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Emely Wattson

Emely Wattson

Malely 77 · En curso · 149.8k Palabras

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Introducción

La vida de Emely Watson está a punto de comenzar; luego de permanecer diez años encerrada en un psiquiátrico, tiene la posibilidad de volver a casa con su padre, madrastra y hermanos menores. Recuperar a sus viejos amigos de la infancia y vivir la intensidad y fragilidad de lo que el enamorarse por primera vez representa.

Todo parece prometedor, hasta que nota en esa casa la presencia de una niña pequeña que, según ella, trata de castigarla por sus acciones del pasado; lo que desencadena en una serie de eventos que ponen en duda su supuesta recuperación.

Emely tendrá que enfrentar a sus propios demonios por primera vez, y luchar por que su nueva vida no se desmorone en el intento.

Capítulo 1

06 de marzo del 2007

Es media noche, cuando un grito desgarrador arrebata a un agotado señor Watson de su sueño ligero. El padre de familia se incorpora en la cama, aturdido, solo para darse cuenta de que esos gritos pertenecen a su esposa. Angustiado, se baja de un salto y corre hacia la puerta para salir de la habitación e ir en su búsqueda.

Su corazón late a una velocidad tan exagerada que provoca un agudo dolor en su pecho, que le dificulta respirar con normalidad, más, aun así, no se detiene, hasta que se da cuenta de que corre en la dirección equivocada. Se detiene a mitad de pasillo, sintiendo como el aire que sale de sus fosas nasales quema en la comisura de sus labios, y presta más atención para intentar identificar de donde provienen los gritos. Sus ojos se amplían de manera exagerada y comienza a correr nuevamente, esta vez en la dirección correcta, esa que da hacia la habitación de su pequeña hija de un año.

—¿Qué pasó? —cuestiona, empujando la puerta y atravesando con prisa el umbral, para adentrase en la estancia.

Se paraliza por completo, y siente que su sangre se congela al ver a su esposa de rodillas en el suelo, mientras grita con dolor y abraza fuerte el cuerpecito de la bebé contra su pecho.

—¡Monstruo! Esa niña es un monstruo, ¡asesinó a mi bebé! —grita la mujer, ahogada en llanto.

El hombre entra en estado de shock, al entender que su hija, su bebé de apenas un año, está muerta. Pero lo que no logra entender, es a qué se refiere su esposa. Angustiado y confundido, recorre la habitación con la mirada, y se horroriza al ver a su hija mayor, de siete años, sosteniendo una almohada en las manos. Rápidamente en su mente comienza a formarse una idea de lo que pudo haber pasado, pero se niega a aceptarlo, simplemente no puede creerlo.

—Emely... ¿Qué ocurrió? —pregunta, alterado, mientras corre hacia ella y la toma de los antebrazos.

La pequeña niña castaña amplía los ojos al ver la manera tan brusca con la que su padre la sujeta y la extraña mirada que éste le dedica.

—Mi hermanita está en un lugar mejor. — susurra, con miedo, mientras deja caer la almohada.

Tras oírla, el hombre siente una horrible punzada de dolor en la cabeza, acompañado de un fuerte mareo que le hace perder el equilibrio, y caer sentado en el suelo.

—No, Emely... ¡No! —grita, con voz quebrada.

Se aleja de la niña, arrastrándose hacia atrás, mientras la observa con terror, hasta que choca con la cuna de la bebé. Dirige la mirada hacia su esposa, quien se encuentra a unos centímetros de él, llorando inconsolablemente, mientras abraza a su bebé fallecida. El corazón se encoge en su pecho. Duele, realmente duele.

—Déjame verla. — suplica, entre llanto, mientras extiende sus brazos.

—¡No la toques! —grita la mujer, histérica, alejando a la niña de las manos de su esposo. —. Esto es tu culpa, ¡Tu culpa!, tú dejaste que ese monstruo asesinara a mi bebé.

