encajas mucho allí abajo.
—Algo así —respondió Katrijn, con apatía mientras dejaba la copa sobre una mesa de madera oscura. Se acercó a él, movida por una curiosidad imprudente y el deseo de llevarle la contraria, como bien lo hace con todo el mundo—. Solo quiero salir de aquí. Quiero algo real.
Él soltó una risa corta, sin alegría, y se detuvo a centímetros de ella. El calor que emanaba su cuerpo la golpeó de frente. Katrijn pudo oler su loción, algo que mezclaba maderas y el aroma metálico de la noche.
—Cuidado con lo que deseas, niña rica. Lo real suele quemar.
—No me llames niña —lo desafió y puso una mano sobre el pecho firme del hombre. Sintió el latido de su corazón, fuerte y constante bajo la fina tela de la camisa—. No tienes idea de lo que puedo ser capaz.
El hombre la tomó de la cintura con una mano grande y callosa, pegándola violentamente contra él. El contacto fue eléctrico. Katrijn soltó un pequeño jadeo, pero no se apartó; al contrario, hundió sus dedos en los hombros de él.
—Eres una caprichosa que busca llamar la atención —le susurró al oído, su aliento caliente rozó la piel del cuello de Katrijn—. Pero tienes fuego en los ojos. Un fuego que nadie ha sabido apagar.
—Entonces inténtalo tú —lo retó buscando su mirada. Su corazón latía desbocado, no por miedo, sino por una excitación que nunca había sentido con ninguno de los jóvenes que su padre le presentaba.
Él la miró con una mezcla de burla y deseo hambriento. Sin previo aviso, la levantó del suelo como si no pesara nada y la sentó sobre el escritorio de madera pesada, apartando libros y papeles de un manotazo. La seda roja de su vestido se subió por sus muslos, dejando su piel expuesta al aire frío de la habitación y al calor de las manos de él.
—¿Sabes lo que estás haciendo? —le preguntó eld desconocido en un tono de voz que cambió a un gruñido bajo—. Si sigo, no habrá vuelta atrás. No me importa quién seas. Te voy a marcar de una forma que nunca olvidarás para que aprendas que una niña no puede andar por la vida desafiando a todo el mundo.
—Hazlo —suplicó Katrijn, enredando sus piernas alrededor de la cintura de él—. Hazme olvidar que existo.
Bram no esperó más. La besó con una furia que le robó el sentido. No fue un beso romántico; fue una batalla de lenguas, una declaración de guerra. Sus manos se movieron por el cuerpo de Katrijn con una propiedad absoluta, apretando sus caderas, reconociendo cada curva de su cuerpo con una urgencia que la hacía temblar. Katrijn soltó un gemido que se perdió en la boca de él, sintiéndose por primera vez dueña de su propio deseo.
Él se separó apenas unos milímetros, sus ojos fijos en los de ella, estaban empañados por la lujuria.
—¡Mírame bien! —ordenó Bram con arrogancia—. Porque esta noche vas a pertenecerle al hombre que más odian muchas familias.
Katrijn no entendió la advertencia, ni le importó. En ese momento, solo existía el roce de su piel contra la de él, la presión de sus cuerpos y esa necesidad violenta de ser reclamada por alguien que no le tuviera miedo. Lo que ella no sabía, mientras permitía que él deshiciera el cierre de su vestido rojo, era que ese extraño era el hombre que su padre había intentado destruir: el hermano que nunca fue sangre, pero que ahora se convertiría en su mayor pecado.
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