—¿Diez años de expiación, y huyes?
Sus colmillos relucieron cuando me sujetó la barbilla y me obligó a sostenerle la mirada. Escamas de dragón brillaron a lo largo de su cuello, y su aliento me quemó la piel.
—Su Majestad... le ruego...
Me empujó sobre la cama. La seda se rasgó con un tirón seco, y una bocanada de aire frío recorrió mi cuerpo expuesto.
—¿Asustada? —sonrió con malicia, y su palma se deslizó por mi cintura, sus dedos trazando círculos lentos, ardientes—. Y, sin embargo, tiemblas... no de frío.
Me lancé hacia el candelabro, pero él me atrapó la muñeca y la inmovilizó por encima de mi cabeza. Su rodilla me forzó a separar las piernas.
—Cuando tu padre te entregó a mí —sus labios rozaron mi oído, su voz un retumbo oscuro—, ya eras mía.
En la víspera de su libertad tras diez años de servidumbre, a Lina Valeria la separaba una sola noche de reunirse con su prometido. Pero el Rey Dragón Augustus la condenó a las Minas del Abismo con cargos falsos: una trampa forjada de un deseo obsesivo.
Augustus Ashenwing, Soberano Supremo de la Ciudadela de Skyhold, es implacable y temido por todas las razas. Su obsesión nace de rencores antiguos y del instinto más peligroso de los dragones: el afán posesivo. Exige su sumisión, atándola a su trono como su consorte.
De prisionera a reina, Lina lo enfrenta entre intrigas de corte y una pasión retorcida, luchando por su madre, por su libertad, por su dignidad.
Y aun así, este tirano de sangre fría reserva toda ternura solo para ella. Le consiente el carácter, doblega su orgullo, cede sin límites; cualquier cosa con tal de verla sonreír. Poco a poco, su corazón vacila. Pero amarlo significa traicionar a Kain, que la esperó once años. Desgarrada entre el deber y el deseo, se hunde en una culpa insoportable.
Amor y odio entrelazados: un romance prohibido con un dragón en un reino de opresión.