—Papi... ¿por qué lloran? —pregunta la niña, sin entender lo que pasa. Intenta acercarse a su padre, con intensión de abrazarlo, pero éste se aparta con brusquedad y se pone de pie. —. ¡¿Papi?!

—¿Y ahora qué hago? —se cuestiona, poniéndose de pie y tirando de su cabello con frustración, mientras camina de un lado a otro.

—¡Saca a esa niña de aquí! ¡Llévatela, no quiero verla! —gruñe, con dolor e histeria.

—¿Adónde quieres que la lleve? ¡Es mi hija! —grita, alterado.

—Cindy también lo era. —dice la mujer, antes de comenzar a llorar nuevamente, gritando a voz en cuello.

El hombre observa a su hija de siete años, fruto de su primer matrimonio con quien fue el amor de su vida hasta que falleció. Le cuesta trabajo creer que esa ternura sea capaz de algo tan macabro como asesinar a su hermana pequeña. Simple y sencillamente no puede creerlo, ni aceptarlo.

No sabe qué hacer cuando la desesperación se apodera de él. Quiere gritar, quiere llorar, siente que está a punto de perder los estribos, pero sabe que no puede hacerlo en ese momento, no si su esposa se encuentra en ese mismo estado, él tiene que ser el fuerte. Lo único que es capaz de hacer en ese momento, es salir de la habitación. Corre por los pasillos, lleno de angustia, hasta que llega a la puerta de la habitación de su hijo, el mellizo de Cindy.

Al entrar a la habitación encuentra a su pequeño llorando en la cuna.

Suspira de alivio al ver que se encuentra bien, y lo carga tratando de calmarlo, mientras sale de la habitación a paso lento, meciéndolo en sus brazos. Cuando el bebé de un año deja de llorar y lo observa, no puede evitar romper en llanto al ver sus ojitos azules, idénticos a los de su otra hija, los cuales jamás podrá volver a ver llenos de brillo.

Toma el teléfono con su mano libre y marca al número de emergencia, con dolor en su alma, sabe que debe reportar el incidente o tendrá problemas con la ley.

Intenta hablar con claridad, pero su voz se quiebra con cada palabra que sale de sus labios, eso y el hecho de que el pequeño bebé rompe en llanto impide que la persona del otro lado de la línea comprenda bien lo que ocurre. Cuelga la llamada, luego de tratar de explicar el incidente, y comienza a caminar con su bebé en brazos.

A medida que avanza por el solitario pasillo, sintiendo el calor del niño contra su pecho, la duda comienza a carcomerlo, y no puede evitar pensar en su otra hija, ¿qué hará la policía con ella?, es sólo una niñita. Se culpa a sí mismo, debió haber estado más al pendiente de su hija mayor.

—¿Llamaste a alguien? —pregunta la mujer, con la voz quebrada, mientras permanece sentada en el suelo, temblando y sollozando.

Él asiente con la cabeza, mientras continúa dándole palmaditas en la espalda a su hijo menor, para calmarlo.

—Sí, llamé a emergencias, llegaran pronto. —responde bajo, y luego observa con pesar a su hija, quien se encuentra sentada en el suelo jugando con su oso de peluche.

Ésta levanta la mirada al sentir que la observan, y cuando sus ojos verdes se encuentran con los suyos, color marrón, ella sonríe, causando que un fuerte escalofrío recorra su cuerpo. ¿Cómo puede sonreír de esa manera? Tan inocente y ajena a lo que ocurre.


Un triste y desconcertante escenario se aprecia frente a la casa de los Watson, y la incertidumbre se apodera de todo aquel que lo presencia. Un par de patrullas y una ambulancia, las luces rojas y azules parpadean, alertando a todos en un radio cercano de que algo malo ha ocurrido en esa residencia.

—Por favor, no... —solloza la mujer, mientas corre tras la camilla que saca a la bebé de la casa, con una sábana blanca cubriendo su cuerpecito. —... Es mi bebé, por favor, no se la lleven. —suplica, tratando de sujetar uno de sus bordes, pero su esposo la detiene.

