
REHEN DE SU DESEO
J.G. Santana · En curso · 62.6k Palabras
Introducción
Capítulo 1
La llovizna de las once de la noche flotaba en el aire de la ciudad como una cortina de agujas frías. Daniela se ajustó el cuello del abrigo de lana gris, maldiciendo internamente la última auditoría que la había mantenido atada a su escritorio en el bufete de contadores durante catorce horas seguidas. Sus ojos ardían por la luz de las pantallas y sus pies protestaban dentro de los tacones. Lo único que deseaba era tomar un taxi, llegar a su departamento, descorchar una botella de vino barato y sepultarse bajo las cobijas hasta el mediodía del sábado.
Caminó a paso rápido por la acera semivacía del distrito financiero. Las luces de los rascacielos se diluían en la niebla superior, dándole a la avenida un aspecto fantasmal y opresivo. A lo lejos, el eco de una sirena rompió el silencio, un recordatorio constante de que la urbe nunca dormía, y de que la seguridad era solo una ilusión bien pagada.
Daniela cruzó la esquina de la calle 42, buscando con la mirada el destello amarillo de un transporte disponible. Fue en ese preciso instante cuando el universo, con su habitual y macabro sentido del humor, decidió descarrilar su vida.
Un sedán negro, con los cristales completamente tintados y los faros apagados, se deslizó desde las sombras junto a la acera. El frenazo fue sordo, pero el chirrido de los neumáticos sobre el asfalto mojado disparó las alarmas en el instinto de Daniela. Ella se detuvo en seco, con el corazón dándole un vuelco violento contra las costillas. Intentó retroceder, pero sus tacones resbalaron levemente en la superficie húmeda.
La puerta trasera del auto se abrió de golpe.
Antes de que pudiera gritar, antes de que sus cuerdas vocales lograran articular el miedo que congelaba su pecho, una figura masiva y vestida de oscuro emergió del vehículo. El movimiento de aquel hombre fue quirúrgico, rápido y desprovisto de cualquier vacilación humana. Un brazo de hierro, envuelto en tela táctica negra, la rodeó por la cintura, levantándola del suelo como si no pesara más que una muñeca de trapo.
Daniela abrió la boca para emitir un alarido, pero una mano enguantada en cuero rústico se estampó contra sus labios, ahogando el sonido en una bocanada de aire caliente y pánico. Sintió el olor a lluvia, a cuero y a un perfume amargo, casi metálico, que emanaba de su captor.
—Ni una palabra si quieres seguir respirando —susurró una voz masculina junto a su oído. Era una voz profunda, rasposa, cargada de una frialdad que helaba la sangre más que la tormenta nocturna.
El mundo de Daniela se volvió un torbellino de movimiento violento. Fue arrojada al asiento trasero del automóvil. Su cabeza golpeó contra el cuero tapizado y, antes de que pudiera incorporarse, una pesada capucha de tela negra cayó sobre su cabeza, sumiéndola en una oscuridad absoluta y sofocante.
El pánico se transformó en una ola claustrofóbica. Daniela comenzó a sacudirse, pateando a ciegas, arañando el aire, intentando desesperadamente aferrarse a la realidad que le acababan de arrebatar.
—¡Suéltame! ¡Por favor, no tengo dinero! ¡Déjame ir! —gritó contra el tejido de la tela, sus palabras saliendo amortiguadas, húmedas por las lágrimas que ya comenzaban a brotar sin control.
—Cállate —ordenó la misma voz desde el asiento delantero. Hubo un eco metálico, el sonido inequívoco de un arma cargándose, y luego el motor del coche rugió, acelerando a fondo. La inercia la empujó hacia atrás, hundiéndola en el asiento.
En el asiento del conductor, Andrés apretó las manos alrededor del volante de cuero hasta que sus nudillos se volvieron blancos. Sus ojos, fríos y calculadores como los de un depredador que lleva meses acechando, se fijaron en el espejo retrovisor. La silueta encapuchada en el asiento trasero se retorcía.
Todo había salido según el plan. El cronograma exacto, la ruta de escape limpia, la ausencia de testigos. Llevaba dos años planeando este momento, transformándose a sí mismo de un agente de élite destruido por el dolor en un fantasma obsesionado con la retribución. Mauricio Sandoval, el hombre que operaba detrás de las cortinas de la corrupción política, el monstruo que había ordenado el asesinato de su familia para encubrir un fraude millonario, finalmente pagaría. Y la forma de destruirlo era quitarle lo que más amaba: su única hija, Valeria Sandoval.
Andrés tomó una curva cerrada, adentrándose en la zona industrial abandonada de los muelles. El plan era mantenerla oculta el tiempo suficiente para desestabilizar el imperio de Sandoval, obligarlo a dar un paso en falso y luego ejecutar su venganza cara a cara.
La mujer en el asiento trasero dejó de gritar para dar paso a unos sollozos ahogados, un llanto que denotaba una desesperación pura y primitiva. Andrés frunció el ceño. Algo en la frecuencia de ese llanto, algo en la vulnerabilidad extrema de ese cuerpo menudo, picó su instinto entrenado. Valeria Sandoval era una heredera criada en la opulencia, conocida en las columnas de sociedad por su soberbia y su actitud desafiante. La mujer que llevaba atrás parecía... diferente. Demasiado desprotegida.
"Es el miedo", pensó Andrés, desechando la duda con frialdad profesional. El miedo cambia a cualquiera.
Veinte minutos después, el auto se detuvo en el interior de un almacén subterráneo, un búnker de hormigón iluminado apenas por una bombilla parpadeante que colgaba del techo. Andrés apagó el motor. El silencio que siguió fue denso, roto solo por el goteo del agua subterránea y la respiración agitada de la prisionera.
Andrés bajó del auto, rodeó la carrocería y abrió la puerta trasera. Agarró a la mujer del brazo y la sacó del vehículo con brusquedad, arrastrándose hacia una silla de metal atornillada al suelo en el centro de la habitación. Ella temblaba violentamente.
Con un movimiento seco, Andrés la obligó a sentarse y, sin contemplaciones, le arrancó la capucha de tela negra para que lo mirara de frente, para que entendiera que su vida ahora le pertenecía a él.
La luz parpadeante iluminó el rostro de la mujer.
Andrés se congeló. Sus pupilas se dilataron y el aire se atascó en sus pulmones.
Frente a él no estaba la melena rubia platinada ni las facciones frías y operadas de Valeria Sandoval. La mujer que lo miraba con ojos grandes, castaños y desorbitados por el terror, tenía el cabello oscuro y empapado por la lluvia, la piel pálida y unos labios temblorosos que sangraba levemente donde se había mordido por el pánico. Su rostro era natural, hermoso en su vulnerabilidad, pero completamente ajeno.
Miró el gafete corporativo que colgaba del cuello de la joven, medio torcido por el forcejeo. En letras azules se leía: Daniela Vega. Departamento de Auditoría Externa.
Andrés retrocedió un paso, sintiendo un vacío helado en el estómago. El abismo del error se abrió bajo sus pies. No tenía a la hija del hombre que odiaba. Había secuestrado a una inocente. Había destruido el plan de su vida, y el juego apenas comenzaba.
Últimos capítulos
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Última actualización: 7/22/2026#43 Capítulo 43 El reencuentro
Última actualización: 7/22/2026#42 Capítulo 42 La espera
Última actualización: 7/22/2026#41 Capítulo 41 El proceso legal
Última actualización: 7/22/2026
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