
Alejándome del lobo
Jade F. C. J · Completado · 102.7k Palabras
Introducción
Cuando Carolina se entera de que Kayler vuelve a Lewiston ella intenta no ir detrás de él casi al momento. Pero se da cuenta de que Kayler está en las mismas andanzas de antes: fiestas cada fin de semana, alcohol, salidas misteriosas. Todo le parece un tipo de déjà vu como en los inicios ¿a eso quiere jugar Kayler Brown? Bien, ella lo puede hacer mucho mejor.
Las venganzas y la falta de comunicación entre ambos los harán cometer varios errores, pero hay un chico nuevo en el pueblo, su nombre es Gadreel, ¿quien es Gadreel? ¿Y por qué dicen que es un caído?
Capítulo 1
CAROLINA
—Carolina, ¿me escuchas?
Parpadeo varias veces y miro a la persona frente a mi: la doctora Morrison. Se ha convertido en mi psiquiatra desde hace ya algunos meses. Desde que esa persona se fue —no quiero decir nombres— había quedado demasiado mal. Había entrado en una depresión horrible, no quería comer, nada de lo que hacía antes me daba satisfacción. Aparte de eso experimenté algunos problemas de ansiedad, lo descubrí cuando me había metido a la ducha después de días y experimenté un ataque de ansiedad.
Pensé que moría.
Así que mi mamá me buscó ayuda y volví a Lewiston, no podía estar fuera, de alguna forma había experimentado un tipo de miedo por el mundo exterior. Mamá me cuidaba, se ocupada de darme mis medicinas —para no decir antidepresivos— y demás. Junto con Mike, claro está. Me pregunto si Mike le dirá algún día la verdad a mamá y también me preguntaba si ella lo aceptaría.
—Si —respondí. Tenía sesiones una vez cada quince días.
—¿En que pensabas?
La doctora Morrison era tez blanca, cabello rubio y un poco bajita. Usaba lentes y tenía una carpeta con ella en donde llevaba mi registro. A decir verdad fue una gran ayuda para mi y me ha ayudado a superar varios traumas: empezando por la violacion que tuve. Cuando pienso en eso aprieto mis puños súper fuerte y me provoca golpear a Rafael. Me provoca hacerle de todo. Sin piedad. Pero me calmo, diciéndome que no vale la pena enojarme y poner en riesgo mi salud por alguien como él.
—En cosas —me limité a decir.
—Nos ha agarrado la noche, ¿te sientes mejor que hace quince días? Puedo minorar la dosis si es así, te veo un poco más relajada —me dice.
—No, la dosis está bien por ahora. Quizás más adelante —me apresuré a decir. De alguna forma los medicamentos me hacían sentir bien.
Ella duda.
—Está bien. Terminamos por hoy. Recuerda hacer tus ejercicios de respiración. ¿Has ido a las clases de yoga?
Me había inscrito unos meses atrás a clases de yoga aquí en el pueblo y me habían servido mucho.
—Esta semana no fui porque tenía cosas que hacer con mamá y Mike pero en la próxima si voy —me puse de pie, tomando mi abrigo y mi bolso.
—Está bien, solo recuerda no dejarlas por ahora. Son de mucha ayuda.
Y lo sabía. Me sentía un poco mejor.
—Te veo en quince días entonces —me sonríe.
—Nos vemos.
Cuando salgo de la oficina el viento helado me hace sentir escalofríos. Hoy será una noche muy friolenta. Estábamos a finales de Enero, había retomado mis clases de la universidad en línea. No estaba preparada para volver a la universidad, ver a Rafael y peor volver a mi habitación.
Seguí caminando por la acera, había dejado el auto de mamá estacionado a unas cuantas calles. Era de noche y no había mucha gente transitando. Lewiston no era muy transitado que digamos. Respiré profundo, relajándome. Cuando me acordaba de él aún sentía una tristeza en mi pecho, pero la descartaba de inmediato. No me quiso escuchar en su momento, no me creyó y eso es algo que tampoco puedo perdonar. Y no seguiré yendo detrás de él como perrito faldero. Esa no es la Carolina Lane que conozco.