—Tranquila, amor... tranquila. —solloza él, mientras la presiona contra su cuerpo, con fuerza, tratando de contener su propio dolor.

Ella llora y grita, manteniendo el brazo extendido hacia el camino por dónde llevan a su hija, en dirección a la ambulancia en donde unos tristes paramédicos la suben para llevarla a su próximo destino, la morgue. Los gritos de la mujer son realmente desgarradores, y el que a su llanto se le unan los gritos del bebé solo vuelve todo más difícil de ver.

O, al menos eso es lo que piensa el hombre moreno, alto e imponente que aprecia la escena desde una distancia muy prudente. Tuerce un poco la boca y desvía la mirada hacia la niña que se encuentra sentada bajo el umbral de la puerta, acariciando con ternura la cabecita de su osito de peluche.

—Hola, pequeña, ¿cómo estás? Soy el oficial Brandon y quiero hacerte unas preguntas.

La pequeña niña alza la mirada hacia él, entreabriendo la boca con evidente sorpresa, sabe lo que ella piensa, él es muy alto. Luego de unos segundos de solo observarlo con evidente sorpresa, ella asiente despacio con la cabeza, en tanto baja la mirada nuevamente para ver la escena frente a ellos.

—¿Cómo te llamas? —pregunta, mientras se sienta a un costado, sobre el pasto, para no intimidar a la pequeña.

—Mi nombre es Emely Renee Watson Femelier. —responde la menor, pronunciando con dificultad su segundo apellido.

Ella no lo mira a la cara, solo continúa acariciando su oso de peluche, mientras la expresión en su rostro cambia por una que refleja mucha tristeza. Él tuerce un poco la boca, mientras se acomoda viendo la misma escena que ella. Una verdadera pena todo lo que ocurre, y más, el saber que la responsable de todo no ha sido nadie más que la pequeña niña que se encuentra sentado junto a él. Ese ha sido el reporte que la han entregado sus compañeros, algo muy difícil de creer, la verdad.

—¿Qué le ocurrió a tu hermana? —pregunta el oficial, mientras vuelve su mirada hacia la niña.

Extrañamente, la expresión en el rostro de la menor cambia de tristeza a uno más tranquilo, lleno de paz. Sonríe levemente y se voltea hacia él, viéndolo con un brillo reflejado en sus esferas esmeraldas.

—Se fue al cielo —responde, con una inocente sonrisa. —. Ya está en un mejor lugar.

La mirada serena de la niña, junto a su suave sonrisa, le causan escalofríos. Definitivamente la inocencia infantil sobrepasa los límites.

—¿Y cómo llegó allá?

—Dejó de respirar. —responde la niña, viendo fijamente su peluche.

—¿Quién te dijo eso?

—Mi mamá.

Permanece con la mirada puesta en la niña por cuestión de segundos, repasando en su cabeza toda la información que sus compañeros le han dado al llegar a la escena. La niña perdió a su madre tres años atrás, su padre se casó con su madrastra un año después, y ella se embarazó de mellizos. ¿Es acaso todo eso motivo suficiente para que una nena asesine a su hermana?

—S-Supongo que has de estar muy triste, ¿No? —continúa inquiriendo.

—No, mamá dice que ya está mejor. Y que ya no seguirá llorando más —la niña frunce el entrecejo tras decirlo. —. Cindy lloraba mucho, y era porque le dolía el cuerpo. Mamá dijo que lo necesitaba.

Su mamá… ¿a qué mamá se refiere?

—Emely… ¿sabes quién es tu mamá?

—¿Mi mamá? Sí, mi mamá es Amélie, ella murió hace mucho tiempo. Eso puso muy triste a papi. Y, ahora Cindy, pero él no debe preocuparse, Mamá Amélie cuidará de Cindy. Y ella ya no va llorar más.

