Me casaron con el Alfa de mi hermana
1k Vistas · En curso · l.m.darkwell
Susan debía ser Luna. Yo solo debía sonreír en segunda fila.
El día de la boda encontró una nota donde debía estar mi hermana. Seis líneas. Un amante. El altar vacío. Para salvar la alianza, mis padres me pusieron el vestido que no era mío y me entregaron al mismo hombre que yo amaba en silencio desde los dieciséis: Alejandro Rivas, Alfa de la Manada del Valle Negro.
Él aceptó.
No a mí. Al trámite.
El lazo no prendió. En la capilla dijo “acepto” mirando un vitral. En la cama apagó la lámpara antes de tocarme. Me usó porque el Consejo exigía herederos. Yo me quedé porque lo quería. Dos años de puertas sin llave, de noches sin nombre, de una esposa que cabía en su casa y no en su boca.
Hasta que mi vientre contestó.
Iba a decírselo en nuestro segundo aniversario. Esa noche no volvió. Susan sí. Y el hombre que me había tomado con frialdad aprendió de nuevo a tener calor… en otra habitación.
Cuando descubrió que estaba embarazada, no lo celebró. Lo convirtió en un problema. Junto a ella planeó borrarme. Me atacaron. Me dejaron moribunda más allá de los límites, donde la manada ya no tiene ley.
Allí me encontró Isaac.
El Alfa del que solo quedan leyendas. El que no pidió que me arrodillara. El que me sostuvo hasta que volví a respirar… y se enamoró de la mujer que el mundo había tratado como desecho.
Años después ya no soy la esposa que sobraba.
Soy la Luna que va a cobrar cada noche en la que él apagó la luz.
Y esta vez, cuando vuelva a Valle Negro, no voy a pedir que me mire.
Voy a hacer que no pueda apartar los ojos.
El día de la boda encontró una nota donde debía estar mi hermana. Seis líneas. Un amante. El altar vacío. Para salvar la alianza, mis padres me pusieron el vestido que no era mío y me entregaron al mismo hombre que yo amaba en silencio desde los dieciséis: Alejandro Rivas, Alfa de la Manada del Valle Negro.
Él aceptó.
No a mí. Al trámite.
El lazo no prendió. En la capilla dijo “acepto” mirando un vitral. En la cama apagó la lámpara antes de tocarme. Me usó porque el Consejo exigía herederos. Yo me quedé porque lo quería. Dos años de puertas sin llave, de noches sin nombre, de una esposa que cabía en su casa y no en su boca.
Hasta que mi vientre contestó.
Iba a decírselo en nuestro segundo aniversario. Esa noche no volvió. Susan sí. Y el hombre que me había tomado con frialdad aprendió de nuevo a tener calor… en otra habitación.
Cuando descubrió que estaba embarazada, no lo celebró. Lo convirtió en un problema. Junto a ella planeó borrarme. Me atacaron. Me dejaron moribunda más allá de los límites, donde la manada ya no tiene ley.
Allí me encontró Isaac.
El Alfa del que solo quedan leyendas. El que no pidió que me arrodillara. El que me sostuvo hasta que volví a respirar… y se enamoró de la mujer que el mundo había tratado como desecho.
Años después ya no soy la esposa que sobraba.
Soy la Luna que va a cobrar cada noche en la que él apagó la luz.
Y esta vez, cuando vuelva a Valle Negro, no voy a pedir que me mire.
Voy a hacer que no pueda apartar los ojos.


















