Cuando estaba a punto de llegar a mi auto no me sentí del todo sola, de repente me sentí observada y eso me dio un poco de nervios y miedo. Miré para todos lados pero no había nadie. Apresuré el paso hasta llegar a la puerta de mi auto, busqué las llaves en mi bolso pero para mi mala suerte nunca las encontraba.
Cuando sentí un hormigueo en mi nuca volteé a ver detrás de mi de inmediato, pero no había nadie tampoco.
Okay, tienes que relajarte, Carolina, es solo tu mente jugándote una mala pasada. Me calmé y seguí buscando las llaves pero un ruido arriba de mi cabeza me hizo detenerme en seco. Era como si alguien estuviera moviendo las ramas del árbol. Elevé la vista y miré: estaba oscuro, el árbol se movía y movía, achiqué la vista para ver más pero no lograba ver nada. Todo era negro.
Y entonces pasó: las luces de un camión alumbraron el punto exacto. Lo que miré por una milésima de segundo: un chico en pantalones, sin camisa, mirándome fijamente con sus ojos negros y una sonrisa maquiavélica ¿además de eso? Miré dos cosas negras detrás de él, en su espalda: ¿alas? La luz del camión pasó así que todo volvió a ser negro. Sentía miedo. Terror. Me apresuré a buscar las llaves del coche, encontrándolas en el bolsillo de mi pantalón, abrí la puerta, me adentré y arranqué, alejándome de sea lo que sea que haya visto.
—¿Cuando vienes, Anne? —me acuesto en mi cama con el teléfono celular puesto en mi oreja. Hablaba con Anne, la extrañaba para ser sincera, pero ella estaba haciendo su vida y estudiando en Canadá, junto con Thomas. Me alegraba que Anne encontrara a alguien como él, que la ama incondicionalmente.
—No lo sé, Caro, estoy en exámenes y tengo mucho que estudiar, ¿tú estás estudiando?
Bufé.
—Obvio —medio mentí. Estudiaba, sí, pero no en exceso.
—Caro... —musita.
—Créeme, Anne, lo hago, una hora al día o dos. Diario —hice un hincapié en eso último.
—Está bien. Extraño Lewiston —dice— Extraño andar por el bosque de vez en cuando con mi bicicleta. Extraño visitarte. Como en los viejos tiempo, ¿recuerdas?
—Lo recuerdo. —suspiré profundo algo nostálgica junto con Anne. Ojalá volviéramos a esos días. Al menos evitaría conocer a alguien de por aquí cerca. —Pero bueno, son nuevos comienzos, lo único que queda es adaptarse y hacer que sea un lugar mejor.
—Me alegra escucharte hablar así —dice— ir a terapia te ha servido mucho. Me siento orgullosa —lloriquea.
—Ya, Anne —no me gustaba lo cursi ni las lloraderas.
—Lo siento —sorbe su nariz— ¿has hablado con Connor? —me pregunta, cambiando de tema.
—No, ese ingrato ya no me habla desde que está con Kenzie.
—Oh, oh, ¿acaso son celos los que estoy percibiendo?
—Por supuesto que no —me siento de inmediato en la cama— estás loca —reí.
Es que extrañaba a Connor y casi no hablábamos.
—Hmm bueno, te tengo que dejar, amiga, quiero seguir estudiando —se le escucha un bostezo.
—Mejor descansa —aconsejo— duerme un poco y luego continuas.
—Quizás tengas razón. Te hablo más luego, cuídate.
—Bye —corté.
Al menos aún hablaba con Anne.
•
Por la noche me preparo algo de comer y me siento en el comedor a cenar. Estaba sola, al principio era muy difícil estarlo, me sentía deprimida y lo único que hacía era llorar. Pero poco a poco empezó a gustarme estar sola, sentía una especia de paz y tranquilidad. Obviamente venían recuerdos a veces, pero lograba ser más fuerte que ellos. Cuando termino de comer, lavo mi plato y lo pongo en la platera, en eso, mi celular suena anunciando un mensaje de texto.
Lo leo mientras camino hacia la sala.
De desconocido:
Buh.
¿Ah? Frunzo el ceño ya que no entiendo el contenido del mensaje así que tecleo una respuesta.