El policía queda en estado de shock por cuestión de segundos cuando un par de teorías se forman en su cabeza; aquéllas palabras y la forma en la que la niña las expresa, le dan la idea de que posiblemente haya hecho aquello al sentirse irritada por el llanto de su hermana menor. Pero, por otro lado, la niña también se refiere de su madre como si continuara con vida, como si realmente pudiera hablar con ella, y eso lo hace cuestionarse sobre el estado mental en que la niña se encuentra.

—Dame la mano, pequeña. —pide, y le extiende la suya, mientras se pone de pie.

La niña titubea por cuestión de segundos, antes de alzar la cabeza para verlo a los ojos. Decide esbozar una pequeña sonrisa, intentando ganar su confianza y darle a entender que no la lastimará, lo que parece funcionar, ya que la menor se anima a ponerse de pie y tomar su mano.

La ambulancia ya se ha marchado, al igual que una de las patrullas que solo había sido enviada para asegurar la zona. Solo faltan su compañero y él, quienes tienen el deber de llevar a la niña con los de servicios sociales. Por lo que hace un gesto con la cabeza para indicarle que comenzarán a caminar y comienza a hacerle preguntas al azar, para poder distraerla mientras llegan a la patrulla.

—E-Espere... Espere por favor. —suplica el padre, apartándose de su esposa e hijo, para correr tras ellos.

—Tendremos que llevarla, señor Watson, es el protocolo. Servicios sociales se hará cargo. —informa el oficial, mientras continúa su camino.

—No, por favor... —suplica. —. A-Al menos déjeme ir con ella, es una niña. Me necesita.

El oficial observa la desesperación y angustia plasmada en el rostro del joven padre, y aunque el suyo en ese momento lo mantenga inexpresivo, la compasión se ha apoderado de él, y no lo juzga en ningún sentido por no querer alejarse de su hija, pero el hecho de que haya una mujer con los nervios destrozados, cargando a un bebé, lo hace pensar mejor las cosas.

—Señor Watson, le aconsejo que no haga esto. Su esposa y su bebé lo necesitan en este momento. La niña estará bajo custodia del estado, hasta que se le hagan los estudios procedentes.

—¿De qué habla? ¿qué estudios?

—Una niña no asesina a un bebé por nada, habrá que evaluar su estado mental. Además, dice que fue su mamá Amélie, señor Watson.

—Amélie está muerta.

—Por eso, necesita…

—¡Ella no está loca! Es una niña y… no, espere, no, no se la llevará.

—¡Mark, escúchalo!… piensa en Matty. —grita su esposa desde la entrada de la casa, con voz quebrada, mientras sostiene a su otro bebé en los brazos.

Mark frena en seco al escucharla, sintiendo sus latidos en la garganta. Observa como su pequeña es llevada y el corazón se encoge en su pecho. Siente que su cuerpo entero se estremece ante la idea de perderla a ella, a su hija, lo único que le queda de Amélie, a quien prometió cuidar y amar el resto de su vida, y en cambio, ahí se encuentra, viéndola partir sin poder hacer nada. Y lo peor de todo es la incertidumbre de no saber qué es lo que harán con ella. Pero tampoco sabe que haría si por decidir dejarla en casa, la niña llegase a lastimar a su otro hijo. Se siente perdido.

—Señor Watson, le prometo que yo estaré ahí con ella. Le haré compañía y vigilaré hasta que usted pueda llegar. Por ahora concéntrese en su esposa e hijo —posa la mano sobre su hombro, presionándolo un poco. —.  Todo saldrá bien, y llegaremos al fondo de esto, lo prometo.

El oficial toma la mano de la niña nuevamente y avanza junto a ella hasta llegar a la patrulla y abrir la puerta. Ésta frunce el ceño en confusión al notar que su papá continúa de pie, a lo lejos, sin hacer nada; y es entonces cuando el miedo la invade. Sin que él pueda hacer algo para detenerla, ella suelta su mano y corre hacia su padre, quien en ese momento reacciona y se pone de rodillas para recibirla en sus brazos, soltando un leve sollozo.

