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La arquitectura del olvido

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Cons Espher · Completado · 60.6k Palabras

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Introducción

Eva y Uriel lo tenían todo: poder, prestigio y un matrimonio sólido en la despiadada industria de la construcción. Pero tras una traición laboral y conyugal, Eva queda destrozada. Dos años después, un Uriel amnésico despierta de un coma creyendo que siguen felizmente casados. Ahora, Eva debe guiar al hombre que destruyó su vida a través de los escombros de su pasado para descubrir por qué lo hizo, poniendo en riesgo su corazón una vez más.

Capítulo 1

Prólogo: Grietas Estructurales

​El acero no avisa antes de ceder; primero gime. Un sonido agudo, metálico, casi imperceptible, antes de que la estructura colapse por completo. Con el matrimonio de Eva Castañeda y Uriel de la Vega, no hubo gemidos. Solo hubo silencio y luego, una implosión.

​Eva recordaba el día de su despido de Apex Constructora no con tristeza, sino con una furia fría. Había sido una jugada maestra orquestada por la junta directiva: acusaciones falsas de malversación, correos manipulados y el sexismo rancio de siempre. "Demasiado emocional para la vicepresidencia", habían murmurado.

​Pero lo que realmente la rompió no fue perder su oficina con vista a la ciudad, ni su reputación impecable. Fue lo que vino un mes después. Mientras ella recogía los pedazos de su dignidad, Uriel, su socio, su esposo, su ancla de seis años, no solo se quedó en Apex, sino que buscó consuelo en los brazos de Valeria, su joven asistente de proyectos.

​La infidelidad fue el terremoto que derribó lo que quedaba en pie. Eva firmó el divorcio con la mano temblorosa pero la espalda recta, y desapareció de su vida.

Pov Eva Castañeda

​Dos años después.

​El sonido del teléfono resonó en el estudio de Eva a las dos de la mañana, rompiendo la quietud de la madrugada. Eva apartó la vista de los planos del pequeño centro comunitario que estaba diseñando. Ya no construía rascacielos que desafiaban a Dios; ahora diseñaba refugios, escuelas, lugares donde la gente pudiera sanar. Tal como intentaba hacerlo ella.

​Miró la pantalla. Número desconocido.

​—¿Diga? —su voz salió ronca por la falta de uso en las últimas horas.

​—¿Señora Castañeda? —La voz al otro lado era profesional, aséptica—. Habla el Doctor Arismendi, del Hospital Central. Tenemos ingresado al Señor Uriel de la Vega.

​El lápiz se partió en la mano de Eva. El apellido de su ex marido todavía tenía el poder de provocarle una taquicardia instantánea, una mezcla tóxica de dolor y resentimiento que dos años de terapia no habían logrado purgar por completo.

​—Estamos divorciados, doctor —dijo Eva, con la intención de colgar—. Llamen a su esposa. O a su novia. O a quien sea que esté con él.

​—Lo sabemos, señora. Pero su contacto de emergencia nunca fue actualizado en nuestros registros —insistió el médico, con un tono de urgencia—. Y, francamente, no tenemos a nadie más a quien llamar. El Señor de la Vega ha despertado del coma.

​Eva sintió un frío recorrerle la espalda. Sabía del accidente. Había salido en las noticias hacía tres meses: “Ejecutivo de Apex Constructora en estado crítico tras volcar su deportivo en la autopista”. En ese momento, Eva había sentido una punzada de lástima, seguida de una culpa terrible por no sentir más.

​—¿Despertó? —preguntó, bajando la guardia.

​—Sí. Pero hay... complicaciones neurológicas severas. Ha sufrido un daño en el lóbulo temporal y el hipocampo. Su memoria autobiográfica reciente ha desaparecido.

​—¿Qué quiere decir con eso?

​Hubo una pausa al otro lado de la línea, cargada de una tensión que Eva no supo interpretar hasta que el médico soltó la bomba.

​—Quiere decir, Señora Castañeda, que Uriel piensa que estamos en el dos mil veintidós. No recuerda el accidente. No recuerda el despido de usted. Y definitivamente no recuerda el divorcio. Se despertó hace una hora preguntando por qué su esposa Eva no estaba sosteniendo su mano.

​Eva cerró los ojos, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies se volvía líquido. Dos mil veintidós. El año antes de la catástrofe. El año en que todavía eran el "Equipo de Oro". El año en que ella creía que él la amaba más que a nada en el mundo.

​—Voy para allá —dijo, odiándose a sí misma por decirlo.

No se suponía que a la primera de cambio ella estuviera más que dispuesta a correr a su lado. No después de lo destruida que había quedado con la traición, y sin embargo ahí estaba, subiendo a su auto rumbo al hospital para ver a un hombre que se suponía que ya no era relevante, solo un mal recuerdo.

​El olor a antiséptico del hospital le revolvió el estómago. Cuando entró en la habitación trescientos cuatro, esperaba ver al Uriel de los últimos tiempos: el hombre arrogante, defensivo y lleno de excusas baratas que había firmado los papeles del divorcio.

​Pero el hombre en la cama, con la cabeza vendada y varios tubos conectados a sus brazos, la miró con una expresión que Eva no había visto en años.

​Sus ojos se iluminaron. No con lujuria, ni con desafío. Sino con una ternura pura, absoluta y devastadora.

​—Eva... —susurró él, con la voz quebrada. Intentó levantar una mano hacia ella—. Gracias a Dios. Estaba aterrorizado. Me dijeron que tuve un accidente, pero no te veía y pensé... pensé que te había pasado algo a ti.

​Eva se quedó petrificada en la puerta, aferrando su bolso como un escudo.

​—Uriel... —comenzó ella, manteniendo la distancia.

​—Ven, por favor, mi amor —suplicó él. Su vulnerabilidad era tan genuina que le dolía mirarlo—. ¿Por qué estás tan lejos? ¿Estás herida? Amor, acércate.

​La palabra Amor fue como una bofetada. Eva dio un paso adelante, no por cariño, sino por la necesidad de romper esa burbuja de irrealidad antes de que la asfixiara.

​—No estoy herida, Uriel. Pero tú... tú has estado en coma tres meses.

​—Lo sé, el doctor me lo dijo —Uriel hizo una mueca de dolor—. Pero ya estás aquí. Todo va a estar bien.

​—No, Uriel. No lo está —Eva respiró hondo, endureciendo su corazón con el recuerdo de las noches que pasó llorando en el suelo del baño—. No estamos en dos mil veintidós. Han pasado cuatro años y medio.

​Uriel frunció el ceño, confundido pero aún sonriendo levemente.

—¿Cuatro años? Vaya... me he perdido mucho. ¿Cómo va la empresa? ¿Conseguimos la licitación del puente en Veracruz?

​—Uriel, escúchame —le cortó Eva, con voz fría—. No estamos juntos. Nos divorciamos hace dos años.

Decir esas palabras le dolió a Eva mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

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