
Por un Contrato
Daniela León · En curso · 278.0k Palabras
Introducción
A sus dieciocho años, Irina Jenner tomó la decisión de mudarse a otra ciudad tras ganar una beca en una de las universidades de diseño más prestigiosas de Nueva York. Sin embargo, esa no fue la elección que transformó su destino. En realidad, Irina no tuvo mucho tiempo para meditar la decisión que lo cambiaría todo.
Dicen que las mejores locuras se cometen sin pensar. Una firma, un contrato; un simple trozo de papel que entrelazaría dos vidas para siempre.
Quién sabe cómo terminará, pero todo empezó... por un contrato.
Capítulo 1
IRINA JENNER
El aire en mi habitación está saturado de una tensión que casi se puede cortar. Mi madre no deja de dar vueltas, sus pasos marcan un ritmo ansioso mientras yo intento guardar mi escasa ropa en un par de maletas.
—No puedes irte —sentencia por quinta vez en cinco minutos—. Tienes que quedarte aquí, Irina. Ese no es tu mundo. El nuestro está en la tienda, con nuestras cosas, con nuestra gente.
Suspiro, cerrando una cremallera con más fuerza de la necesaria.
—Mamá, me gané esa beca. No se la estoy robando a nadie, es fruto de mi esfuerzo.
Ella se detiene y me mira con una mezcla de lástima y reproche.
—¿Qué vas a hacer en una escuela de ricos, además de ser el blanco de sus burlas? Pon los pies en la tierra. Soñar solo es bueno cuando duermes; para vivir, hay que estar bien despiertos.
Me detengo en seco, sosteniendo su mirada.
—¿De verdad no crees que pueda graduarme?
—La verdad... no —responde con una frialdad que me cala los huesos—. Somos lo que somos, hija. No intentes ser otra persona.
—No voy a hacer amigos, mamá. Voy a convertirme en diseñadora —le aclaro, tratando de mantener la voz firme a pesar del nudo en mi garganta.
—¿Entonces vas a ser una antisocial? —suelta con sarcasmo.
—No, simplemente voy a enfocarme. Me da igual si se ríen de mí; mi único objetivo es ese título.
Desde niña, mi refugio habían sido los trazos y las texturas. Diseñaba mis propios accesorios con materiales económicos, pero con una visión que sabía que me diferenciaba. La tienda de artesanías de mi familia era el orgullo de mis padres, su gran sacrificio, pero para mí se sentía como una jaula de oro y barro.
—Alguien tiene que encargarse del negocio —insiste ella.
—El negocio es suyo —repliqué con una madurez que me sorprendió a mí misma—. Ustedes lo crearon. No es justo que hipotequen mi futuro, ni el de mi hermana, solo para tenernos bajo su sombra.
Mi padre, que había estado observando desde el umbral, decidió intervenir. Su voz era grave, cargada de esa autoridad incuestionable que siempre intentaba imponer.
—Cuando te arrepientas, cuando te den cuenta de que no perteneces a ese sitio, ya veremos qué dices. Recuerda que tus padres nunca se equivocan. Tu lugar está aquí, con tu familia. Y no le llenes la cabeza de pájaros a tu hermana; ella estudiará aquí, como debe ser.
—Lo que ella quiere estudiar no tiene futuro en esta ciudad —le recuerdo, pero él solo se encoge de hombros, cerrando cualquier posibilidad.
Termino de empacar en un silencio sepulcral. Me despido de mi hermana con un abrazo y prometiendonos al menos una llamada diaria. A mis padres apenas pude darles un adiós; su orgullo era más grande que su despedida.
Mientras el taxi se aleja, miré por la ventana trasera cómo mi casa se hace pequeña. Entendí, con una punzada en el pecho, que durante los próximos cinco años el concepto de "hogar" tendría que construirlo yo misma.
Cinco horas después, el frío aire de Nueva York me recibe con una bofetada de realidad. Había pasado meses buscando rentas asequibles y empleos de medio tiempo; mi beca cubría la matrícula, pero Manhattan no perdonaba el hambre ni el cansancio.
Llegué al edificio de mi nueva residencia, donde Mónica, mi casera, me esperaba con una sonrisa amable que me devolvió un poco de calma.
—Eres Irina, ¿verdad? —pregunta mientras subíamos las escaleras—. Es pequeño, como te dije, pero acogedor.
El apartamento es apenas un estudio con lo básico: una cocina minúscula, un rincón que sirve de sala y una habitación que será mi santuario. Es perfecto porque es mío.
—Me comentaste que buscabas empleo —dijo Mónica antes de irse—. Tengo un amigo que gestiona un bar de alto nivel. Es un lugar elegante, seguro y la paga es excelente. Está en una zona exclusiva, pero si te interesa, puedo hablar con él.
—Me interesa —respondo de inmediato. En mi situación, la selectividad es un lujo que no puedo permitirme.
Poco después, recibo un mensaje con la dirección y una cita para la mañana siguiente. Tras una ducha rápida y una llamada a mi hermana para confirmarle que estaba a salvo, caí en un sueño profundo, agotada por el peso emocional del día.
El local no es un simple bar; es un monumento al exceso y la elegancia.
Al llegar, dos guardias de seguridad me cortan el paso.
—Está cerrado —dijo uno, cuya estatura me obliga a forzar el cuello hacia atrás.
—Tengo una cita con el encargado por un puesto de trabajo —respondo, manteniendo la compostura.
No voy a permitir que me intimiden en mi primer día en la ciudad.
Tras una breve confirmación por radio, me permiten pasar. El interior es un despliegue de terciopelo, luces tenues y acabados en madera noble. Me guían hasta una oficina en la planta superior, donde un hombre mayor me observa con ojos analíticos.
—Siéntate, Irina —dice señalando una silla—. Disculpa la seguridad, pero este es un establecimiento de categoría. Aquí la discreción y el orden son leyes.
Escucho atentamente sus condiciones.
—Tengo 18 años y una beca para estudiar diseño en la universidad —le explico cuando pregunta por mi perfil—. Mis mañanas son para los estudios; mis tardes y noches, para el trabajo.
—Me gusta que seas aplicada —comenta él—. Pero quiero ser claro: mis empleados tienen prohibido cualquier vínculo personal con los clientes. Este es un lugar familiar y de altura, no un club de mala muerte. Tampoco permito líos entre el personal.
—Me parece perfecto, señor. De hecho, me da mucha tranquilidad que esas sean las reglas —respondo con sinceridad. Mi prioridad es mi carrera, no el romance.
—Estarás a prueba una semana. Si demuestras eficiencia y no hay quejas, el puesto es tuyo con un sueldo acorde a la exigencia del lugar. ¿Empezamos hoy?
—Hoy mismo —digo, extendiendo mi mano para sellar el acuerdo.
Al salir de la oficina, siento que el peso del desprecio de mis padres empieza a aligerarse.
Nueva York es enorme y despiadado, pero yo ya no soy la niña que atendía una tienda de artesanías. Ahora soy una mujer con un sueño por cumplir.
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Última actualización: 9/15/2026
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