¿?
De desconocido:
¿Sola en casa?
De Carolina:
No es tu problema, ¿quien eres?
Desconocido:
Abre la puerta y averígualo.
Sentí un poco de pánico y algo de desconfianza.
Carolina:
Estas loco si crees que abriré la puerta. Tengo un arma.
¿En serio, Carolina? Bueno, no me juzguen, puedo usar el rifle de Mike, la vez pasada me enseñó así que... puedo contra quien sea que sea. Subo a la habitación de mamá y busco en el armario el rifle, lo cargo y bajo otra vez a la sala, acercándome a la puerta. Miré por el huequito de esta... pero no había nadie.
Esta vez no me van a intimidar como años atrás.
Me celular sonó.
Desconocido:
¿Miedo?
Carolina:
Seas quien seas no te tengo miedo. No sabes quien soy.
Desconocido:
Una rubia común y corriente.
Me enojé. Pero no debía enojarme.
—Relájate, Carolina, relájate. Todo está bien. No vale la pena perder los cabales por un idiota que solo quiere hacerte una broma.
Carolina:
Imbecil.
Desconocido:
Por qué no abres, conejita? El lobo feroz solo quiere ser tu amigo.
Sentí una especie de escalofrío cuando dijo eso.
El lobo feroz.
De alguna manera me recordó a Kayler. Tragué grueso y seguí respondiendo.
Carolina:
No es gracioso.
Será...?
No.
No es él.
Desconocido:
Ábreme, conejita.
Carolina:
Deja de llamarme así.
Desconocido:
No te acuerdas de mi? Me conociste saliendo de tu loquera.
Y entonces hice memoria. ¿Saliendo del psiquiatra? Pensé, pensé y pensé... hasta que di con algo. Una semana atrás cuando miré la silueta de un hombre en un árbol. Era escalofriante. Me dio mucho miedo. No puede ser la misma persona, ¿o si?
Carolina:
El loco del árbol?
Desconocido:
Jaja que ingeniosa. Por qué no sales y nos conocemos mejor?
En eso adjuntó una ubicación. En el bosque, en medio del bosque para ser exactos. Estará loco si cree que voy a ir.
Desconocido:
Miedosa. Eres una miedosa. Tranquila que no te voy a comer.
Rodé los ojos.
Desconocido:
A menos que tu quieras, claro 😏
¿Qué le pasa?
Carolina:
No te tengo miedo.
Desconocido:
Te espero aquí entonces 😏
Guardé el celular en el bolsillo de mi pantalón trasero y me preparé mentalmente. Sea quien sea ese chico tenebroso no es más que yo, yo puedo con él, después de todo soy un lobo, aunque no me he transformado hace mucho. Tenía puesta una camisa a cuadros, unos vaqueros desgastados y mis converse negros. Mi cabello rubio estaba en un moño desaliñado, varios pelitos caían en mi cara. En fin, era toda una señorita de pueblo ya.
Abrí la puerta de mi casa y salí con el rifle en mano. La noche estaba friolenta, habían algunas ráfagas de viento acompañadas de sonidos escalofriantes. Como en las películas de miedo. Me adentré al bosque, conocía bien el centro del bosque porque la primera vez que vine aquí fui engañada por una manada de mujeres loba celosas. Así que conocía bien.
Caminé y caminé súper sigilosa, mirando para todos lados, no tenía miedo, de pronto me sentí valiente. Tenía un arma conmigo. Me suspendí en cuanto escuché un ruido en los árboles, como si una especie de pájaro hubiera aterrizado allí. Pero estaba oscuro así que no podía ver, sin embargo cayó a la par mía una pluma. Una enorme pluma negra. Me agaché para recogerla. La tomé en mis manos, observándola detenidamente.
¿Que clase de ave es esta? Tiene que ser enorme. Aún así, la pluma me llamo mucho la atención así que la guarde en mi bolsillo. Seguí caminando hasta llegar al punto exacto. Y no había nadie. Este lugar me trajo recuerdos. Estaba aquí, super asustada cuando una loba se lanzó a mi dispuesta a atacarme pero otro lobo negro lo impidió. Ese lobo era Kayler. Aun recuerdo todo como si hubiera sido ayer.