No es capaz de ir a separarlos, no puede siquiera imaginar lo que siente ese hombre en ese momento. Con un gesto de cabeza le indica a su compañero que le ayude, solo no podrá hacerlo, y juntos avanzan hacia el padre y la hija para terminar con aquel conmovedor abrazo.

—Señor, tenemos que llevarla. —dice el otro, una vez frente a ellos.

—No, por favor, espere. —suplica el señor Watson, aferrándose a la niña y ella a él.

—Lo siento. —se limita a responder, antes de inclinarse hacia ellos y tomar a la niña de los brazos de su padre, mientras su compañero posa la mano sobre el hombro del señor para indicarle que no puede seguirlos.

Es tiempo de irse.

—No... ¡no, papá!, ¡papá! —la niña comienza a llorar, mientras se remueve en sus brazos con desesperación.

Trata con todas sus fuerzas de no dejarla caer, y así llega hasta el auto, en donde se apresura a ponerle el cinturón de seguridad, para después cerrar la puerta. Suelta un suspiro profundo, realmente es una de las escenas más triste que ha tenido que presenciar, y claro que le afecta, es padre y no sabe lo que haría si algo llegase a pasarle a su hija.

Con esos pensamientos rondando en su cabeza, se sube en el auto y enciende el motor, llamando a su compañero para poder emprender el viaje de camino a la estación. Siente un enorme pesar cuando observa a la menor tratar de incorporarse.

—¡Papi no me dejes ir! —grita, aterrada, antes de romper en llanto.

—¡Emely! —exclama el padre, con voz quebrada, y una vez que el oficial se aparta él corre hacia la patrulla hasta posar las manos sobre el cristal de la ventana. —. ¡Emely!

—¡Papá! —la niña comienza a golpear el cristal, luce realmente aterrada. —. ¡Papi, yo no hice nada malo! —grita, sollozando.

—Lo siento, mi amor... Perdón. Te prometo que iré a buscarte, yo iré por ti —dice el hombre, manteniendo las manos sobre el cristal, mientras corre junto al auto, hasta que este coge velocidad y lo deja atrás. —. ¡Emely!

—¡¡Papá!! —grita la niña, entre llanto, mientras poco a poco la imagen de su padre, frente a la casa, va desapareciendo de su campo de visión.

Él la observa a través del retrovisor, sintiendo lástima por ella. Realmente le resulta difícil creer que esa niña haya sido capaz de aquello que se le acusa, pero si algo ha aprendido de su trabajo, es que no debe dejarse llevar por las apariencias.

Solo espera que el mundo tenga compasión de ella, porque está más que seguro de que la menor solo cometió un error.

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(Contiene contenido maduro y oscuro)


EXTRACTO

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¿Podrá la propia Raine, resistirse a los encantos del alfa?

Sobre todo, ¿podrán llegar a confiar el uno en el otro para resolver los misterios sobre las desdichas de la familia Turner? ¿O las intrigas y las personas mal intencionadas triunfaran sobre ellos?
La Última Cláusula del Multimillonario

La Última Cláusula del Multimillonario

579k Vistas · Completado · Benedicta Nkemjika
—Fírmalo —dijo él.

Tres años de matrimonio terminaron con una línea y una pluma que le temblaba en la mano. No eran los papeles lo que dolía: era la forma en que él ni siquiera se inmutó cuando ella sí lo hizo.

Amelia Hart salió del penthouse de él esa noche sin nada más que una maleta y el corazón hecho pedazos. Se lo había dado todo a Daniel Sterling —su amor, su identidad, su devoción silenciosa—, solo para que la desecharan en el momento en que se volvió inconveniente.

Pero cuando el imperio que él construyó empieza a derrumbarse, cuando el CEO frío que jamás miró atrás de pronto necesita a la mujer que tiró a la basura, regresa con las mismas manos que una vez la soltaron, ahora extendiéndose hacia lo que destruyó.

Solo que esta vez hay una cláusula que él no leyó…