Tomé mi celular y tecleé un mensaje:
Estoy aquí, ¿ahora eres tú el que se esconde?
Desconocido:
Te observo. Te he observado todo este tiempo.
Miré para todos lados. Estaba cerca de la casa de los Brown y es entonces en donde empiezo a escuchar una especia de música. Música súper alta que incluso escuchas aquí, en el bosque. Trago grueso preguntándome quien será. ¿Los de la manada del señor Brown? ¿Celebrarán algo? Tenía meses de no hablar con ese señor. Tomé mi rifle y me acerqué mas a unos arbustos para poder ver la casa desde larguito, olvidando que quizás andaba un loco por aquí cerca.
Me asomé: había autos afuera, otros que llegaban, eran jóvenes. Como de mi edad quizás, universitarios. Pero en eso se acerca un auto negro, vidrios oscuros y se estaciona frente a la casa, venían dos autos más detrás de ese. Mi corazón late a mil por hora al imaginar a la persona que venía allí. Cuando la puerta del coche se abrió y salió un tipo cabello negro, despeinado y sin camisa, retrocedí.
Kayler.
Traía un cigarro en su boca.
Salió, saludó a varios chicos y chicas.
Dios. No puede ser. Esta aquí. Regresó. Kayler Brown regresó. Retrocedí lentamente porque no sabía qué hacer o qué pensar pero pisé algo que hizo mucho ruido, provocando que los tipos de la casa, incluido Kayler Brown voltearan a ver hacia acá, cuando me iba a girar para volver a mi casa lo más rápido posible una mano cubrió mi boca.
—Shhh —susurró la persona que me retenía— callada, conejita —dijo.
Estaba en shock, tenía mi rifle y me podía transformar en loba pero eso solo haría que Kayler me sintiera, así que hice lo que el tipo desconocido me dijo y me callé, más porque frente a mi a una distancia considerada estaba Kayler y no quería enfrentarlo.
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—¿Y si el mundo arde?
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—Entonces le construiré uno nuevo —respondo—. Aunque tenga que quemar el viejo yo mismo.
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Rowan Ashcroft es poder envuelto en un traje a medida.
Frío. Intocable. Implacable.
No coquetea. No sonríe. No ve a las personas, solo su utilidad.
Y durante mucho tiempo, yo solo fui útil.
Hasta que empezó a observarme.
Al principio, el cambio en su atención es sutil. Una pausa demasiado larga. Una mirada que se queda. Órdenes que me acercan en vez de alejarme. El hombre que está de pie frente a mi escritorio empieza a controlar más que mi agenda, y me doy cuenta demasiado tarde de que llamar la atención de Rowan Ashcroft es mucho más peligroso que ser ignorada.
Porque los hombres como él no ansían afecto.
Ansían posesión.
Esto se suponía que era un trabajo.
No una prueba de mis límites.
No una lenta y deliberada caída en su autoridad.
Pero si Rowan Ashcroft decide que pertenezco bajo su escritorio, que así sea.
Sobrevivir tiene un precio, y las facturas no se preocupan por cómo las pago.
Solo un para siempre
Digo, porque debe existir una razón para que a estas alturas me siga afectando aquello que viví hace tantos años. Algo que explique, por qué los hechos que me llevaron hasta donde hoy estoy, me persigan sin cansancio.
Desde que todo comenzó, o acabó, depende de cómo se mire, no he podido avanzar. No realmente. Siempre hay algo que me hace regresar atrás.
Una frase. Un lugar. Una fecha.
Todo me lleva hacia él.
A mi supuesto "para siempre".
La frustración y la rabia me llenan cuando recuerdo cómo sucedió todo. Cómo fue capaz de mirarme a los ojos mientras besaba a otra, mientras tocaba a otra. Cómo fue capaz de culparme de todo cuando lo enfrenté.
El dolor de la traición fue horrible. No solo por lastimar mi orgullo, mi dignidad, sino también, por todo lo que provocó en mi posterior vida.
Me prometió un para siempre. Y nunca lo cumplió.
No al menos, de la forma en que debía.












